Castrismo
y confrontación (1959-1961)
Frank Fernández
Capítulo IV de "El Anarquismo
en Cuba"
Los anarquistas han participado activamente en la lucha contra la dictadura
de Batista. Unos desde las guerrillas orientales o las del Escambray,
en el centro de la Isla; otros se han unido a la conspiración
y la lucha urbana. Sus propósitos eran los deseos mayoritarios
del pueblo: liquidar la dictadura militar y la corrupción política,
así como dejar un campo más abierto en el disfrute de
las libertades, que hacía posible la continuidad ideológica
y las actividades en los campos sociales y laborales. Nadie esperaba
un cambio radical en las estructuras económico-sociales del país.
En el mencionado folleto Proyecciones libertarias
de 1956, donde se atacaba a Batista, también se mencionaba a
Castro, el cual no merecía "confianza alguna", [que]
"no respetaba compromisos y sólo luchaba por el poder".
Fue ésta la razón por la que se establecieron contactos
clandestinos más frecuentes con otros grupos revolucionarios.
Al triunfo de la insurrección, Castro se había convertido
en el líder indiscutible de todo el proceso, por una evaluación
incorrecta de la oposición, que lo consideraba como un mal "controlable",
necesario y temporal, con su modesto programa socialdemócrata.
Si los libertarios no estaban de acuerdo con la
personalidad de Castro, el resto de los políticos, la burguesía
y la Embajada yanqui esperaban manipular al vencedor. Por otra parte,
la mayoría del pueblo apoyaba sin reservas a Castro en medio
de un júbilo sin precedentes. Tal parecía que nos encontrábamos
en el pórtico del paraíso, cuando en realidad era la antesala
del infierno. Debido a la aparente negativa de Castro a dirigir el gobierno,
se creó con su apoyo un "gobierno revolucionario",
el cual se dio a la tarea de "ajustar cuentas" a los criminales
del gobierno anterior. Se crearon los Tribunales Revolucionarios, que
celebraban juicios sumarísimos a "petición popular",
que dictaban los fusilamientos o largas condenas de cárcel, restableciendo
así la pena de muerte, esta vez por delitos o crímenes
políticos. Se creaban las condiciones, esta vez con un precedente
legal, con futuras y tristes consecuencias.
En relación al movimiento obrero, desde
los primeros días de enero, con la excusa de purgar dentro de
la CTC (Confederación de Trabajadores de Cuba) a los elementos
colaboracionistas con el régimen anterior, el gobierno revolucionario
expulsa arbitrariamente a todos los responsables anarcosindicalistas
dentro de los sectores gastronómicos, de transportes, construcción,
plantas eléctricas, etc., algunos de los cuales habían
hecho una oposición a la dictadura y otros que habían
sufrido prisión y destierro, como ya hemos visto antes. Esta
medida afecta gravemente a la ya debilitada corriente libertaria, aunque
se debe hacer constar que todavía se mantiene dentro del proletariado
cubano su prestigio.
A pesar de este hecho, a todas luces injusto, las
publicaciones libertarias de esos días, Solidaridad Gastronómica
y El Libertario (publicación periódica cubana), reflejan
en sus primeras ediciones una actitud favorable, al mismo tiempo que
cautelosa y esperanzadora con relación al gobierno revolucionario.
Sin embargo, el Consejo Nacional de la ALC lanza un manifiesto donde
"Expone, informa y hace juicios a la revolución cubana triunfante",
y por el cual, después de explicar la posición de los
libertarios contra la pasada dictadura, pasa a analizar el presente
y futuro cercano, declarando que "los cambios institucionales",
al abrirse una nueva etapa para Cuba, "no entusiasman ni ilusionan",
aunque no se niega con cierta ironía la "seguridad de que
por algún tiempo al menos, gozaremos de las libertades públicas,
bastante a garantizarnos posibilidades de propaganda" (sic). Sigue
un ataque certero y cerrado contra el "centralismo estatal"
camino, dicen, de llegar a un "ordenamiento autoritario".
Se hacen eco de la penetración de la iglesia Católica
y del Partido Comunista. Finaliza el documento con una referencia al
movimiento obrero, donde de nuevo hace énfasis en la labor del
Partido Comunista de Cuba (PCC) "para recabar la hegemonía
que [...] durante la otra era de dominación batistiana [...]
gozaron" aunque terminan por opinar que esto no ocurrirá
y finaliza con optimismo: "El panorama, pese a todo, alienta [...]".
Por otra parte y siguiendo la misma línea,
Solidaridad Gastronómica publica el 15 de febrero del 59, otro
Manifiesto a los trabajadores y al pueblo en general, donde explica
y advierte que aunque al gobierno revolucionario no le fuese posible
"[...] poner en tan poco tiempo, en función normal [...]
a los organismos obreros [...] es un deber nuestro [...] el que se respete
y se ejerciten las normas de libertad y derecho [...]. Es necesario
que se convoquen elecciones en los sindicatos [...] que comiencen a
funcionar las asambleas [...]". Finalmente deja en manos de los
obreros de cualquier sindicato el problema de la "cesación
obligada en sus cargos" en relación a sus "[...] diferentes
orientadores. Es imprescindible que sean los propios trabajadores quienes
decidan la inhabilitación sindical de sus pasados dirigentes,
pues de hacerlo de otra forma, sería caer en los mismos procedimientos
que ayer [...] combatiéramos".
Sin embargo, este manifiesto que data del 18 de
enero de 1959, no tuvo mucha resonancia. La misma publicación,
en su editorial del 15 de marzo, condena amargamente "los procedimientos
dictatoriales (de la CTCR) [...] acuerdos y mandatos de arriba que imponen
medidas, quitan y ponen dirigentes". También acusa a los
"elementos incondicionales [...] en las asambleas, que sin ser
miembros del organismo sindical, levantan el brazo a favor de una orden
de los dirigentes". Entre otras anormalidades y "procedimientos"
se cita lo siguiente: "[...] en ocasiones se llenan las salas asamblearias
de milicianos armados que constituyen una flagrante coacción,
no se respetan los preceptos reglamentarios [...] que se llega a cualquier
tipo de procedimiento para mantener el control de los sindicatos".
Como se puede apreciar, la batalla por liberalizar al movimiento obrero
se estaba perdiendo lamentablemente a pesar de las denuncias de los
anarcosindicalistas en ese campo tan importante de la vida económica
del país.
La oposición al anarcosindicalismo emanaba
directamente del M26J, instigado por los elementos del PCC infiltrados
dentro de esa organización que en un principio tomó casi
militarmente la dirección de todos los sindicatos de la Isla.
Se decía que la medida era temporal, con el objeto de purgar
a los elementos más corruptos de la pasada dictadura, hasta celebrar
nuevas y libres elecciones sindicales. Como se ha podido comprobar,
y como era costumbre en Cuba, lo temporal se convirtió en permanente.
Pero ¿de dónde procedían estos elementos sindicales,
si era público y notorio que el M26J nunca tuvo en verdad una
base sindical, o mejor aun, una simpatía generalizada entre los
trabajadores, o siquiera una activa dirección proletaria?
Los dirigentes sindicales revolucionarios procedían
en su mayoría de dos campos antagónicos: el sindicalismo
de las Comisiones Obreras, que respondían a la política
electoral y habían sido enemigos del gobierno anterior y los
del PCC. Los primeros respondían a un oportunismo cínico
y se prestaban a cualquier manipulación estatal. Los segundos
eran en extremo peligrosos, y a pesar de lo borrascoso de su pasado,
se notaba ya un apoyo oficial que provenía de lo más alto
del gobierno. Ambos sectores se odiaban mutuamente y se prepararon para
una lucha abierta por la hegemonía del sector proletario, pero
como se verá más adelante, terminaron en una amalgama
desastrosa para el movimiento obrero cubano.
En el mes de julio, el Estado cubano estaba ya
en sus totalidad en las manos de Castro, así como de sus más
cercanos colaboradores, casi todos procedentes de la lucha armada contra
Batista. La presencia del PCC era ya notable en altas figuras del gobierno,
entre ellas, su hermano Raúl Castro y Ernesto Guevara, ambos
de evidente persuasión marxista-leninista. Un hecho de tal envergadura
provocó una reacción natural dentro de la política
cubana, que se había caracterizado por su anticomunismo. Los
anarquistas que habían notado la contingencia, se alarmaron en
grado sumo; entendían correctamente que la influencia del PCC
dentro de las esferas gubernamentales y sindicales significaba un golpe
mortal a corto o largo plazo. Sus pesadillas más siniestras pronto
se harían realidad. Por su parte, Castro declaró públicamente
no tener ninguna relación con el PCC, pero reconoció la
existencia de comunistas dentro de su gobierno, lo mismo que otros personajes
de filiación anticomunista.
La situación de estos últimos empezó
a hacerse crítica ya a finales del 59. A mediados de ese año
los adversarios políticos de Castro, que ya sin duda empezaban
a notarse, comenzaron una tímida campaña oposicionista,
que entendían era su deber y su derecho, contra lo que llamaban
"la infiltración comunista en el gobierno". La respuesta
que se les dio fue draconiana. Fueron considerados como sediciosos,
"enemigos de la revolución" y "agentes del imperialismo
yanqui". Tratados como tal, fueron encarcelados o forzados al exilio.
El régimen empezaba a demostrar que para mantenerse en el poder
era capaz de las mayores atrocidades. La respuesta violenta de parte
de esta oposición, evidentemente minoritaria, fue el sabotaje
y hacer explotar algunas bombas. La reacción de Castro fue todavía
peor: se restablecieron los Tribunales Revolucionarios que pedían
penas de fusilamiento a cualquier encartado por "actos subversivos".
Comenzaba un largo terror y contraterror que había de durar por
largo tiempo.
La desaparición de Camilo Cienfuegos, un
valeroso combatiente de las fuerzas revolucionarias, quedó sumida
en el misterio. Camilo era uno de los hijos de Ramón Cienfuegos,
un obrero cubano que por los años veinte había militado
dentro de las ideas anarquistas. Colaboró con la SIA y participó
en la Convocatoria para fundar la ALC, pero después poco o nada
se supo de Ramón, el cual evidentemente había echado a
un lado sus principios durante la época de Batista. La desaparición
de Camilo fue lamentada por todo el pueblo y no faltaron en el extranjero
alguno que otro ácrata que considerara a Camilo Cienfuegos como
anarquista. La verdad es que Camilo nunca perteneció al anarquismo
cubano y de ello hay evidencias. Sin embargo, medio mundo anarquista
lloró la pérdida de este revolucionario como si hubiese
sido otro Durruti. La propaganda gubernamental se ocupó, en Europa
principalmente, de repetir hasta el cansancio la militancia libertaria
del Comandante Camilo Cienfuegos, para ganarle adeptos a la revolución
cubana dentro del anarquismo internacional. El mito ha llegado a nuestros
días... San Camilo Libertario.
Para finales de año se convoca el X Congreso
Nacional de la Confederación de Trabajadores de Cuba Revolucionaria
(CTCR) donde una mayoría acepta la tesis de "Humanismo",
una especie de filosofía que se había creado a principios
de año, que decía alejarse de los campos tradicionales
del comunismo-capitalismo establecidos por la Guerra Fría y que
predicaba las consignas de "Pan con libertad" y "Libertad
sin terror". Los cubanos, siempre creativos, habían inventado
un nuevo sistema sociopolítico para darle algún tipo de
explicación ideológica al nuevo régimen. David
Salvador, el máximo dirigente de la facción del M26J,
ejercía y fingía como su más denodado adalid. A
su vez el PCC, bien representado en dicho Congreso, aunque en evidente
minoría, planteaba la añeja consigna de "Unidad".
El 23 de noviembre el Congreso se halla totalmente
dividido para tomar acuerdos o elegir una representación. Los
anarquistas del ALC ya habían publicado en Solidaridad, el 15
de ese mes, un "llamado al X Congreso", donde insistía
en que "Los congresos que veníamos padeciendo desde mucho,
tenían como única cuestión de importancia, la distribución
de los cargos del aparato". Y finalizaba con una nota de esperanza:
"[...] pero sí quisiéramos que [...] marcara un paso
de avance en el sindicalismo revolucionario". Y añadía
esperanzado: "Que se adentrara profundamente, en las grandes cuestiones
del proletariado [...] por encima de personalismos y sectarismos de
grupo o partidos [...]". Nada de esto aconteció.
Ante la realidad visible de una parálisis
proletaria creada por la evidente división camino del poder,
Castro en persona se dirige al Congreso, donde explica la necesidad
de "defender la revolución", para lo cual se necesitan
"dirigentes verdaderamente revolucionarios" con un liderazgo
que sea apoyado por todos los delegados del Congreso y propone a David
Salvador para el cargo. La única facción que debe prevalecer
es "el partido de la patria", según declara Castro.
Y efectivamente, como en los buenos tiempos de la República,
que tanto se quiere desechar y olvidar, el gobernante de turno propone
al Secretario General de la CTCR como un apéndice o un simple
Ministerio del gobierno. El Comité Ejecutivo está compuesto
de delegados del M26J y del PCC. El día 25 se da por terminado
el Congreso y el líder comunista Lázaro Peña asume
el control de la dirección del organismo obrero, aunque la representación
nominal la ostente David Salvador.
Era lógico pensar que los representantes
sindicales del M26J, que se habían opuesto al control del Congreso
y de la CTCR por el PCC, después de escuchar las orientaciones
de su "máximo líder", Fidel Castro, con respecto
a la dirección obrera, aceptaran sin replicar la imposición
del gobierno por la sencilla razón de que las órdenes
que emanaban de arriba indicaban que o se cumplían o se iba a
parar a la cárcel. "¡Patria o muerte, venceremos!"
Terminaba en este Congreso, denominado "el de los melones (verde
olivo por fuera -el color del M26J- y rojo por dentro -el del PCC),
cerrando casi un siglo de luchas sindicales y por las cuales los obreros
habían obtenido algunas ventajas sobre el abuso patronal. Ahora
todo esto cambiaba. El Estado se convertiría en pocos meses en
el verdadero y único patrón.
Poco conocida fue la visita que realizó
el libertario alemán Agustín Souchy a La Habana en el
verano de 1960, y menos aún la publicación de un folleto
titulado Testimonios sobre la Revolución Cubana que narraba sus
opiniones sobre el campesinado y la nueva ley de Reforma Agraria con
la que el gobierno castrista pretendía asombrar a medio mundo,
empezando por los cubanos. La figura de Souchy era de sobra conocida
en los medios libertarios cubanos, desde el año anterior, y conociendo
que dicho compañero pensaba viajar a Cuba, Solidaridad había
publicado un largo ensayo en varias de sus ediciones, titulado El socialismo
libertario, como una forma de aclarar conceptos sociales y como una
oculta esperanza de que esas ideas tomaran forma en una nueva sociedad
que ya se perfilaba.
Eran momentos difíciles, al igual que todo
proceso revolucionario (como en una guerra) en el que el pueblo se debatía
entre el miedo, la incertidumbre y la esperanza. Ya al comenzar el año
se notaba la provocación de los medios oficiales a través
del órgano oficial del castrismo, Revolución, sobre los
anarquistas, con acusaciones tan veladas como falsas. Sin embargo, la
visita de Souchy, invitado por el gobierno para estudiar y dar a conocer
su opinión sobre el agro cubano, llenó de entusiasmo a
muchos compañeros, y el escritor alemán fue saludado con
júbilo genuino por sus compañeros, en diferentes actos
en su honor y una cordial bienvenida por parte de los medios ácratas,
el 15 de agosto de 1960.
Como estudioso de los problemas del agro, Souchy
había escrito un folleto muy comentado en Europa titulado Las
cooperativas de Israel, sobre la organización en dicho país
del Kibbutz, motivo por el cual el gobierno cubano esperaba algo similar
de Souchy para que avalara su gigantesco programa agrario y como propaganda
en los medios anarquistas internacionales. Este no fue el caso. Souchy
viajó por toda Cuba con los ojos y el corazón abiertos
a todo lo que se le mostraba y a lo que pudo por su cuenta observar.
El resultado de su análisis no pudo ser más pesimista.
Cuba se acercaba demasiado al modelo soviético; la falta de libertad
y de iniciativa propia no podían conducir a otro lugar que al
centralismo en el sector agrario. Otro tanto se notaba ya en lo económico.
Souchy fue honesto en su inventario total y su folleto titulado Testimonios
sobre la Revolución Cubana fue publicado sin pasar por la censura
oficial. Tres días después de marcharse de Cuba, la edición
total de dicho trabajo fue intervenida por el gobierno castrista por
sugerencias de la Dirección del PCC y destruida en su totalidad.
Por suerte para la Historia, la editorial Reconstruir en Buenos Aires
reprodujo completa la versión original de Souchy en diciembre
de ese mismo año, con un excelente prólogo de Jacobo Prince.
En ese mismo verano de 1960, convencidos de que
Castro se inclinaba cada día más hacia un gobierno totalitario
de corte marxista- leninista, camino del cual se asfixiaba poco a poco
la libertad de expresión, comunicación, asociación
y hasta de movilización, la mayoría de los componentes
de la ALC acordaron, con el eufemismo de otras siglas, lanzar la Declaración
de Principios, avalada como la Agrupación Sindicalista Libertaria
en junio de ese año y firmada por el Grupo de Sindicalistas Libertarios.
La idea de usar este otro nombre se debió a la necesidad de "evitar
represalias sobre los miembros de la ALC". El documento, que es
vital para entender la situación de los anarquistas cubanos en
esa época, tenía como objetivo, además de orientar
al pueblo cubano, acusar al gobierno del desastre que se avecinaba y
establecer una polémica con los integrantes del PCC, los cuales
ya se encontraban en posiciones importantes dentro del gobierno.
La Declaración constaba de 8 puntos en los
que atacaba al "Estado en todas sus formas": definía,
de acuerdo con las ideas, la función de sindicatos y federaciones
en su verdadera actividad económica; declaraba que "la tierra"
debía pertenecer "al que la trabaja", respaldando "el
trabajo colectivo y cooperativo" en contraste con el centralismo
agrario propuesto en la Reforma Agraria gubernamental; hacía
énfasis en la educación colectiva y libre de la niñez,
lo mismo que la cultura; luchaba contra el nacionalismo, el militarismo
y el imperialismo, a los que consideraba nocivos, oponiéndose
de plano a militarizar al pueblo; atacaba sin temores el "centralismo
burocrático" y rompía lanzas en pro del "federalismo";
proponía como recurso inmediato la libertad individual "en
vías de lograr una libertad colectiva"; y finalmente declaraba
que la revolución cubana era como el mar, "de todos",
y condenaba enérgicamente "las tendencias autoritarias que
bullen en el seno mismo de la revolución".
No cabía duda de que era uno de los primeros
ataques directos que desde el punto de vista ideológico se le
hacían al régimen. La respuesta, sin embargo, no tardó
en llegar. En agosto, el órgano del PCC Hoy, con la firma del
Secretario General Blas Roca, el dirigente de más categoría
dentro de los cuadros comunistas, respondió a la declaración
de los libertarios de forma violenta usando las mismas falacias que
en 1934, y agregando la peligrosa acusación de que sus autores
eran "agentes del Departamento de Estado Yanki". Según
uno de los autores de la Declaración, Abelardo Iglesias "[...]
por fin el ex amigo de Batista [...] Blas Roca, nos contestó
en el suplemento dominical [...] colmándonos en su respuesta
de insultos e injurias". Era más interesante y significativo
que en un ataque al gobierno de Castro, fuera el dirigente de más
alto nivel del PCC el que saliera a responder por el régimen.
En aquel verano de 1960 pronto se empezaron a aclarar las dudas.
Desde ese mismo instante, los anarquistas que eran
enemigos del régimen tuvieron que sumergirse en la clandestinidad.
Se hace un intento por establecer una polémica en relación
a la respuesta de Roca, "pero" según Iglesias "no
logramos que nuestros impresores, ya aterrorizados por la dictadura,
accediesen a imprimirla. Tampoco nos fue posible la edición clandestina".
Se trataba de un folleto de 50 páginas donde se le daba la debida
réplica al PCC y a Roca. Un mes antes El Libertario dedicaba
su número del 19 de julio, a celebrar "La heroica actitud
de los anarquistas en julio de 1936". Los componentes de la delegación
de la CNT en La Habana, entusiasmados por el triunfo revolucionario,
se habían propuesto derrocar a Franco de forma violenta. En ese
mismo número, dedicado enteramente a defender la actitud libertaria
antes, durante y después de la Guerra Civil española,
en su última página y casi de forma patética, se
hace un recuento de las actividades de la ALC y "la lucha contra
la dictadura de Batista". El inventario es largo y le recuerda
al gobierno el aporte de los anarquistas cubanos a favor de la revolución
y la libertad. Se recurría ya a los últimos cartuchos
ideológicos. El Libertario desaparecía en ese mismo verano.
Los elementos más aguerridos dentro del
anarquismo cubano tienen pocas opciones a su favor. Después de
la Declaración ya saben que van a ser acosados por los ciegos
servidores del régimen, que convertidos en verdaderos sicofantes,
se dan a la tarea de delatar a cualquier cubano que no esté de
acuerdo con el proceso. Una acusación de "contrarrevolucionario"
es un pasaje a la cárcel o un viaje al paredón de fusilamiento.
Las razones que adujeron los libertarios entonces para oponerse al terrorismo
de Estado de forma violenta, son tan válidas hoy como ayer. El
anarcosindicalismo dentro de los sindicatos y federaciones, como ya
se ha visto, pasó a mejor vida. No había espacio para
ejercer la libertad de prensa ni hacer propaganda a favor de las ideas.
Atacar al régimen era un crimen de lesa patria. La política
económica del régimen conducía a la sovietización
de Cuba con todas sus consecuencias negativas. Se perseguía con
un rigor no conocido a todo aquél que propusiera otras ideas
que no fueran las que emanaban del Estado, domicilio y residencia, a
donde habían ido a parar todas las grandes propiedades, comercios,
fincas, centrales azucareras, vegas de tabaco, en fin, toda la riqueza
del país, en manos hasta esos momentos de la alta burguesía,
el capitalismo nacional y la banca cubano-norteamericana.
Estas medidas de "nacionalización"
o expropiación no fueron criticadas por los libertarios. A lo
que se oponían, según la mencionada Declaración,
era a la estatalización de todas las riquezas de Cuba en manos
de Castro y el PCC. Había entonces que tomar el duro camino de
la clandestinidad o el exilio para empezar a luchar de nuevo contra
una nueva y poderosa dictadura, que como explicara Casto Moscú
"[...] nos convencimos de que todos los esfuerzos de nuestro pueblo
y los nuestros se habían perdido y que nos llegaba un proceso
muy difícil y peor que todos los males que habíamos combatido".
Ante una situación de corte totalitario, la gran mayoría
de los anarquistas cubanos acordaron rebelarse e iniciar una lucha que
estaba condenada desde el primer día a ser un fracaso rotundo.
De lo que podemos considerar como "nuestras
actividades opositoras" de ese período, se encuentra en
un boletín clandestino titulado Movimiento de Acción Sindical
(MAS), que circulaba por toda la isla y el extranjero. MAS reflejaba
en sus pocos números (mensual desde agosto a diciembre de 1960)
un ataque sin cuartel a Castro en particular y al PCC y sus seguidores
en general, dentro del sector obrero y político de Cuba. Según
relata Moscú, "se editaron infinidad de manifiestos denunciando
la falsedad de los postulados de la revolución castrista y convocando
al pueblo a la oposición. Se celebraban reuniones para debatir
temas y hacer conciencia de la desgraciada realidad que se confrontaba",
y se "llevaron a efecto planes de sabotaje sobre objetivos básicos
de sostenimiento del Estado [...]"
Metidos ya de lleno en la lucha armada, según
Moscú, "se participó en la cooperación para
sostener algunos focos guerrilleros existentes en diferentes partes
del territorio [...]". En particular, en dos guerrillas importantes
en la misma zona, donde se operaba con gran dificultad debido a que
la Sierra Occidental no era muy alta, la provincia estrecha y estaba
muy cerca de La Habana. "Existió un contacto más
directo con la guerrilla del Capitán Pedro Sánchez en
San Cristóbal, pues compañeros nuestros participaron activamente
en esta guerrilla [...] se les suministró algunas armas. [...]
Con la guerrilla que comandaba Francisco Robaina (Machete) que operaba
en la misma Cordillera, les fuimos solidarios en todo lo que nos fue
posible [...]". El compañero Augusto Sánchez, combatiente
en estas guerrillas, fue asesinado después de haber sido hecho
prisionero. Considerados como bandidos por el gobierno, en muy pocos
casos se les respetaba la vida a cualquiera que se rindiera.
Siguiendo el relato de Moscú, además
de ser ultimado Augusto Sánchez, fueron asesinados los siguientes
"compañeros combatientes: Rolando Tamargo y Ventura Suárez,
fusilados; Sebastián Aguilar hijo, asesinado a balazos; Eusebio
Otero apareció muerto en su habitación; Raúl Negrín,
acosado por la persecución, se suicidó dándose
fuego". Por otra parte, además de Moscú, fueron detenidos
y condenados a penas de prisión los siguientes compañeros:
Modesto Piñeiro, Floreal Barrera, Suria Linsuaín, Manuel
González, José Aceña, Isidro Moscú, Norberto
Torres, Sicinio Torres, José Mandado Marcos, Plácido Méndez
y Luis Linsuaín, oficiales estos dos últimos del Ejército
Rebelde. Francisco Aguirre murió en prisión; Victoriano
Hernández, enfermo y ciego por las torturas carcelarias, se suicidó;
y José Alvarez Micheltorena murió a las pocas semanas
de salir de prisión.
La situación de los libertarios se hacía
cada día más tensa. La fallida invasión por Playa
Girón en la Bahía de Cochinos, al sur de Cuba, aventura
tan bien financiada como mal planeada por la Central Intelligence Agency
(CIA), condujo a la liquidación total de la oposición
interna contra el gobierno en la que se encontraban los libertarios
y la consolidación del régimen castrista en Cuba. El Primero
de Mayo de 1961 Castro declaró a su gobierno, socialista, en
realidad de corte estalinista, planteándoles a los libertarios,
fuera y dentro de Cuba un dilema de corte ético. El régimen
exigía la adhesión más decidida de sus simpatizantes
y militantes. No existía el derecho a la abstención o
a cualquier posición neutral. Se dormía con los criminales
o te mataba el insomnio.
En otras épocas se había atenuado
la tormenta con relativo éxito tomando otros caminos que no eran
el exilio forzoso. En el siglo pasado se podía optar políticamente
por los insurrectos o mantenerse a la deriva ante el despotismo español;
cuando Machado o Batista, los libertarios podían declararse antipolíticos
o pasarse a la oposición más afín al ideario anarquista,
revolucionarios de izquierda y sectores liberales o socialdemócratas.
La Tercera República presidida por un dictador en ciernes no
ofrecía otras alternativas que agruparse bajo su control o escoger
entre tres opciones: la cárcel, el paredón o el exilio.
Unos pocos días antes de declararse Fidel Castro "marxista-leninista"
ocurre en La Habana un hecho sin precedentes en la historia del anarquismo
en Cuba.
Manuel Gaona Sousa, autor de un documento titulado
Una aclaración y una declaración de los libertarios cubanos,
fechado y firmado en Marianao el 24 de noviembre de 1961, con el propósito
de difamar a aquellos libertarios que no coincidían con su devoción
revolucionaria, y con el "ruego" de que fuera publicado en
la Prensa Libertaria, fue el creador de una enorme calumnia contra sus
antiguos compañeros, a quienes les acarrearía unas consecuencias
funestas. Gaona Sousa, antiguo obrero ferroviario de los tiempos de
Enrique Varona y la COCN, militante libertario toda su vida, fundador
de la ALC, en los primeros años del castrismo ocupaba el Secretariado
de Relaciones, y como tal, tenía en su poder las comunicaciones
con todo el aparato propagandístico anarquista en el exterior.
Con Gaona no existían dudas, era un compañero que se había
identificado con el castrismo desde los primeros momentos, a pesar de
la opinión generalizada entre los más destacados militantes
de dudar o darle un tiempo al gobierno castrista.
Pasados los primeros encuentros y confrontaciones
con los sectores más estalinistas del PCC, se entendía
entre los componentes de la ALC que el régimen, camino hacia
el totalitarismo, no iba a permitir la existencia de una organización
anarquista o siquiera la prédica de las ideas. El PCC, por su
parte, exigía un necesario ajuste de cuentas. Gaona prefería
pasarse al enemigo con armas y bagajes, echando a un lado sus ideales
antes que mantenerse junto a sus compañeros, ahora en desgracia.
Hasta esos momentos Gaona era libre de escoger su camino. Aquellos que
han cambiado de opinión con respecto a las Ideas, han abundado
en el campo libertario en cualquier latitud y tiempo. Gaona no era un
fenómeno peculiar.
El abandono de algunos responsables de la militancia
anarquista tampoco era nada nuevo. Personajes con tanta o más
responsabilidad que Gaona dentro de la organización, habían
cambiado sus ideas sociales por la política electoral cubana,
por ejemplo, los casos de Enrique Messonier al Partido Liberal en 1901;
Antonio Penichet al Partido Auténtico a principios de la década
de 1930 y Helio Nardo al Partido Ortodoxo a finales del 1940. Estas
actitudes no fueron nunca consideradas como una traición por
la mayoría de la militancia libertaria. Simplemente creían
que estos ex compañeros tenían libertad para escoger su
destino político y nunca fueron anatemizados. Además,
en esencia no cambiaron los principios en que fueron formados originalmente,
ni se asociaron a partidos políticos de la extrema derecha o
de corte reaccionario o religioso. Ese no fue el caso de Gaona.
Este sujeto, no sólo se hizo solidario con
las fuerzas más nefastas que gobernaran en Cuba y con sus antiguos
enemigos del PCC, sino que también amenazó con denunciar
a los ex compañeros que no coincidían con su postura seudorevolucionaria,
ante los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), de
reciente creación, como "agentes del imperialismo".
Pero lo más deleznable fue el hecho de haber sido capaz de coaccionar
a algunos ancianos anarquistas como Serra y Bretau para hacerlos cómplices
de su infamia. A través de un documento en que trataba de "aclarar"
ante los anarquistas del exterior lo que Gaona consideraba "[...]
una insidiosa campaña que se realiza a través de la prensa
libertaria de ese país [...]" (sic) refiriéndose
en general a "[...] México, América Latina y el Mundo
contra la Revolución Cubana [...]" con la idea de una "[...]
colecta de dineros para los presos libertarios cubanos y... sacar del
país a los perseguidos y sus familiares". Aquí es
necesario anotar que este párrafo es lo único cierto de
este documento en lo relacionado a la colecta de fondos y sus propósitos
humanitarios.
Continúa el documento condenando a lo que
considera "[...] una patraña, irresponsabilidad y mala fe
[...]" por parte de sus ex compañeros, ahora en el exilio,
o asilados en alguna embajada. Esta maniobra de "recolecta de fondos"
y apelando a lo que Gaona se refiere como el "momento histórico
que nos ha tocado vivir", la emprende con una cantidad de falacias
o simples mentiras contra sus compañeros en desgracia. El primer
acápite lo dedica a garantizar que no existe en toda la Isla
"[...] un solo compañero libertario detenido o perseguido
por sus ideas [...]". A menos que Gaona haya expulsado a todos
los anarquistas de la ALC y disuelto dicho organismo, lo antes citado
es falso, como hemos probado con anterioridad.
En el segundo párrafo declara mendazmente
que no existe ningún tipo de persecución política
o religiosa en Cuba, complicando sin mucha habilidad a los invasores
presos de Playa Girón con toda la oposición a Castro que,
por supuesto incluía a los libertarios. Reconoce, eso sí,
que existe una "extrema vigilancia del pueblo a través de
los CDR -uno en cada cuadra- contra los terroristas [...]". Justifica
sin muchos miramientos el Terror del Estado creado por el castrismo
contra la población a través de un comité de informantes
al servicio de la temida Seguridad del Estado. Implica de esta manera
que cualquier ciudadano que no respalde el proceso revolucionario, es
un traidor, y por lo tanto, debe ser denunciado.
Miente Gaona cuando declara que "[...] casi
la totalidad de la militancia libertaria de Cuba se encuentra integrada
en los distintos "Organismos de la Revolución Cubana (sic)
[...]". Y cita todas estas organizaciones llamadas de "masas".
Y se ufana en decir que la "integración" de esta militancia
"[...] es la consecuencia de la plasmación [.,.] de todos
los objetivos inmediatos de nuestro programa [...] y la razón
de existir del Movimiento Anarquista Internacional y del Movimiento
Obrero Revolucionario". Aquí se aprecia cabalmente la intención
y dirección del documento. Según Gaona, los anarquistas
se integran -espontáneamente- al despotismo castrista, por haber
sido ése el objetivo de todas las luchas sociales de más
de un siglo. Pero Gaona va más allá y nos indica que ésa
ha sido la agenda y propósito de todos los anarquistas del mundo.
El párrafo quinto no pasa de ser otra cosa
que una falacia propagandística con el peor estilo político
concebible, lleno de envidia y malas intenciones, con la evidente idea
de confundir a los anarquistas de extramuros en relación al Estado
terrorista creado en Cuba. Finaliza el documento con una exhortación
al resto de los compañeros fuera de Cuba, "para [...] no
ser sorprendidos por las mal intencionadas y mentirosas informaciones
que reciban de quien [...] al servicio consciente o inconsciente, de
la contrarrevolución cubana, se empeñan en mantenerse
sordos y ciegos ante las realidades [...] de la más progresista,
democrática y humanista de las Revoluciones de nuestro Continente".
Declara muy serio Gaona, que hay que apoyar al castrismo y "tomar
las armas" para su defensa, declarando "traidores y cobardes"
a los que, "pretextando diferencias o sectario rencor", se
opongan a tan bello sueño. Después de consolidada, "la
Revolución podrá polemizarse, ahora sería negativo,
porque estaríamos sirviendo al enemigo común".
Este documento ha sido casi reproducido en este
trabajo con la idea de que se entienda lo que más adelante aconteció
y sus siniestras consecuencias. Gaona, al final de su vida, traicionó
a sus compañeros, pero peor aún, coaccionó vilmente
a cinco antiguos miembros del anarquismo cubano, algunos ya octogenarios
y enfermos, para que firmaran y avalaran esta declaración monstruosa
que negaba precisamente todos los principios libertarios en Cuba y fuera
de ella. Vicente Alea, Rafael Serra, Francisco Bretau, Andrés
Pardo y Francisco Calle (Mata) firmaron el documento junto con otras
16 rúbricas que poco o nada tenían que ver con el anarquismo
en Cuba. Muchos libertarios aún en la Isla se negaron a tal vileza
y fueron considerados como enemigos, teniendo que abandonar tarde o
temprano el país, entre ellos uno de los más destacados
intelectuales de Cuba, que de haberse quedado al servicio del despotismo
y firmado el documento de Gaona, hubiese recibido todos los honores
que un verdadero anarquista no tuvo nunca por parte de nadie, Marcelo
Salinas. Atrapados quedaron muchos en provincias que también
se negaron a avalar este documento que tanto daño habría
de hacer en el futuro inmediato.
Manuel González y Casto Moscú,
involucrados en el trasiego de armas y propaganda, fueron detenidos
al ser registrado, primero el local de la ALC en Jesús María,
y después el automóvil en que viajaban estos dos compañeros.
Conducidos a un local de Seguridad del Estado y temiendo ser fusilados,
pena común en esos años para cualquier contrarrevolucionario,
fueron puestos en libertad por una orden directa de un Capitán
de este departamento, que según les comunicó, conocía
la labor de los libertarios dentro del movimiento obrero, mencionando
con orgullo su conocimiento de Serra y Salinas en tiempos pasados. González
y Moscú no perdieron mucho tiempo y de la cárcel se trasladaron
directamente a la Embajada de México, en la que fueron acogidos
casi sin trámites. Ambos marcharían al exilio vía
México y se reunirían con sus compañeros en Miami.
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