Cuba, el socialismo
y la libertad
Daniel Barret
"Libertad ilimitada de propaganda, de opinión, de prensa,
de reunión pública o privada...Libertad absoluta para
organizar asociaciones, aunque sean con manifiestos fines inmorales...La
libertad puede y debe defenderse únicamente mediante la libertad:
proponer su restricción con el pretexto de que se la defiende
es una peligrosa ilusión. Como la moral no tiene otra fuente,
ni otro objeto, ni otro estimulante que la libertad, todas las restricciones
a ésta, con el propósito de defender a aquélla,
no han hecho más que perjudicar a una y a otra."
Mijail Bakunin
"Queremos libertad, y creemos que es incompatible
con la existencia de cualquier poder, cualesquiera que sean su origen
y su forma, impuestos o elegidos, monárquicos o republicanos,
inspirados en el derecho divino o en los derechos del pueblo."
Piotr Kropotkin
"A los anarquistas les compete la especial
misión de ser custodios celosos de la libertad, contra los aspirantes
al poder y contra la posible tiranía de las mayorías."
Errico Malatesta
Los pueblos no rompen relaciones y los gobiernos pueden hacerlo todas
las veces que lo deseen; siempre y cuando sea en nombre propio, sin
más invocaciones que sus ocasionales y mezquinos intereses, no
mediando argumentos y "representaciones" que pretendan cubrir
un radio más amplio que el de sus dominantes caprichos y en cada
circunstancia que ello no involucre, directa o indirectamente, perjuicio
alguno para la gente común y corriente: he aquí una máxima
probable, a partir de la cual evaluar desde un punto de vista anarquista
las escaramuzas verbales de los meses de abril y mayo de 2002 entre
las cancillerías de Uruguay y Cuba y la consiguiente ruptura
de relaciones diplomáticas entre ambos países o cualquier
otra situación de idéntico o aproximado tenor. Máxima
que, sin embargo, quizás debamos desechar parcial o totalmente
en el momento mismo de formularla, en tanto cualquier escarceo teórico
-por ingenuo que sea- nos informará inmediatamente que es imposible
separar o poner a buen resguardo a la gente indefensa de las acciones
en las que sus gobiernos pretenden preservar, en el plano de las relaciones
internacionales como en cualquier otro, sus insignificantes y arrogantes
dignidades; algo de lo cual toda guerra convencional constituye un ejemplo
magnífico y extremista. Pero, no interesa demasiado en este momento
abundar en el asunto(1) y -a efectos de ahorrarnos la exposición
detenida de reflexiones varias sobre el punto- bien podemos nosotros
ahora plegarnos a pies juntillas a buena parte de las posiciones sostenidas
por la izquierda uruguaya en torno al tema. Por lo pronto, nos resulta
enteramente condenable y digna del mayor de los desprecios esa conducta
propia de los anélidos que consiste en barrer la tierra con el
pecho y transformarse en el oscuro y genuflexo brazo ejecutor de los
antojos destemplados, las arbitrariedades sin cuento y los desplantes
inmisericordes del más poderoso de los Estados contemporáneos.
Estamos dispuestos, por lo tanto, a sostener en forma convencida y convincente
que el gobierno uruguayo fue estimulado por los Estados Unidos -vaya
uno a saber cómo y exactamente a cambio de qué-(2) para
adoptar la conducta diplomática que finalmente adoptó:
proponer, en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones
Unidas, la realización de una visita inspectiva del organismo
a efectos de registrar la situación por la que atraviesa tal
problemática en la Cuba actual. Estamos dispuestos, también,
a sostener que la posición uruguaya no está animada por
ningún genuino sentimiento principista, que no existe coherencia
diplomática que la sostenga -la actitud respecto a los acontecimientos
recientes en Venezuela y Palestina alcanzan y sobran para demostrarlo-
y que, ni este gobierno ni los anteriores, pueden constituirse en paladines
y ejemplos de un reclamo político y vital que no les pertenece.
Además, por extensión, agregación y transitividad,
compartimos o auspiciamos o defendemos la idea de que la Organización
de las Naciones Unidas posee una escasa autenticidad ética -o
de cualquier otra especie- para intervenir y pontificar en los momentos
y los lugares en que se lo propone, siendo como ha sido, es y seguramente
también será la pila bautismal y la coartada de un orden
mundial esencialmente injusto. Nada de esto, entonces, constituirá
para nosotros un motivo demasiado incitante como para dejar asentadas
aquí algunas diferencias teóricas de fondo o tan siquiera
los matices a través de los cuales podríamos marcar un
perfil singular y distintivo. No obstante; habida cuenta de la cerrada
y cerril defensa del gobierno cubano que suele aflorar sin tasa ni medida
en circunstancias como la actual, teniendo presentes las gruesas simplificaciones
y las tonalidades panfletarias que están implícitas en
dicha actitud, considerando que la misma no contribuye a una propuesta
completa y en profundidad; lo que aquí queremos situar como centro
del debate con la izquierda uruguaya y latinoamericana es otra problemática,
que ya mismo puede presentarse simplificadamente bajo la forma de las
siguientes preguntas:
1) en primer lugar ¿el Estado y el gobierno cubanos, así
como sus correspondientes titulares, sí son realmente respetuosos
de los "derechos humanos" tal y cómo éstos son
habitualmente concebidos en tanto rasgo "universal" de la
"civilización" y el "progreso" y en cuanto
regla rara y difícilmente cuestionada de reconocimiento de la
integridad de las personas y de la inviolabilidad de sus prerrogativas
y facultades?;(3)
2) en segundo término y suponiendo que la respuesta fuera negativa
¿hay alguna razón de peso, alguna excusa o alguna justificación
que lleven a dejar en suspenso las exigencias en la materia o reducirlas
a una mera confidencia entre íntimos y conjurados?;
3) de inmediato -más incluyente, influyente
y definitorio aún- ¿merece seguir siendo visualizado o
percibido en el camino cubano, tal como lo fuera más fuertemente
en tiempos idos, el modelo de la construcción latinoamericana
del socialismo y encontrarse así con la coartada inmejorable
de toda eventual violación?;
4) por último, ¿las realizaciones efectivas habidas en
Cuba -se pretendan socialistas o no- son inteligibles en tanto desviación
demorada de la ruta original o, por el contrario, la comprensión
de su dinámica interna sólo es posible a través
de una impugnación a fondo de sus mismos orígenes y, por
lo tanto, también de la eficacia de aquello que en algún
momento se concibió como "transicional"?
Es, precisamente, de tales cosas que querremos
hablar de aquí en más; extrayendo las conclusiones que
correspondan y deduciendo las orientaciones políticas a adoptar;
y no sólo desde un punto de vista que, por muy discutible que
parezca, debiera ser compartido por amplios sectores de la izquierda
sino, también y sobre todo, como anarquistas convictos y confesos
que de una vez por todas queremos saber qué hacer con Cuba y
en Cuba, purgando nuestros errores de cálculo y nuestras medias
voces de un pasado que quizás esté todavía demasiado
cerca nuestro y que, en alguna medida, sigue marcando buena parte de
nuestro entorno familiar y de nuestros pasos.
Y querremos hablar de ello, reflexionar sobre ello
y definir los correspondientes cursos de acción por cuanto entendemos
se trata de una temática extraordinariamente importante y de
vastas derivaciones ideológico-políticas, en la cual,
tal como se ha dicho, los anarquistas no estamos exentos de responsabilidad.
El conjunto de la izquierda, mientras tanto, va más allá
aún; extravía sistemáticamente el horizonte y el
norte; oculta y escamotea situaciones, procesos y dilemas; se escabulle
detrás de los mitos y las añoranzas; elude los problemas
de fondo y, por último; bloquea toda posibilidad de entendimiento
parapetándose detrás de los muros de la confianza ciega
y de la fe. Más aún: el bagaje argumental que aquí
pretendemos cuestionar parece sostenerse sólo sobre la base de
una cierta nostalgia de la integridad perdida,(4) que aflora casi exclusivamente
cuando se habla de Cuba y que, en esos casos, quiere seguir siendo integridad
sin aspirar ya a ser coherencia.(5) Porque, en efecto, no parece haber
coherencia alguna en una política que se despliega de tales y
cuales formas en lo que respecta a todos los mundos y galaxias conocidos
-Uruguay incluído- y se llama prodigiosamente a silencio cuando
se trata de aplicar al gobierno cubano los mismos criterios que se le
aplicarían a cualquier otro gobierno. Querremos hablar de ello,
entonces, por cuanto seguimos sintiendo -tontamente, quizás-
que la coherencia es un componente fundamental de la acción política;
un componente que la jerarquiza, la enaltece y la configura como uno
más entre los campos de preocupación y de modelado esencialmente
ético. Para nosotros, no hay ni puede haber admisión y
mucho menos pregón de duplicidades o ambigüedades de discurso,
sino la aplicación a rajatabla de principios que no admiten negociaciones
ni mediatizaciones ni postergaciones oportunistas.(6) Todo ello debería
formar parte de un estilo, de un modo de hacer las cosas y hasta de
una sensibilidad social y política que no pueden pasarse por
alto ni minimizarse a la hora de bosquejar proyectos revolucionarios,
de mirarse cara a cara con un futuro deseado e intuído de tonalidades
libertarias y de resolver si lo hipotecamos o seguimos, consistentemente,
apostando y jugándonos por él.
1.- Ahora bien, ¿cuál es, entonces y finalmente, la situación
de los "derechos humanos" en la Cuba de hoy; un tema que para
nosotros sólo puede vincularse -digámoslo prontamente
para evitar malentendidos, conjeturas y medias tintas- con el nombre
y la imagen, el nervio y la sangre de la más completa libertad
históricamente posible? El discurso pronunciado por Fidel Castro
en el acto del último 1º de mayo(7) -respuesta directa y
obvia a la situación diplomática planteada entre Cuba
y Uruguay- nos ofrece las primeras pistas, los primeros esbozos, respecto
a las percepciones y orientaciones sobre el tema de la clase dirigente
cubana; y nada de ello parece apuntar a una prevalencia o tan siquiera
a un reconocimiento específico en el sentido que acabamos de
definir y jerarquizar. La operación intelectual primera que nos
propone Fidel Castro consiste en la deslegitimación de sus detractores:
los países latinoamericanos que votaron a favor de la visita
inspectiva en la reunión de la Comisión de Derechos Humanos
de la ONU. Lo que básicamente sostiene Fidel Castro es que, en
un continente arrasado por siglos de expoliación -con niños
hambrientos o exponiéndose al riesgo de una muerte prematura,
con legiones de desempleados y sub-empleados, con políticos corruptos
y entreguistas, con medios de comunicación en manos oligopólicas,
etc., etc., etc.-, difícilmente puedan darse las condiciones
para la realización medianamente plena de la "libertad",
la "democracia" y los "derechos humanos": una afirmación
contundente y a la que podríamos endosarle ahora mismo nuestras
propias convicciones y nuestros más encendidos entusiasmos. Bastante
más discutible y oscura resulta ser su afirmación de que
"una persona que es analfabeta", "que vive en estado
de pobreza o de pobreza extrema, o carece de empleo, o radica en barrios
marginales" -esas "enormes masas de ciudadanos en lucha desesperada
por la vida"- difícilmente esté "en condiciones
de comprender los problemas complejos del mundo y de la sociedad"
en que vive o de "ejercer la democracia" o "decidir cuál
es el más honesto o el más demagógico e hipócrita
de los candidatos". Ahora sí; Fidel Castro perdió
el rumbo, el ritmo y la pisada y extendió las limitaciones orgánicas
de los modelos sociales, políticos y económicos latinoamericanos(8)
a la capacidad de discernimiento de la gente. Frente a estas premisas
y estos razonamientos: ¿cómo concluir el silogismo si
no es a través de alguna otra fuente de discernimiento o de algún
otro tipo de protagonismo heterónomo que -así sea por
simple descuido- acabe sustituyendo a la gente misma? ¿quién,
con qué "derecho", con qué legitimidad, con
qué respaldos, con qué fuerza o con qué lógica
privada, misteriosa, infalible y excluyente discierne sobre la capacidad
de discernimiento ajena? A esta altura, como vemos, la exposición
ya comienza a deslizarse por esa pendiente anfractuosa, laberíntica
y zigzagueante donde las críticas más justas corren el
riesgo ominoso de transformarse en propaganda.(9)
Inmediatamente, nos aguarda, como no podía
ser de otra manera por los antecedentes discursivos inmediatamente vistos,
una típica operación del poder: los valores deseables
-los "derechos humanos", en este caso- resultan ser un espacio
de intersección entre los objetivos sociales prioritarios y los
logros reales de un régimen político dado. Así,
Fidel Castro se detuvo largamente en la enumeración de los indicadores
a través de los cuales se expresaría el respeto de la
clase dirigente cubana por los "derechos humanos", exponiendo
un conjunto de realizaciones difícilmente discutibles: tasa de
analfabetismo, tasa de escolarización -desglosada en pre-escolar,
primaria y secundaria-, cantidad de habitantes por personal docente,
mortalidad infantil, expectativa de vida, proporción de camas
hospitalarias, tasa de partos con atención médica, cantidad
de médicos y enfermeros cada 100.000 habitantes, tasas comparativas
de rendimiento escolar en matemáticas y lenguaje, etc, etc. Se
trató, en una palabra, de una detallada puntualización
-con las comparaciones correspondientes a nivel latinoamericano- de
aquellas cifras que estarían en mejores condiciones para expresar
los avances cubanos en materia de educación y de salud; dos persistentes
y compartibles preocupaciones de su conducción política.
No obstante, lo que el procedimiento sustrae hábilmente es, por
un lado, la realización de las comparaciones desventajosas y,
por el otro, el hecho mismo de que no se trata de establecer rankings
y cotejos a través de cifras que rara vez tienen un significado
simple, despojado, directo y unívoco.(10)
En efecto, los "derechos humanos" no
constituyen una materia que pueda iluminarse mediante el uso de una
calculadora; y los propios avances cubanos en los campos de la educación
y la salud pueden relativizarse severamente si se considera que ambos
niveles de actuación han sido también contínuamente
instrumentados como mecanismos de vigilancia y control estatal, como
canales de disciplinamiento y normalización profundamente autoritarios.
Por lo pronto, es necesario reconocer enfáticamente que mucho
de lo que hoy ya está planteado y experimentado, en otros lugares
y en clave de ruptura, en las áreas de la educación y
de las políticas sanitarias, apuntando al protagonismo y a la
autonomía de los "usuarios" de esos servicios e impugnando
el monopolio decisional de sus cuadros jerárquicos, está
muy por encima de las pretensiones y de los logros cubanos en dichas
materias.(11) Y ello es así porque la libertad raigal de los
actores de un hecho educativo o de un hecho sanitario no constituyen
motivo de desvelo alguno para la conducción política cubana
sino que dicho lugar ha sido ocupado, sin competencia ni alternativa
posible, por una planificación central que no deja margen reconocible
para las iniciativas y, sobre todo, para el protagonismo de base. En
otras palabras, lo que Fidel Castro y la clase dirigente cubana no pueden
llegar a aquilatar es que los "derechos humanos" sólo
se sostienen si se los concibe no como una acción de gobierno
sino precisamente como una vasta operación resistente, en el
máximo grado de energía y radicalidad, contra los gobiernos.(12)
Luego de haber trazado, entonces, un eventual enfoque
"alternativo"(13) sobre la temática de los "derechos
humanos", el discurso de Fidel Castro ingresa de lleno en el territorio
de los cuestionamientos principales. Por muy extenso que sea el pasaje
conviene reproducir textualmente el mismo:
"A los que tontamente hablan y repiten las consignas imperialistas
de que no existe democracia ni respeto a los derechos humanos en Cuba,
les respondo: nadie puede cuestionar que, a pesar de ser muy pequeño,
nuestro país es hoy el más independiente del planeta,
el más justo y solidario.(14) Es también por largo trecho
el más democrático. Existe un Partido, pero éste
no postula ni elige. Le está vedado hacerlo: son los ciudadanos,
desde la propia base, quienes proponen candidatos, postulan y eligen.
Nuestro país goza de una envidiable y cada vez más sólida
e indestructible unidad. Los medios masivos son de carácter público
y no pertenecen ni pueden pertenecer a particulares, no realizan publicidad
comercial alguna, no promueven el consumismo; recrean e informan, educan
y no enajenan."
Dejemos de lado la inicial invocación patriótica,
destinada a reafirmar la identidad nacional de los concurrentes al acto
y pasemos rápidamente a la defensa, por parte de Fidel Castro,
del esquema de Partido único que, por el simple hecho de no permitir
que el tal Partido postule y elija, constituiría a Cuba -en las
percepciones o en los mensajes de su conducción política-
en el régimen más democrático del mundo. Ante esta
afirmación, cabe decir que lo realmente importante aquí
no es que el Partido no postule ni elija a quienes habrán de
ser los ocupantes de los cargos de representación sino a que
ello, de todos modos, se da en un contexto de exclusividad en la acción
política y, además, que tal cosa ha sido así no
durante algunos días, semanas o meses sino a lo largo de más
de cuatro décadas en las que la población ha sido compartimentada
y cuadriculada por supervisiones de tipo policíaco. En ese marco,
la virtual fusión entre el Partido único y el Estado -hasta
que la muerte los separe y sin que haya antes o ahora ningún
atisbo de modificación- no puede constituir otra cosa que el
contexto incuestionado e incuestionable de reclutamiento y formación
de una clase dominante; sin importar demasiado que lo sea no por la
propiedad de los medios de producción sino por ese elemento configurador
decisivo que consiste en la posesión, validada jurídicamente
en lo interno, de prerrogativas políticas diferenciales y permanentes.
En ese marco, por lo tanto, no hay ni puede haber posibilidad real alguna
de avanzar en la socialización de las decisiones ni de coexistir
con ninguna subjetividad política colectiva que contradiga los
dictados del Partido único.(15) Ergo: ese contexto, ese marco,
no es ni puede ser, bajo ningún aspecto racionalmente concebible,
ya no un campo de realización de la libertad en sus formas más
extremas y acabadas sino ni siquiera de las libertades civiles básicas
o, si se prefiere, de los "derechos humanos".
Menos puede ser todavía un campo de realización
de la libertad si, además, "los medios masivos de comunicación
son de carácter público", puesto que en ese marco
de articulaciones ello sólo quiere decir que los mismos se inscriben,
precisamente, en el territorio de fusiones entre el Estado y el Partido
y, por lo tanto, se conforman no como un espacio social abierto sino
como propiedad privada de la clase en el poder.16 Situación con
agravantes, también, toda vez que se considere que el complejo
Estado-Partido es la única instancia legitimada, en esa específica
configuración de poder, para hacer usos y abusos, para extender
prohibiciones y permisos, en todo cuanto tenga que ver incluso con las
libertades más elementales. Expresarse -a través de un
fanzine, una radio o una pared; por medio de una novela, una canción,
una mesa redonda o una simple catarsis callejera-, asociarse -con quien
sea y por la razón que mejor le venga en gana a cada cual- desplazarse
-de una provincia a otra, de un país a otro o a Jauja y Cucaña
si alguien se encaprichara en realizar tal viaje- o hacer con el cuerpo
propio las contorsiones, muecas y gestos que cada persona tenga a bien
imaginar en la circunstancia que mejor le plazca son tan sólo
algunas de las propiedades y capacidades sociales y hasta biológicas
básicas que, en Cuba, han sido subsumidas en ese omnipotente
agujero negro de atribuciones y privilegios en el que sólo los
altos funcionarios del Estado y los principales dirigentes del Partido
Comunista -y ni siquiera todos ellos, llegado el caso- están
relativamente a salvo de los análisis, los exámenes, las
inspecciones, las radiografías y las censuras del poder.(17)
Una vez ubicado el punto decisivo de la cuestión
en torno a los "derechos humanos" vale la pena dejar el discurso
del 1º de mayo de lado, extender un poco más nuestras consideraciones
y realizar ahora una observación de cercanías sobre algunos
de los mecanismos que habitualmente entran en juego en estos casos y
abren espacios de malabarismos retóricos en los que Fidel Castro
ha demostrado ser un maestro impar. De tal modo, podremos constatar
que la propia Constitución cubana ofrece generosamente un conjunto
de libertades que nada tienen que envidiar a las que son habituales
en las constituciones liberales o en las múltiples declaraciones
históricas conocidas sobre los "derechos humanos".
Así, por ejemplo, la libertad de palabra y de prensa resulta
garantizada por el artículo 53, donde se afirma que "las
condiciones materiales para su ejercicio están dadas por el hecho
de que la prensa, la radio, la televisión, el cine y otros medios
de difusión masiva son de propiedad estatal o social y no pueden
ser objeto, en ningún caso de propiedad privada"; algo que
-según se sostiene allí mismo- "asegura su uso al
servicio exclusivo del pueblo trabajador y del interés de la
sociedad".(18) Sin embargo, todo el capítulo constitucional
en el que quedan establecidas las libertades elementales(19) se desmorona
estrepitosamente al llegar a su artículo 62, el cual nos brinda
la información contextualizadora y determinante de que "ninguna
de las libertades reconocidas a los ciudadanos puede ser ejercida contra
lo establecido en la Constitución y las leyes, ni contra la existencia
y fines del Estado socialista, ni contra la decisión del pueblo
cubano de construir el socialismo y el comunismo". Esto, por supuesto,
debe ser leído conjuntamente con el artículo 5, que reza
así: "El Partido Comunista de Cuba, martiano y marxista-leninista,
vanguardia organizada de la nación cubana, es la fuerza dirigente
superior de la sociedad y del Estado, que organiza y orienta los esfuerzos
comunes hacia los altos fines de la construcción del socialismo
y el avance hacia la sociedad comunista". Ahora, finalmente, nos
percatamos que las libertades graciosamente concedidas sólo pueden
ser usadas en esa estrecha franja de sociabilidades y quehaceres sobre
los cuales el Partido Comunista no haya impartido todavía las
directivas correspondientes ni se sienta particularmente molesto por
el contenido de aquellas opiniones o iniciativas que no han tenido lugar
en su propio seno.
Considérense, adicionalmente, disposiciones
como las contenidas en el artículo 39 donde se dice que el Estado
"fundamenta su política educacional y cultural en los avances
de la ciencia y la técnica, el ideario marxista y martiano, la
tradición pedagógica progresista cubana y la universal"
o que "es libre la creación artística siempre que
su contenido no sea contrario a la Revolución"(20) y tendremos
ante nosotros una trama jurídica de efectos perversos, que rubrica
y consagra una cierta forma de ejercicio del poder en la que todo aquello
que acontece por fuera del Partido único y gobernante es inmediatamente
sospechoso, escasamente merecedor de confianza y susceptible de condena
y punición. El pueblo y su revolución han sido, conceptualmente
y en los hechos, incorporados, cooptados y asfixiados en el Estado,
el Estado se ha fusionado con el Partido y el Partido está sujeto
a un liderazgo unipersonal vitalicio, inmarcesible, capaz de identificarse
con la sabiduría misma y que interpreta a voluntad y sin objeciones
todo cuanto pueda decirse de "revolucionario", legítimo
y provechoso sobre la política y la economía, el trabajo
y el ocio, la familia y la educación, la ciencia y el arte, el
deporte y la sexualidad: he aquí, frente a nuestra incapacidad
de entendimiento, una auténtica teocracia laica que persiste
en arrogarse la construcción del "socialismo" y monopolizar
sus definiciones y sentidos.
Esta trama articulada y cerrada de concepciones
fuertemente estatistas y autoritarias han sido, históricamente,
el sustento teórico-ideológico de la represión
a todos aquellos que intenten oponerse de palabra o de hecho a las directivas
gubernamentales. Los anarquistas cubanos, como corriente claramente
definida de pensamiento y acción, bien lo saben -al igual que
tantos otros-, no han sido ajenos a esos extremos y, prácticamente
desde los comienzos mismos del proceso de cambios, han sido perseguidos,
encarcelados e incluso "ajusticiados" por haber planteado
orientaciones poco gratas a una conducción política que
rápidamente se desembarazó de algunos de los más
caros sueños revolucionarios de la inicial gesta anti-batistiana.
De ello hay abundantes y confiables testimonios; algunos de los cuales
pueden considerarse todavía relativamente próximos, aun
cuando luego se extravíen en la larga noche de los tiempos. Así,
por ejemplo, pese a las enormes dificultades de comunicación
y a una recurrente nebulosa informativa se hizo posible saber que a
principios de los años 80, en medio de algunos conatos de organización
de sindicatos independientes, fue reprimido el llamado Grupo Zapata,
bajo la pueril acusación de "sabotaje industrial".
El saldo de las acciones punitivas del Estado no pudo ser más
lamentable y, de acuerdo a ciertas fuentes, hubo que computar la muerte
por torturas, en el centro de detención de Villa Marista, de
Caridad Parón o el asesinato de Ramón Toledo Lugo y Armando
Hernández o la condena a 30 años de prisión de
los hermanos Carlos, David y Jorge Cardo, de Jesús Varda, de
Israel López Toledo y de Timoteo Toledo Lugo. Un trabajoso flujo
de noticias apenas si podía dar cuenta, en 1989, que todavía
sobrevivía, probablemente en el Combinado del Este, próximo
a La Habana, el militante libertario Ángel Donato Martínez.(21)
A pesar de estas cosas, una y otra vez reafirmadas
y confirmadas, la marmórea e imperturbable elocuencia de Fidel
Castro seguirá repitiendo, como lo hiciera en el acto del último
1º de mayo que "Cuba ocupa ya lugares cimeros en el mundo
muy difíciles de superar en un creciente número de esferas
fundamentales para garantizar la vida y los más esenciales derechos
políticos, civiles, sociales y humanos, a fin de asegurar el
bienestar y el porvenir de nuestro pueblo". No obstante, más
allá de las permanentes prédicas, las incesantes locuacidades
y las invencibles vocaciones propagandísticas, el hecho incontrastable
es que la única respuesta que podemos dar a la primera pregunta
que delimita nuestro asunto es que la clase dirigente cubana -como cualquier
clase dirigente, por otra parte, aunque con derroteros históricos
y particularidades intransferibles de una a otra- no respeta los "derechos
humanos" de su gente ni muestra mayor disposición a confiar
en su libre albedrío, en su voluntad individual y/o colectiva,
en su autonomía y en su capacidad de decidir en cada momento
y como parte de un proyecto histórico instituyente sobre sus
vidas, sus preferencias y sus muertes.
Pero, entonces, si de acuerdo a ciertas pautas
convenidas tácitamente y más o menos comunes no podemos
encontrar allí el respeto y la consideración que habitualmente
exige la izquierda para los "derechos humanos", ¿cuál
es la razón por la que aquello que es inaceptable o insuficiente
en cualquier otra parte del mundo puede ser aceptable y suficiente en
Cuba? ¿cuál es la concepción subyacente y no siempre
explícita que permite sostener indignaciones hemipléjicas
e incoherencias varias? En principio, parece claro que la peripecia
cubana sigue exponiendo a su modo -y no sin algún tipo de razón-
el enfrentamiento mítico entre David y Goliath; entre la entereza
y el coraje de los débiles y la arrogancia y la prepotencia de
los absolutamente fuertes. Más aún: una vez estallara
en mil pedazos el bloque soviético y se extraviara la proyección
histórica de un campo "socialista" política
y económicamente integrado, la imagen que Cuba comenzó
a irradiar, como complemento del embargo norteamericano, fue similar
a la de la heroica y solitaria resistencia de Numancia frente al imperio
romano.(22) Esa innegable situación de desvalimiento unida a
la decisión de continuar su propio camino de construcción
del "socialismo" dotaron a la experiencia cubana -ya en los
años 90 del siglo XX- de atractivos redoblados, de admiraciones
y solidaridades abroqueladas y poco dispuestas a una aproximación
crítica con respecto a algunos derroteros que, si bien no eran
enteramente nuevos, encontraban ahora una justificación adicional.
Entonces, dadas ciertas manifestaciones -tanto de corrientes políticas
opositoras o resistentes y más o menos organizadas como de cubanos
comunes y silvestres sin otras necesidades que los simples gestos de
"indisciplina"-, la represión subsiguiente, inmediata
o más largamente pensada, siguió ubicándose en
un cuadro compuesto por tres tipos de explicaciones alternativas o complementarias.
En primer lugar, la represión se justificaría porque -aún
asignándoles escasa gravitación y tratándolos como
un mero producto ficcional de la propaganda enemiga- los objetivos de
la misma no son más que "enfermos sociales" sin capacidad
para integrarse armónicamente con las formas establecidas de
ejercicio del poder o minorías necesitadas de un intenso proceso
de "re-educación". Se sostiene, también, que
la represión estaría justificada por cuanto se aplica
sólo contra elementos decididamente "contrarrevolucionarios",
"gusanos", "servidores del imperialismo" y otros
facinerosos de idéntica calaña. Por último, la
represión se justificaría también -y he aquí
la formulación políticamente más sofisticada- como
una práctica provisoria y preventiva del Estado sobre la cual
no es sostenible ningún pronunciamiento externo y de pretensión
superior que violente el principio absolutamente innegociable de la
"autodeterminación de los pueblos": así, la
represión se conocerá y será nominada como represión
en cualquier lugar del planeta, mientras que en Cuba tendrá el
privilegio de transformarse en el legítimo ejercicio de la soberanía.(23)
Sin embargo, cada uno de estos supuestos difícilmente
se sostendría por sí mismo de no ser por la recurrente
invocación a las agresiones norteamericanas; ubicuas, omnipresentes,
causa primera y realidad última, según las explicaciones
oficiales, de todas las desgracias. Sin embargo, sostener aquí
-como lo haremos- que dicha explicación es, en su cansadora monotonía,
absolutamente insuficiente, no quiere decir que los Estados Unidos no
hayan ofrecido en el correr del tiempo sobradas razones para el mantenimiento
de tal discurso. Los Estados Unidos vuelven, perseverantemente, a enrostrarle
a América y al mundo su inacabable batería de crueldades
y de guarangadas, tal como lo hicieran recientemente al acusar a Cuba
de la fabricación de armas biológicas, a modo de antesala
de eventuales represalias directamente militares en el marco de su campaña
universal de lucha contra el "terrorismo". La propia persistencia
del embargo económico norteamericano -abonado y engordado en
los últimos tiempos por las leyes Helms-Burton y Torriccelli-
no puede explicarse más que como el efecto combinado de una saña
de proyecciones absolutistas en lo que hace al "nuevo orden mundial"
y de la necesidad de congraciarse con el "radicalismo" político
de los exiliados cubanos; los que, hace ya bastante tiempo, reportan
importantes réditos electorales y a los que George Bush junior
debe agradecer nada menos que su acceso a la presidencia de los Estados
Unidos que, como es notorio, se resolvió precisamente en la Florida.
El cuadro de interminable y torpe intolerancia
diplomática que han dibujado los Estados Unidos -con sus correspondientes
e indigeribles materializaciones- ha permitido que la conducción
política cubana pudiera presentarse frente a su pueblo y al orbe
todo como la dirección militar de un país en guerra. Así,
Cuba resulta ser una sociedad en estado de alerta, inflamada por el
patriotismo y fuertemente movilizada toda vez que resuenan los clarines
de la agresión externa. De tal modo, la diversidad, la disidencia
y la disonancia que la dinámica innegablemente interna de la
sociedad cubana produce -a partir de sus propias y específicas
relaciones de poder- son decodificadas y resignificadas en el contexto
de beligerancias previamente trazado, alineadas involuntariamente junto
a las fuerzas del enemigo y combatidas como si realmente se tratara
de una división regular del Pentágono. Cuba está,
entonces, en guerra y si, además, esa guerra es librada por David
contra Goliath o por Numancia contra el imperio romano nunca habrán
de faltar simpatías que inmediatamente estén dispuestas
a justificar el conjunto y la parte en aras de la unidad nacional que
haga posible la resistencia y la victoria. La guerra es, por ende, la
excusa mayor y el trasfondo de unificación y uniformización
societal necesarias que todo lo justifica; incluso si se percibe y se
acepta que la misma ha tenido fases perfectamente diferenciadas. La
guerra actual no es aquella que comenzara con el asalto al cuartel Moncada
ni exactamente la misma que pudo visualizarse cruentamente en Bahía
de Cochinos o la que ostentara su virtual aureola atómica cuando
la crisis de los misiles en 1962, ni es idéntica a la que se
libró en los tiempos en que se creía posible "crear
dos, tres, muchos Vietnams", ni es tampoco la que llevó
a miles de soldados cubanos a los campos de batalla africanos. Sin embargo,
sea como sea, para la conducción política cubana es absolutamente
vital trazar un arco de continuidades y acoger bajo el manto de una
misma epopeya todo lo acontecido desde el asalto al cuartel Moncada
hasta nuestros días: la guerra es contra el imperio, "patria
o muerte" y "venceremos".(24)
No obstante, cabe recordar ahora que no a toda
nación perseguida y en guerra la izquierda estará dispuesta
a justificarle cualquier cosa ni a suscribir de inmediato sus acrobáticas
explicaciones. A la hora de juzgar, por ejemplo, las recientes acciones
bélicas del Estado de Israel nadie en la izquierda vacilará
demasiado en calificarlas como crímenes de guerra y es harto
dudoso que alguien pueda considerarlas como dispositivos "defensivos"
que se justificarían en la incalificable barbarie nazi sobre
el pueblo judío.(25) Para cualquier analista u observador en
sus cabales y animado por elementales sentimientos de respeto hacia
las personas, la guerra desatada por los Estados Unidos contra Afganistán
no justificaba bajo ningún aspecto concebible que las mujeres
afganas no pudieran, bajo el gobierno de los talibanes, cursar estudios
superiores o se vieran drásticamente limitadas en su posibilidad
de abocarse a vulgares paseos callejeros. No: las guerras ni explican
ni justifican solamente por si mismas aquellos exabruptos o excesos
que en cualesquiera otras circunstancias serían tenidos como
violaciones a los "derechos humanos"; de la misma manera que
no constituyen, tampoco, una secuencia lineal de causalidades capaz
de abarcar también los procesos internos que poca relación
guardan con las cadenas de potencialidades que aquéllas liberan.
Porque, en definitiva, no debería haber demasiado lugar a vacilaciones
para concluir que la disidencia o la resistencia cubana no es meramente
un reflejo de "enfermedad social" alguna ni se agota en las
conspiraciones "imperialistas" ni se resuelve en el marco
de prestidigitaciones retóricas de la mentada "autodeterminación
de los pueblos". Entre otras cosas, porque las "enfermedades"
y las "conspiraciones" no constituyen más que una explicación
pueril y simplista -una burda reducción de la realidad social
al formato de la guerra- y, además, porque la propia autodeterminación
de los pueblos no puede ser confundida, bajo ningún aspecto,
con la autodeterminación de los gobiernos; salvo bajo aquella
intrigante operación intelectual en la que unos y otros son escandalosamente
identificados y tomados como si se tratara de un mismo actor. En definitiva,
es el propio andamiaje hegemónico de auto-referencias discursivas
el que permite que una minoría dirigente se reserve, por sí
y ante sí, las prerrogativas de realizar diagnósticos
médicos y militares, al tiempo que dice expresar y administrar
cuanto pueda haber de sano en el pasado, el presente y el futuro de
un pueblo al que se le ha secuestrado su capacidad de autodeterminación
real.
No hay violación alguna a la "autodeterminación
de los pueblos" si se acepta que delegaciones de otros pueblos
visiten Cuba, se pronuncien sobre Cuba y, eventualmente, también
puedan hacer llegar su solidaridad -de la forma que sea necesaria y
posible- a los diferentes sectores de la oposición o de la resistencia.
En definitiva, no puede dejar de llamar la atención que haya
un antagonismo tan cerril a una visita inspectiva de la ONU cuando a
ninguno de los protestones de turno se le ocurrió colgar sus
alaridos del cielo en ocasión de los viajes expedicionarios realizados
por personajes de dudosísima imparcialidad como Juan Pablo II
y James Carter. ¿No será que la "autodeterminación
de los pueblos" sólo parece invocarse en toda aquella ocasión
en que el gobierno cubano no haya hecho las correspondientes invitaciones
o admisiones oficiales? ¿Es que en Cuba sólo el gobierno
y no el pueblo tiene la facultad de abrir las puertas cuando se le ocurre
o de cerrarlas a cal y canto si así lo desea? Y, por supuesto,
desde nuestro punto de vista y tal como lo hemos dicho desde un principio,
no se trata de defender la facultad inspectiva de la ONU, cuyas orientaciones
están permanentemente sujetas, en primer lugar, a sus diagramas
internos de poder y, acto seguido, a consideraciones coyunturales sin
posibilidad de maquillaje. De lo que sí se trata, en cambio,
es de defender la facultad de "injerencia" de las organizaciones
populares de base de cualquier lugar del mundo o de organismos probadamente
independientes en todo cuanto tenga que ver con la formación
de condiciones para una práctica autónoma de sus homónimas
cubanas. Y se trata de que sea así por cuanto ello también
ha sido así en infinidad de otras ocasiones y porque la experiencia
ha permitido aquilatar que tales "injerencias" han tenido
muy saludables efectos toda vez que han sido necesarias y posibles.
Una vez más, para nosotros sólo se trata de ser coherentes
y de aceptar que en Cuba tengan lugar las mismas cosas que se han saludado
y aplaudido con efusión en otras partes y no replicar aquellas
infaustas clausuras mentales al estilo del genocida Jorge Rafael Videla
cuando respondió -frente a intentos investigativos externos a
su criminal dictadura- que los argentinos no necesitaban aval alguno
puesto que eran probadamente "derechos" y "humanos".(26)
Sin embargo, seguimos encontrando que la izquierda uruguaya -y buena
parte también de la latinoamericana- salva olímpicamente
todos esos escollos y continúa defendiendo a capa y espada las
orientaciones del Partido Comunista cubano. No obstante ello, desde
nuestro punto de vista, ¿es posible sostener indefinidamente
que sólo son atendibles, creíbles y confiables las explicaciones
dadas por la conducción cubana suprimiendo así toda posibilidad
de construir un módico código común y de librar
un debate racional en torno a cualquier punto concebible, reduciendo
así los gestos políticos sucesivos a triviales actos de
fe?
Llegados a este punto, cabe hacer un repaso de
las conclusiones que hemos ido extrayendo. Desde nuestro punto de vista,
ha quedado dicho y probado que la clase dirigente cubana no respeta
los "derechos humanos" de su gente en los términos
convencionales en que tales cosas son entendidas por la izquierda en
cualquier otro lugar del mundo. Hemos visto, también, que el
trasfondo de justificaciones se reduce a una situación de guerra
entre el inconmensurablemente fuerte y el infinitamente débil,
con toda la carga de emocionalidades y apasionamientos que ese trazado
convoca en forma prácticamente instantánea. Pero, hemos
concluído además que la disidencia cubana responde en
última instancia no al escueto y dicotómico trazado de
la guerra sino a razones inconfundiblemente endógenas y bastante
más complejas de lo que se está dispuesto a reconocer;
algunas de las cuales sólo guardan una relación tenue
o inexistente con las acciones de los Estados Unidos. Al mismo tiempo,
aun cuando se aceptara textualmente el formato que la dirigencia cubana
quiere para su guerra, tampoco esa situación hipotética
permitiría extender un salvoconducto de eternas impunidad y autarquía
que impidiera una observación crítica y a fondo. Por último,
asumiendo a título expreso que la izquierda ha resuelto convivir
con un margen amplio y cierto de incoherencia y que a la dirección
del Partido Comunista cubano se le extiende un cheque en blanco y se
la saluda por aquello mismo que en cualquier otro caso merecería
una enérgica condena, seguimos sin encontrar una respuesta que
nos resulte enteramente satisfactoria sobre las razones de tal actitud
política. Una vez más, nos preguntamos: ¿por qué?
¿por las glorias del pasado -el romanticismo de la Sierra Maestra
y la mística de los barbados combatientes o el heroísmo
de los milicianos que enfrentaron la invasión de Playa Girón-
y/o por encarnar el destino de la historia?
Esta última, precisamente, parece ser la
respuesta y la explicación que hemos estado buscando: el elemento
articulador subyacente de todas las justificaciones que la izquierda
uruguaya y latinoamericana está dispuesta a ofrendar a la conducción
política cubana es una cierta concepción del cambio social
y de los procesos revolucionarios en los países dependientes
-con sus correspondientes y predeterminadas fases "transicionales"-
que fuera paradigmática durante los años 60 y 70, comenzara
a desdibujarse en la década de los 80 y acabara por ubicarse,
en términos relativos y en su forma concreta, fuera del escenario
histórico real luego de la espectacular y repentina implosión
del bloque soviético. Según esa concepción, en
su versión marxista original, el socialismo se actualiza como
posibilidad histórica real a partir de una fase de contradicción
entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción
que hasta ese momento las han encauzado. Pero, contrariamente a lo que
Marx y Engels habían supuesto, las contracciones del parto no
habrían de plantearse primeramente en los países capitalistas
más avanzados sino que, de acuerdo a las correcciones y aportes
de Lenin, ello habría de darse en "los eslabones más
débiles de la cadena imperialista"; una convicción
que, en los años 50 en forma embrionaria y en los años
60 de manera contundente, pasó a identificarse territorialmente
con los procesos de descolonización o de liberación nacional
que se planteaban con fuerza extraordinaria y considerable extensión
en Africa, Asia y América Latina. Las revoluciones sobrevinientes,
entonces, tendrían un formato preconcebido con una etapa inicial
de "realizaciones democráticas avanzadas" -acordes
con el desarrollo de las fuerzas productivas y con la necesaria confluencia
de las burguesías nacionales o incluso de mesianismos militares
"progresistas"-, para abrir luego, como en el caso cubano,
un rápido tránsito a la construcción del "socialismo".
La historia no tenía, entonces, reversibilidades ni misterios
y el único enigma que debían resolver la estrategia y
la práctica política era la formación de los frentes
nacionales de liberación, reduciéndose así las
soluciones standards a una dialéctica de acumulación de
fuerzas en torno y en contra del "enemigo principal". Todo
aquel que se enfrentara al imperialismo era, por lo tanto, un aliado
real o potencial y un inconfundible compañero de ruta en la edificación
de un mundo nuevo que, inexorablemente, habría de llegar.
Esa concepción mecanicista y evolucionista
de la historia -excusa teórica mayor para una nueva variante
de imposición del viejo adagio maquiavelista de que el fin justifica
los medios- conduce al absurdo de que la principal regla de evaluación
no consiste en determinar las "bondades" de los amigos sino
las "maldades" de los enemigos:(27) basta con aislar y derrotar
a quien en cada coyuntura se presente como el "enemigo principal"
para que las leyes intrínsecas a los procesos de cambio favorezcan
como por casualidad y descuido la llegada redentora y milenarista del
socialismo. Mientras se esté enfrentando a quien en cada etapa
haga las veces de "enemigo principal", el trabajo concienzudo
y directo en pos de los objetivos fundamentales -de cuño claramente
socialista y libertarizante- puede tranquilamente postergarse para las
calendas griegas. Esa concepción, por supuesto, fue bajo su forma
anti-imperialista la infraestructura teórico-política
sobre la que se cimentó una multitud de derrotas y retrocesos
de los movimientos populares a lo largo y a lo ancho del mundo entero
durante los años 60 y 70 hasta el momento de su crisis letárgica
en la década de los 80. Sin embargo, es la misma concepción
que vuelve a manifestarse de manera refractaria y reluctante toda vez
que se suscita alguna emergencia o algún "ataque" a
propósito del proceso cubano. Y ello es así por cuanto
Cuba, cual Numancia rediviva, es todavía el recuerdo vivo y palpitante
de aquellas gestas sobre las cuales se apoyó el enfrentamiento
anti-imperialista de los años 60 y la promesa sobreviviente de
la construcción "socialista". Sin embargo, esas convicciones
y sus correspondientes actitudes políticas no suponen más
que la restauración retardada y ahistórica de una práctica
que ha conducido una y otra vez al fracaso y que ha dejado librado al
azar -o, lo que es lo mismo, a la entelequia de una vaporosa "legalidad"
histórica- el problema capital de la construcción socialista.(28)
Digámoslo ahora, entonces, en forma absolutamente rotunda: la
construcción socialista se vuelve una quimera irrealizable si
la misma está permanentemente supeditada a esquemas deterministas
de evolución histórica que todo lo cifran, etapa tras
etapa, en la acumulación de fuerzas al estilo leninista en torno
al "enemigo principal". Persistir en ello no es hoy más
que un sarpullido de nostalgia, necesitado del anti-imperialismo a la
antigua usanza como instancia superior de legitimación pero también
de cierta inimputabilidad gratuitamente adquirida. Entonces, si la clave
de todo el asunto consiste en discernir si efectivamente se está
construyendo el socialismo en Cuba, ha llegado el momento de tomar ese
esquivo toro por sus correspondientes guampas.
2.- Friedrich Engels decía, en una de sus habituales polémicas
teórico-ideológicas con sus compañeros alemanes,
que no había que confundir el socialismo con la nacionalización
de las cloacas, y ahora nosotros debemos comenzar sosteniendo que tampoco
debería confundirse con la tasa de escolaridad o la cantidad
de camas hospitalarias por habitante: el socialismo, si es que todavía
habrá de seguir pareciéndose a la utopía y constituyendo
un objeto de deseos y de sueños no puede ser intuído de
otra forma que como una nueva relación de convivencia; igualitaria
y solidaria, naturalmente, pero en la que, también y sobre todo,
se interrumpen, se esfuman o se descuartizan expresamente todas las
formas de explotación y dominación y que, por ello y para
ello, es capaz de brindar el marco orgánico en el que realizar
cabalmente la confirmación o la búsqueda cotidianas de
la más intensa y extensa libertad históricamente posible
y concebible. Decir que el socialismo debe verificarse, por sobre todas
las cosas, como una relación de convivencia inédita implica
desembarazarlo ya mismo de su hipotética dependencia del desarrollo
de las fuerzas productivas y también de esa concepción
que supone que los sacrificios del presente -habitualmente los ajenos
y muy raramente los propios- están justificados si los mismos
son el reclamo de una vanguardia política que, por sí
y ante sí, dice encarnar el sentido de la historia. El socialismo
es, entonces, también una construcción colectiva conciente,
capaz de instituir un tiempo histórico diferente a partir de
los compromisos y las convicciones autónomas de las multitudes,
de las organizaciones variables y cambiantes en que éstas se
articulan y de los individuos que las componen, les dan vida y las alientan.
Además, en tanto construcción colectiva conciente, esas
relaciones libertarias que están en la base de cualquier socialismo
realmente concebible no pueden ser un corolario remoto sino una premisa
en tiempo presente, una condición que no puede subordinarse a
las supuestas exigencias de un período al que convencional y
tramposamente se le ha llamado de "transición" pero
que, en los hechos y en la experiencia, se ha consumado siempre como
el espacio histórico de conformación de nuevos esquemas
de dominación que han tendido a adquirir un carácter más
vitalicio que pasajero. El socialismo no es, por lo tanto, el promisorio
resultado a largo plazo de gobiernos de intencionalidad y proclamas
socialistas que, excusados en la administración supuestamente
temporaria de las reglas de juego que harían posible esa nueva
convivencialidad libertaria, acaban realmente construyendo los horizontes
concretos, la agenda, las etapas y los ritmos según su propia
lógica, su propio albedrío y su propia dinámica
interna; y haciendo, en definitiva, que sus confesos y declarados objetivos
iniciales se vuelvan perpetuamente imposibles en ese marco.
Entonces; si, a nuestro modo de ver, el socialismo
no puede ser intuído ni diseñado de otra manera que como
la construcción colectiva conciente -en el aquí y el ahora
y no en tiempos o lugares impredecibles e inubicables- de relaciones
de convivencia libertarias, igualitarias y solidarias en las que se
evaporan y desaparecen todas las formas de explotación y dominación
-las propias del "ancien régime" y también las
que se postulen como "transitoriamente" sustitutivas-; Cuba
¿es socialista? De acuerdo a nuestras definiciones, la respuesta
automática y refleja seguramente podría adoptar sin mayores
vacilaciones alguna de las formas variables de la negación; no
obstante lo cual creemos que es especialmente oportuno analizar el asunto
un poco más detenidamente y reparar en los distintos elementos
que componen el campo de fundamentaciones.
El tema de la conciencia socialista, en particular,
reclama con fuerza nuestra atención inmediata. Ello es así
por cuanto a ese nivel quedó situado desde un principio el rasgo
distintivo primordial del "socialismo a la cubana" y porque,
además, todavía hoy continúa sorprendiendo el caudal
de adhesión movilizativa -aparente, al menos-(29) que la clase
dirigente habrá de computar entre sus logros o entre sus refractarias
permanencias. En líneas generales, puede decirse que la intensidad
y la densidad que adquirió la exaltación de la conciencia
socialista en los primeros tramos de la revolución cubana está
más o menos asociada a la obra de Ernesto "Che" Guevara
y que bien podrían puntuarse sus diferentes líneas evolutivas
en torno a temas como el de la formación del hombre nuevo, el
predominio de los estímulos morales sobre los materiales y la
independencia relativa de los criterios de distribución e intercambio
con respecto al desarrollo de las fuerzas productivas.(30) No obstante,
esa preocupación por el fortalecimiento de una conciencia socialista
entre el pueblo cubano quedó rápidamente oscurecida y
mediatizada por el cariz político que el proceso fue adquiriendo
paulatina pero persistentemente. Por lo pronto, no parece ser la misma
una conciencia socialista que se desarrolla en forma autónoma
entre la gente y sus organizaciones diversas, plurales e independientes
de toda injerencia estatal que aquella que florece como acompañamiento
y en el contexto de una centralización política progresiva.
Si la primera es capaz de manifestarse a través de productos
múltiples y disonantes de las directivas del poder, la segunda
se encuentra acotada y casi obligada a hacerlo como abnegación,
empeño y hasta solidaridad pero también trasvistiéndose
rápidamente en disciplina, en obediencia y en lealtad. Los contenidos
de la conciencia son suministrados por el poder central y la utopía
del hombre nuevo agota sus buenos augurios en uno más de los
tantos modelos sacrificiales de comportamiento conocidos o por conocer.
Y tal cosa no es -como puede tender a creerse- una desviación
post-guevariana sino que el propio Guevara, en sus análisis económicos,
tendía a concebir la primacía de la conciencia como una
consecuencia de la planificación centralizada.(31) Únase
a este tipo de consideraciones la rápida secuencia de formación
de una estructura política en régimen de exclusividad
y prontamente nos encontraremos con ese indeseable dibujo en el que
la conciencia ya no es la síntesis voluntaria, imperfecta, provisoria
y revisable de infinitos puntos de elaboración, debate y aun
conflicto sino el reflejo, punto por punto, de las decisiones y directivas
del partido único.
Si la primera forma que adopta la conciencia es
capaz de renovarse a sí misma en el propio flujo de su problemática
y de su historicidad radical, su expresión segunda y bastarda
sólo puede entumecerse y fosilizarse en el correr del tiempo.
Parece cierto, sin embargo, que la dirección cubana ha conseguido
mantener -hacia dentro tanto como hacia fuera- una presentación
de multitudes movilizadas en gesto de respaldo a su conducción
política. No obstante ello, es notorio también que nada
de eso parece espontáneo y que sólo expresa la profunda
inserción por capilaridad de los organismos estatales y su capacidad
-sin duda, de carácter coactivo- para organizar las grandes concentraciones
públicas a que la dirección cubana nos tiene acostumbrados.
En ellas podrá apreciarse todavía la lógica de
un país en guerra y susceptible aún de justas crispaciones
frente al "enemigo principal" y de sus concomitantes manifestaciones
de sentimiento nacional. Pero estos episodios esporádicos no
pueden ocultar un hecho bastante más permanente: la conciencia
social ha continuado un proceso de escisiones que no comenzó
precisamente ayer y persevera en la producción de expresiones
de rechazo, de duda o de apatía. La conciencia social real, la
que bullía en el marco del proceso revolucionario cubano en sus
orígenes, fue plural desde un primer momento y como tal se manifestó
a lo largo de los años 60 en los planos político, económico,
sindical, cultural y hasta militar. Esa diversidad, sofocada y ahogada
tramo por tramo, severamente reprimida y conducida hacia el silencio,
la cárcel o el exilio, concluyó por opacarse y disolverse
detrás de los acordes monocromáticos del Partido Comunista
y del incuestionable liderazgo personal de Fidel Castro; un proceso
ciertamente dramático y en el que la revolución cubana
acabó hipotecando por un buen tiempo las latencias de un recorrido
alternativo efectivamente socialista y libertario que alguna vez incubó
en el seno de las generaciones directamente anti-batistianas. Pero,
a pesar de la meticulosa extirpación de todo vestigio opositor
o simplemente disonante, lo que la política de la conducción
cubana acabó generando fue el extendido descreimiento de las
generaciones post-revolucionarias que, cada vez más alejadas
de la inicial exaltación de ánimo, sólo pudieron
conocer esa paz social autoritaria y anodina propia de un Estado policial
y, para colmo, sin que éste fuera capaz de resolver sus objetivos
expresos de alcanzar un desarrollo económico auto-sustentable.
El tiempo histórico, entonces, muy a pesar de los controles estatales,
terminó produciendo una sociedad fragmentada en la cual -según
algunas de las evidencias disponibles- se ha elaborado una conciencia
que, en sus vertientes definidamente opositoras, oscila entre la bronca
y el miedo pero que también, en espacios más amplios,
seguramente se mueve entre la indiferencia y la espera.
El proceso de segregación de la conciencia
social se despliega más allá de las imágenes de
uniformidad que la dirección política cubana persiste
en querer brindar, cuenta con referentes sub-culturales bastante obvios
y también -como marca mayor de heterodoxias y herejías
teóricas- con raíces clasistas que sólo una inigualable
terquedad se niega a reconocer.(32) Esquemáticamente, puede decirse
que las clases sociales se constituyen a partir de agregados institucionales
y afinidades estructurales entre ciertos papeles prefijados y articulados
en una determinada relación de dominación y se distinguen,
entre otras cosas, por una concreta y normalmente asimétrica
distribución de posibilidades y privilegios. En lo que a nosotros
nos interesa directamente en este momento, las relaciones de dominación
básicas que ahora se hace preciso destacar son aquellas que se
entablan alrededor del ejercicio del poder político; un poder
político que rápidamente inicia su fase de concentración
y, progresivamente, también su superposición y su identificación
plena con esa trama de organicidad partidaria que primero se conocerá
como Organizaciones Revolucionarias Integradas, luego como Partido Unificado
de la Revolución Socialista y, finalmente, como Partido Comunista.
Ese nivel es el que, desde un comienzo, se imbrica y se confunde con
los ocupantes y transeúntes de los impenetrables laberintos de
la organización estatal y, muy particularmente, de sus instancias
de planificación económica y de sus fuerzas armadas. Es
en ese nivel de fusiones entre el Estado y el Partido único donde
comienzan a producirse absurdas prohibiciones "moralizantes"
o "purificadoras" -como la interdicción de escuchar
jazz, la de vestir pantalones ceñidos y la de usar el pelo largo,
por ejemplo- y a disfrutarse de posibilidades difícil o nulamente
disponibles para el pueblo llano; entre las cuales habrá que
destacar el acceso amplio a las informaciones internacionales y a tarjetas
de racionamiento más generosas que las comunes o la ridícula
prerrogativa de usar barba, que en ciertos momentos sólo estuvo
reservada a los veteranos combatientes de la Sierra Maestra pero en
modo alguno a jóvenes que quizás desnudarían así
sus apresuradas pretensiones de ostentar un símbolo de status
"revolucionario".(33) Más directamente cuantificables
fueron las diferencias establecidas entre las remuneraciones de quienes
ocuparon inmediatamente cargos de gobierno y, por ejemplo, las de los
"comandantes rebeldes"; para no mencionar aquellas bastante
más pronunciadas que existían respecto a los obreros de
las industrias nacionalizadas o a los campesinos ocupados en los establecimientos
rurales del Estado.(34)
La sedimentación y la institucionalización
a lo largo del tiempo de esos privilegios "transitoriamente"
acumulados -a los que se accede a través de la ocupación
de cargos estatales y nada menos que en un marco que oficialmente rechazaba
la implantación de estímulos materiales- constituyen los
rasgos fenoménicos a través de los cuales pasa a expresarse
y a distinguirse una clase dominante; primero en su proceso de formación
y, posteriormente, en su adquirido estado de irremisible permanencia.
Pero es absolutamente preciso transitar algunos pasos más allá,
realizar las distinciones correspondientes y reconocer en el ejercicio
del poder político, en los caminos de acceso al mismo y en las
formas cambiantes pero siempre irrefutables de su legitimación
los elementos explicativos básicos de la nueva configuración
societal clasista.(35) En tal sentido, parece importante en términos
impresionistas y empíricos -e incluso ofensivo para cierto contexto
de privaciones generalizadas e invocaciones al sacrificio- que las jerarquías
del Estado viajaran en autos Alfa Romeo o pudieran disfrutar de vinos
franceses y bombones suizos;(36) no obstante lo cual, lo decisivo, lo
que sí habrá que considerar como definitorio es que tales
cosas no hicieran más que traducir materialmente un cuadro institucionalizado
de distribución asimétrica de posibilidades y de atribuciones.
En otras palabras: la ostentación, el sibaritismo y la gula no
forman por sí mismos una relación de clase, pero sí
habrá que pensar seriamente en su formación cuando tales
cosas se plantean dentro de un esquema permanente de contingencias y
de derechos diferenciales. Ese esquema básico no se ha formado
en torno a la propiedad jurídica de los medios de producción
sino, como ya se ha insinuado, en el tejido de imbricaciones entre el
Estado y el Partido único. Y esto es así por cuanto la
estratificación de clases reproduce a su modo y en su nivel la
estructura jerárquica del Estado, y los desempeños y el
destino que se pueda tener en ella están virtualmente identificados
con las carreras dentro del Partido; con las decisiones, las orientaciones
y las directivas de éste.
Veamos algún caso que nos permita ilustrar
los mecanismos que entran en juego. Así, encontraremos que las
cooperativas formadas en el proceso de reforma agraria, desde 1960 en
adelante, nunca a llegaron a ser tales en sentido estricto y que, en
realidad, funcionaron como granjas del Estado en las cuales los consejos
de empresa elegidos no suponían contrapeso alguno para la gerencia
real designada por el INRA (Instituto Nacional de la Reforma Agraria)
y sobre la cual recaían los procesos efectivos de toma de decisiones.(37)
De tal modo, las directivas de la conducción política
quedaron permanentemente sobreimpresas a los procesos concretos de trabajo,
restándoles toda autonomía, sustituyendo y subordinando
cualquier lógica espontáneamente emergente de ellos y
ejerciendo sobre los mismos una relación que no cabe calificar
de otro modo que como dominante.(38) Una vez más, habrá
que recurrir a la proverbial sinceridad del "Che" Guevara
y recordar sus palabras: "El grupo de vanguardia está más
avanzado ideológicamente que la masa. Los primeros se sacrifican
en su función, los segundos son menos concientes y se deben someter
a presiones...la dictadura del proletariado se ejerce no sólo
sobre la clase vencida sino también, de manera individual, sobre
la clase victoriosa".(39) Es precisamente sobre la base de esta
lógica que pasa a constituirse un grupo social al que, a priori,
se le asignan prerrogativas decisorias; un grupo que se auto-legitima
a sí mismo, se consolida y se clausura a medida que se asciende
en los sucesivos niveles de los organismos de planificación económica,
desde las unidades productivas básicas hasta las instancias centrales
de decisión nacional.
Pero, en el caso cubano, este rasgo común
a los "socialismos" burocráticos y estatistas se especifica
nítidamente a partir de su impronta militar y de la presencia
recurrente de las fuerzas armadas en las responsabilidades más
diversas: variables, algunas de ellas, a lo largo del tiempo; pero permanentes
también en cuanto tenga que ver con la movilización productiva
y la disciplina del trabajo. Inmediatamente más adelante, y en
relación con el proceso histórico en tanto tal, consideraremos
necesario extendernos mínimamente sobre este punto en particular
y ahora nos conformaremos con el simple hecho de afirmar que la dinámica
de clases de la sociedad cubana ha estado históricamente asociada
en forma rigurosa con la estructura jerárquica del Estado; que
ello ha sedimentado y estratificado internamente una clase dominante
y privilegiada cuyos vectores fundamentales de constitución se
desplazan en sentido ascendente en la trama tecno-burocrática
de los organismos de planificación económica y de las
fuerzas armadas. Complementariamente, dicha clase se redondea a sí
misma a consecuencia de las carreras partidarias propiamente tales;
un componente de necesaria distinción por cuanto, aun cuando
también habilita prolongadas permanencias en su seno para los
militantes más encumbrados, está mucho más librado
al juego de los "talentos" y las "virtudes" y a
los cambios de rumbo característicos del escenario político.
En términos generales, la conclusión que se impone es
conocida por los anarquistas desde los lejanos tiempos de la 1ª.
Internacional: el ejercicio del poder no es una mera formalidad ni un
simple reflejo de la estructura económica sino un nodo de derivaciones
"strictu sensu" y él mismo formador de clases sociales;
encargadas, ahora a través del Estado y del Partido, de garantizar
la estabilidad y el orden jerárquico de la sociedad y también
de las funciones de apropiación y distribución de los
excedentes "socialistas".
Ahora bien: alguien hubiera podido suponer que,
durante el lapso en que Cuba se mantuvo dentro del área de influencia
soviética y recibió por ello suculentos subsidios, hubo
impedimentos de esa procedencia que postergaron la inmediata puesta
en práctica de las virtualidades libertarias embrionariamente
resguardadas. Si así hubiera sido, podría suponerse también
que la implosión del bloque soviético habría permitido
a Cuba despojarse de muchos de sus lastres burocráticos y emprender
un camino de transformaciones más abierto a la participación
popular y más vinculado a la toma de decisiones reales -en los
aspectos más gravitantes y no en aquellos de porte casi doméstico-
por parte de las organizaciones básicas de los trabajadores.
Sin embargo, no fue eso lo que ocurrió sino que la inflexión
adoptada con la aprobación de la reforma constitucional de 1992
sí supuso la legitimación plena de un proceso de reconversión
capitalista llamado a estimular el incremento de la inversión
extranjera. Veamos lo que nos dice un testigo de primera línea:
"La amplia reforma constitucional de 1992 se adelantó a
la necesidad de cambios estructurales impuesta por la crisis y por la
búsqueda de reinserción de la economía de Cuba
en el mundo actual. Después se establecieron instrumentos como
los ajustes del aparato del Estado; la descentralización del
comercio exterior; mayores atribuciones a las empresas; legalización
del uso del dólar por la ciudadanía, del trabajo por cuenta
propia y de mercados de oferta privada con precios no regulados; masiva
cooperativización de granjas agrícolas estatales; nuevos
mecanismos como los aranceles a importaciones de empresas mixtas y nacionales;
implantación de un sistema tributario (que excluye a los salarios);
ley de inversiones extranjeras; transformación de la banca; el
plan de reformas llamado Bases Generales del Perfeccionamiento Empresarial,
entre otros."(40)
El propio GRANMA, en su introducción a la
publicación de la Constitución cubana, sostiene que las
reformas, "de acuerdo con los intereses del país, flexibilizan
el carácter de la propiedad sobre los medios de producción
o la dirección y el control del comercio exterior" orientándolas
"a dar garantías a la inversión extranjera y a la
operación de empresas mixtas, sociedades y asociaciones".(41)
El sentido de las reformas, por lo tanto, no respondió
a un cambio profundo de percepciones y perspectivas sino a la necesidad
imperiosa de otorgar un respiro a las exhaustas arcas del Estado -las
exhaustas arcas de la clase dominante, por lo tanto-; ya sea directamente
-por venta de activos, por tributos, por aranceles, etc.- o bien indirectamente
-a través de la reanimación de un mercado interno que
ahora podría disponer de las abundantes remesas familiares de
divisas procedentes de las numerosas colonias cubanas en el exterior
y muy especialmente en los Estados Unidos.(42) Además, bien puede
decirse que el sentido de los cambios tampoco provocaría excesivos
disgustos a un economista ortodoxo y que sus consecuencias, en los términos
clasistas en que veníamos expresándonos, implican, por
un lado, la formación de una raquítica pequeña
burguesía autóctona(43) y, por el otro, la creciente injerencia
en la vida del país de algunos segmentos reconocibles de la burguesía
transnacional.
A todo esto ya nos es posible responder contundentemente
a nuestro interrogante original respecto al carácter del régimen
cubano y sostener que el signo de la respuesta no puede menos que ser
negativo: Cuba no es socialista; y no lo es en tanto exhibe un cuadro
de clases que expresa nuevas relaciones de dominación constituidas,
en primer lugar, a partir del ejercicio del poder político, pero
también, en segundo término, renovadas y ampliadas a partir
de las licencias concedidas a los movimientos de capital, incluso extranjero
-licencias no extendidas, naturalmente, a los movimientos de las personas-;
no lo es por cuanto ha desarrollado desde siempre tendencias no precisamente
igualitaristas; y, sobre todo, no lo es ni puede serlo porque la convivencialidad
societal profunda y permanente, tal como se ha generado y desplegado
en sus 43 años largos de existencia "revolucionaria",
no ha conseguido purgarse en ningún momento de su visceral impronta
autoritaria.
Estas afirmaciones pueden considerarse como concluyentes
por sí mismas; sin embargo, desde un principio nos hemos propuesto
también analizar si la configuración social, política
y económica a la que finalmente ha conducido el derrotero de
aquella vieja revolución victoriosa habida en Cuba en los años
50 se explica a partir de causas externas y ajenas al proceso mismo
o si, por el contrario, se hace necesario, y aún imprescindible,
apelar a un cierto campo "interno" de fuerzas ampliamente
condicionantes que, de todos modos -es decir, incluso aislando los efectos
atribuíbles a factores de otra procedencia- hubiera conducido
de una forma o de otra a estados más o menos asimilables con
el actual. Hemos dado a entender que este tipo de consideraciones es
absolutamente fundamental porque allí se constituye un conjunto
de derivaciones políticas de la máxima importancia en
torno a los procesos de cambio en América Latina y, muy particularmente,
porque esto será lo que nos permita ubicar teóricamente
el problema de la llamada "transición" al socialismo.
En otras palabras, lo que ahora intentaremos situar críticamente
son dos aspectos que han acompañado y pautado el proceso revolucionario
cubano desde sus inicios mismos; dos aspectos que son previos a cualquier
insinuación de agresión imperialista, que son anteriores
al momento en que la conducción política cubana se reclina
en el regazo soviético, que anteceden a todas las dificultades
que hubo que atender y a todas las rectificaciones que fue preciso adoptar;
dos aspectos que quizás asomaran por primera vez sus narices
en ocasión del asalto al Cuartel Moncada, que probablemente merecieran
un fortalecimiento cualitativo durante el refugio mexicano, que seguramente
hicieron su travesía marítima en el GRANMA y que, con
toda certeza, se consolidaron como garantía de eficacia y mística
de victoria en la misma Sierra Maestra: el componente militar y el componente
caudillista. Las conclusiones pueden ser anticipadas desde este preciso
instante: no hay "transición" posible al socialismo
y a la libertad si la misma no se conduce decididamente desde un primer
momento de acuerdo a una preceptiva que sea ya propiamente libertaria
y socialista; no hay "transición" medianamente confiable
que trascienda el nivel de las patrañas y las declaraciones de
buena voluntad si se parte por acentuar indolentemente aquellos rasgos
que son definitivamente indeseables en el cuadro de la utopía;
no hay camino o "transición" a la libertad si no es
-parafraseando demoradamente al Bakunin del _Catecismo_- en alas de
esa misma libertad que está en el centro de nuestros anhelos
y nuestros proyectos. Pero ahora corresponde que veamos estas cosas
en concreto y más de cerca.
En el origen más remoto del proceso de centralización
política y burocratización encontraremos, entonces y sin
duda posible, a los referentes militaristas del propio recorrido revolucionario.
Desde los tiempos de la Sierra Maestra en adelante -como guerrilla primero,
como Ejército Rebelde después y como fuerzas armadas altamente
institucionalizadas finalmente- la política revolucionaria cubana
se ha conducido predominantemente según una impronta fuertemente
militarizada, en la cual la apelación a los "comandantes"
encuentra su definitivo punto de sazón. En efecto, las indudables
prerrogativas de que disponen los institutos armados cubanos y sus reiteradas
responsabilidades protagónicas no son casuales ni se plantearon
como una necesidad específica de la construcción socialista
sino que tienen su raíz en esa centralidad de que las ha dotado
el propio proceso de gestación revolucionaria. Hay en el mismo
una simbología y una mística que, conciente o inconcientemente
en un principio y luego a través de las sucesivas redefiniciones
de la guerra, han producido una preeminencia que, a la postre y gracias
a la propia lógica interna de las concepciones y perfiles del
quehacer militar -amateur o profesionalizado- vuelven extraordinariamente
dificultosa, si es que no imposible, una reversión radical. De
tal modo, en Cuba se dieron y se mantuvieron dos secuencias de acontecimientos
perfectamente identificables y conceptualizables: por un lado, la tendencia
a considerar como propias de los institutos armados actividades que
les son completamente ajenas y, por el otro -mediante una cadena de
asociaciones históricas-, la propensión a conferirle legitimidad
a dichas intervenciones a partir de la mística, los sacrificios
y los heroísmos del período guerrillero.(44) Así,
la Cuba de hoy podrá tener su propia e innegable historia posterior,
pero buena parte de sus raíces y de sus condicionamientos se
encuentran en ese crisol y en esa matriz de realizaciones futuras que
fueron la Sierra Maestra y el original diseño guerrillero que
en su momento acogió.
Un conocedor de proximidades de las guerrillas
latinoamericanas que adoptaron el modelo castro-guevarista anota con
especial agudeza algunas de las indeseables consecuencias, en términos
de percepciones y conductas, que se desprenden del mismo:
"En todo caso, interesa en este punto nombrar una veta de la moral
guevariana que, a mi modo de ver, conecta con su visión tutelar
y salvífica de la sociedad. La idea de vanguardia ejemplar y
conductora aparece una y otra vez como garante de la línea correcta,
como instrumento de la educación del pueblo y del propio ejército
libertador. El revolucionario y el partido son apóstoles reformadores
necesarios que, fusionando lo público y lo privado en un nudo
de armonía, deben imponer a toda costa, con inflexibilidad puritana
si hace falta, un proyecto vertical destinado a mejorar la condición
humana en el partido y en la sociedad. La moral convertida en normativa
nos remite entonces a una idea y a una práctica peligrosas: los
filósofos o líderes políticos determinan lo que
conviene en nombre de un finalismo que han capturado y gestionan. Entonces
surge la necesidad de actos ejemplares que empiezan por la unión
en uno mismo entre lo que se dice y lo que se hace; a continuación,
los actos ejemplares para con los demás se administran entre
premios y castigos. Y los castigos pueden llevar al ajusticiamiento
de los que 'no cumplan con su deber'."(45)
La guerrilla se constituye en paradigma y patrón
de medida; y lo hace no sólo en su relación consigo misma
sino que, al desplazar, proyectar y volver imposición normativa
la ética grupal, lo hace también en su relación
con los círculos concéntricos que la rodean: lo que comenzó
siendo un ejemplo de desprendimiento y de arrojo se transforma en un
código espartano y acaba generando un derecho adquirido sobre
los demás; un derecho que habrá de ejercerse tanto en
lo que tenga que ver con la disciplina del trabajo y sus resultados
como en cuanto a las actitudes básicas de sociabilidad y a la
disposición de la vida misma. Y lo que torna estas cosas particularmente
relevantes, perdurables y pasibles de institucionalización, lo
que le otorga su capacidad de transformarse en un centro gravitatorio
puro y duro, es que todo ello ocurre en el marco de la estructura jerárquica
piramidal propia de las organizaciones armadas y con su peculiar distribución
interna de prerrogativas y de privilegios.(46)
Hay aún un elemento más que le confiere
al "socialismo a la cubana" una originalidad con la que no
contaron sus antecedentes de invocación marxista-leninista: esa
combinación de raíces en el caudillismo hispano-árabe
y en el realismo mágico latinoamericano que encuentra su síntesis
perfecta en la figura de Fidel Castro. No se trata, por cierto, de recurrir
aquí a esas versiones novelescas al estilo de Mario Vargas Llosa
que todo pretenden explicarlo a partir de la intrínseca crueldad
de una jefatura capaz de agusanar una manzana fresca y apetitosa a su
influjo exclusivo y excluyente; incluso aunque no haya prácticamente
dudas que pocas veces existe la oportunidad de apreciar un liderazgo
tan fuerte y en tal estado de pureza.(47) Mezcla de Cid Campeador, Robin
Hood y Stenka Razin, alejado ya de los campos de batalla en sentido
estricto y llegada la hora de la rutinización del carisma, Fidel
Castro representa -por mucho que la expresión se mantenga discretamente
en reserva- el caso más prolongado de culto a la personalidad
de que tengan recuerdo los recorridos de construcción "socialista";
a cuya duración Stalin, Mao y Tito apenas si se aproximaron.
Hipnotizador, histrión, profeta, chamán y milagrero al
tiempo que también experto en temas militares, agrónomo
vocacional e ingeniero de rutas y caminos, Fidel Castro ha sido durante
medio siglo el propietario monopólico de la revolución
cubana; y no sólo en cuanto a la atribución de su significación
profunda y sus orientaciones fundamentales sino también en la
definición de asuntos de detalle e instrumentación que
en cualquier otra situación medianamente racional y caracterizada
por la elaboración colectiva habrían sido delegados a
diferentes instancias descentralizadas de decisión y de poder.
"Fidel Castro decidirá la orientación del porvenir",
según espetó confidencialmente y sin demasiados rubores
décadas atrás un funcionario de rango medio pero de encumbrada
posición intelectual.(48) Y, por muy ridículo y antidemocrático
que ello parezca, por más expresivo de una devoción que
de un pensamiento crítico-revolucionario que tal cosa resulte,
lo cierto es que Fidel Castro no sólo ha sido y es el arquitecto
del futuro sino que también practica sin demasiadas limitaciones
ni comedimientos los oficios de maestro mayor de obras y diseñador
de interiores, hasta un grado en que resulta difícil encontrar
situaciones parecidas en cualquier otro proceso de construcción
"socialista" que se nos ponga por delante. En este punto del
análisis, la revolución cubana y su "socialismo"
sólo pueden ser entendidos y calificados como totémicos.
En efecto, ese emblema protector, ese ascendiente
genealógico, ese progenitor mítico que es Fidel Castro
para el pueblo cubano, es también el espacio biográfico
en el que se reúnen y se entrecruzan aspiraciones y deseos virtualmente
arcaicos, identidades y proyectos confirmatorios, referencias históricas
y orígenes colectivos. Es en ese espacio caudillista donde residen
la conciencia del pasado y del futuro; donde adquieren su sentido la
revolución, la guerra contra el imperio y la construcción
del socialismo; donde se resumen con destellos propios la verdad y la
justicia. También es el espacio en que se resuelve la administración
de los asuntos terrenales y el manantial del que surgen las ocurrencias
de la hora; las que pueden ir desde la cría de cocodrilos hasta
la fijación de metas record para una zafra azucarera pasando
por la construcción de autopistas, la adopción extemporánea
de algún fertilizante o la ubicación y el trazado caprichosos
de cultivos varios.(49) No hay síntesis ni condensación
de ideas y de prácticas que se mantenga al margen de su mirada
o de sus mensajes redentores; no hay historia autónoma que pueda
sobrevivir a la intemperie y sin que antes cuente con sus amplios y
discriminatorios cobertores y salvoconductos. Un ejemplo mayor de esto
último -que empalma magníficamente con nuestra reflexión
anterior sobre las instituciones armadas- es la visión oficial
castrista que configura ex post un protagonismo absorbente de la guerrilla
en el proceso de luchas contra la dictadura de Batista; desplazando
hacia los roles propios de la periferia y el acompañamiento al
Directorio Revolucionario y a las ramas urbanas del Movimiento 26 de
Julio; recortando su luminosidad cegadora sobre el fondo invisible,
oscuro y anónimo de la multitud; y asegurando mediante esta purga
historiográfica, por lo tanto, las condiciones de fortalecimiento
de su propio liderazgo caudillista en detrimento de las potencialidades
políticas colectivas que, en los años augurales, estuvieron
permanentemente en ciernes.(50) Fidel Castro, entonces, como personalidad
avasallante pero también como punto de cruce en el que es absolutamente
imprescindible reconocer un aparato, un dispositivo de intereses conjugados
y capaces de servirse de su figura y, además, profundas raíces
culturales del propio pueblo cubano que no ha podido todavía
ir más allá de su canonización cotidiana ni labrar
los caminos que le permitan despojarse de su tutela ni transitar por
ellos sin otro manto ni otro amparo que el de su intransferible autonomía.
Sea como sea, entre su militarismo refractario
y su caudillismo omnipresente la "transición" cubana
no ha podido ser otra cosa que un movimiento circular que regresa perpetuamente
al punto de su mitología fundacional y de su institucionalización
posterior; tal como ha ocurrido -aproximadamente y con las singularidades
que correspondan- con todas las "transiciones" de idéntico
signo y de su misma inspiración. Cuba no es socialista y no ha
podido serlo porque su propia estrategia de construcción acogió
desde un primer momento rasgos y elementos de rápida cristalización
que contradicen tanto en términos lógicos como en los
rigurosamente prácticos cualquier avance de signo libertario,
igualitarista y solidario. Además, esos rasgos, esos elementos,
no fueron una importación forzada, que sólo quepa explicar
y justificar a partir de la gravitación irreversible de factores
exógenos, sino que los mismos estuvieron presentes como insinuación
y como virtualidad en los mismos tramos iniciales del proceso revolucionario,
son parte naturalmente constitutiva del mismo y le confieren un carácter
del que no ha podido y no parece querer desprenderse. Cuba es, entonces,
una sociedad en la que -repitámoslo ya mismo sin vacilaciones
ni justificación posible- no se respetan los "derechos humanos";
una sociedad, además, que ha recompuesto una trama clasista singular,
en la que asoman los segundos y terceros fulgores de revival capitalista
y en la que un Estado paternalista, policial, autoritario y, por añadidura,
fuertemente militarista, juega un papel hegemónico excluyente
y de imposible modificación en su propio marco de nociones y
de sentidos; una sociedad, por último, que ha encontrado una
insólita y duradera, pero igualmente frágil, amalgama
en un culto totémico que ya comienza a mostrar no los primeros
sino los séptimos u octavos signos de su arbitrariedad y su desgaste.
Frente a este panorama, y estando como estamos absolutamente convencidos
de que cuanto ocurra en Cuba de aquí en más no podrá
dejar de repercutir de un modo o de otro, favorable o desfavorablemente,
en la agitación que otra vez atraviesa la América Latina,
es de la mayor importancia reflexionar nuevamente -pero ahora sin pasar
por los viejos lugares comunes- a propósito de una política
que dé cuenta acabadamente y sin escondites de esa situación.
A ello querremos dedicar, tanto en lo que tiene que ver con las posiciones
susceptibles de adopción compartida con sectores ampliados de
la izquierda como en cuanto a aquéllas de nuestras propias y
familiares tiendas libertarias, el último tramo de este trabajo.
3.- Decíamos al principio que el punto de vista desde el cual
elaborar orientaciones políticas respecto a Cuba era en cierto
modo dual y pretendía contemplar tanto aquellas posiciones sostenibles
desde una visión de izquierda relativamente amplia como las propias
de una ubicación específicamente anarquista; de las que
ahora ha llegado, finalmente, el momento de ocuparse. Para los anarquistas,
además, Cuba ha sido, desde los años 60, algo más
que un guijarro en nuestros zapatos; en Uruguay, muy especialmente,
pero también a lo largo y a lo ancho del movimiento libertario
internacional. La idea general que hoy puede sostenerse es que, durante
la década del 60, la ausencia de nexos y acuerdos internacionales
sólidos que englobaran al movimiento anarquista -incluyendo,
naturalmente, a las expresiones cubanas del mismo- operó efectos
devastadores en cuanto a la claridad, la profundidad y la pertinencia
de las posiciones luego adoptadas sobre la marcha. No existía
todavía la Internacional de Federaciones Anarquistas (IFA) -que
recién se formaría en la localidad italiana de Carrara,
en 1968-, en América la Comisión Continental de Relaciones
Anarquistas (CCRA) no constituía una red excesivamente densa
y regular de articulaciones, la Asociación Internacional de Trabajadores
(AIT) tenía francamente disminuído su funcionamiento y
la trama más vigorosa de vínculos multilaterales estaba
constituída por el exilio español, efectivamente disperso
por el mundo pero con su propia carga de focalizaciones nacionales y
problemas como para constituirse en un nodo que pudiera ejercer cierto
influjo gravitacional y coherentizador amplio. El movimiento anarquista,
además, se encontraba, a escala internacional, en un prolongado
período de reflujo, repliegue y expectativa, aproximadamente
vigente desde la derrota revolucionaria española. La propia guerrilla
de la Sierra Maestra no fue anticipada ni aquilatada en sus alcances
y una Conferencia Anarquista Americana reunida en Montevideo, en abril
de 1957, limita sus consideraciones sobre el caso a saludar y manifestar
su apoyo a las fuerzas enfrentadas a la dictadura de Fulgencio Batista.(51)
Por añadidura, desde 1959 en adelante, las muy escasas informaciones
disponibles resultaron confusas y contradictorias, se libraron en forma
personal e íntima pero por fuera de los planos orgánicos
de confianza y de los compromisos colectivos que hubieran sido imprescindibles,
se distrajeron y perdieron entre consideraciones de oportunidad que
no se dirigían al centro de la cuestión y redujeron toda
elaboración ulterior a conjeturas voluntaristas, a credibilidades
virtualmente dispuestas a priori y, en última instancia, también
a actos de fe. Así las cosas, no resulta extraño que la
revolución cubana victoriosa haya producido un fuerte desconcierto
adicional y una irreparable dispersión y desencuentro de posturas;
tanto a nivel del conjunto del movimiento como también en muchas
de sus expresiones locales.
En líneas muy generales, y como no podía
ser de otra manera, el movimiento anarquista internacional observó
con simpatía el proceso revolucionario cubano, aun cuando no
pueda decirse que sus expectativas inmediatas fueran extraordinariamente
entusiastas respecto al rumbo y al radicalismo que finalmente le imprimieran
al asunto los guerrilleros que en enero de 1959 ingresaban en La Habana,
derrocaban al dictador Batista y promovían la instalación
de un gobierno provisorio de amplio espectro.(52) Sin embargo, la pronta
definición socialista y el carácter enérgico que
adoptó el proceso revolucionario respecto a los Estados Unidos
aceleraron la necesidad de posturas bastante más precisas por
parte del movimiento libertario internacional; las que habrían
de adoptarse en un contexto teórico, ideológico, político,
organizativo y hasta de informaciones disponibles que -tal como ya se
ha dado a entender- no era precisamente ni el más fértil
ni el más favorable. Los resultados fueron catastróficos
y sus ecos llegan prácticamente hasta nuestros días. Algunos
agrupamientos se pronuncian en el sentido de un "apoyo crítico"
a las orientaciones reconocibles del proceso cubano -las de su gobierno,
por lo tanto, aun cuando nunca haya sido planteado en esos términos-
y otros se encargarán de marcar las distancias correspondientes,
lo cual, simultáneamente, equivalía a dar la espalda o
respaldar a los anarquistas isleños que en esos iniciales momentos
ya eran objeto de persecución: entre los primeros, destacan prestigiosas
publicaciones como UMANITÁ NOVA de la Federación Anarquista
Italiana, MONDE LIBERTAIRE de la Federación Anarquista Francesa
o la italo-norteamericana ADUNATA DEI REFRATARI; entre los segundos,
habrá que alistar a la Federación Anarquista Mexicana,
a la Federación Libertaria Argentina, a la históricamente
gravitante CNT española y a un conjunto de individualidades de
amplio reconocimiento.(53) Mientras tanto, la Federación Anarquista
Uruguaya representará un caso especialísimo, puesto que,
al calor de los debates propiciados en torno a las eventuales derivaciones
latinoamericanas del proceso revolucionario cubano, comienza a deshilacharse
y acabará dividiéndose prácticamente en mitades;
una de las cuales -la que continuara actuando bajo el nombre de F.A.U.-
se plegará a las concepciones del "apoyo crítico",
en tanto la otra -la Alianza Libertaria Uruguaya- mantendrá respecto
a la situación isleña una postura crítica a secas.(54)
Por la razón que sea, en el contexto de
desinformaciones -y, sobre todo, de apasionamientos, expectativas y
esperanzas- de la época, no hay duda posible en cuanto a que
el callejón central por el que comenzaba a transitar la revolución
cubana en los primeros años 60 ejerció un influjo innegable
y provocó una gama variable de adhesiones, por lo menos tácitas,
que fueron desde cierta fascinación de ascendiente casi jacobino(55)
hasta la mediatización de aquellos que, pese a sus reservadas
críticas en profundidad, se guardaron de manifestarlas expresa
y enérgicamente, so pena de verse lastimosamente confundidos
entre el séquito cortesano de la diplomacia estadounidense. De
todos modos, fuera cual fuere el matiz finalmente adoptado, la indeseable
consecuencia consistió en que el movimiento libertario internacional,
como cuerpo globalmente considerado, jamás consiguió aproximar
posiciones tan siquiera medianamente comunes respecto a Cuba, se acomodó
resignadamente a un cierto vacío, al menos parcial, de iniciativas
propias y perfectamente distinguibles en torno a los procesos de cambio
revolucionario en curso durante ese período y generó -o,
al menos, admitió- una atmósfera de sospecha y de desconfianza
respecto al movimiento libertario isleño. De tal modo, se aceptó
también que sobre el mismo recayera el inmerecido mote condenatorio
de la contra-revolución y se privó así de un enfoque
específico y familiar que pudiera articularse con los acontecimientos
del proceso que tenían lugar dentro de la propia Cuba. Para colmo,
los contrastes se hicieron tan fuertes y virulentos, tan en blanco y
negro, tan a favor y en contra de unos o de otros, que la censura interna
al movimiento libertario se extendió con facilidad a terrenos
originalmente diversos. Ya no se trató sólo de ese gratuito
y desnorteado intercambio de epítetos falaces según el
cual unos se habían vuelto partidarios de la "tiranía
castrista" y sus adversarios "cómplices del imperialismo"(56)
sino que, en el voltaje y la temperatura que fue adquiriendo una polémica
librada en esos términos, el movimiento anarquista hipotecó
buena parte de sus lazos internos de solidaridad y comprensión
y extravió los caminos de búsqueda de su propia renovación
y de la actualización con los nuevos tiempos que le tocaba vivir;
genéricamente, a lo largo y a lo ancho del mundo y, muy especialmente,
en América Latina.
Hoy, sin embargo, el tiempo transcurrido y los
hechos capitales que el mismo fue decantando nos permiten una re-evaluación
considerablemente más ajustada, tanto de los caminos seguidos
por la revolución cubana y de sus proyecciones hacia el resto
del continente como del papel que en los años augurales -y, con
menor peso y particularmente a través del exilio, también
en los posteriores- le cupo jugar al movimiento libertario isleño.
Sobre el primer aspecto creemos haber dicho ya lo suficiente -al menos
si se lo piensa desde el punto de vista de lo estrictamente necesario
para nuestras presentes reflexiones- y parece llegado el momento de
realizar una observación más detenida sobre la tragedia
histórica específica del anarquismo cubano y, quizás,
dejar planteadas para el futuro algunas suposiciones sobre el papel
que todavía tendría la oportunidad de jugar en el escenario
actual.
Lo primero que habrá que hacer es descartar
las dos livianísimas acusaciones que habitualmente han pendido
sobre el movimiento libertario isleño: la de su hipotética
"prescindencia" respecto a las luchas anti-dictatoriales y
la de sus supuestas actividades "contrarrevolucionarias".
Antes de abordar directamente los hechos, y observando ambas cosas desde
un ángulo estrictamente doctrinario, habrá que decir que
ambas acusaciones son lisa y llanamente inconcebibles desde el momento
en que el pensamiento anarquista no puede menos que ser rotunda y radicalmente
anti-dictatorial y en la medida que representa una trayectoria singular
en el seno de cualquier proceso revolucionario. Esa especificidad del
anarquismo en tanto concepción y en cuanto práctica perfectamente
bien delimitadas vuelve absurdos los "cargos" formulados pues
ni los libertarios tienen por qué sentirse obligados a acompañar
estrategias y proyectos que no suscriben del mismo modo que nadie más
que ellos habrá de comprometerse profunda y completamente con
su propio programa de actuación. Suponer lo contrario es admitir
que, en el contexto de un proceso de cambios, una cierta élite
de vanguardia cuente con la prerrogativa absoluta de determinar cuáles
habrán de ser los caminos puntuales a seguir y los ritmos en
que ellos habrán de ser transitados y, por ende, se adjudique
también el derecho de distribuir como mejor le parezca las indulgencias
y los anatemas que más se ajusten a las situaciones de obediencia
o de indisciplina, respectivamente. Esto lleva a reconocer que, en un
proceso revolucionario cualquiera, todas las tendencias que éste
haya de albergar se ciñen a su propia constelación de
conceptos, deseos y hasta intuiciones y sólo podrá exigírseles
en aras de su coherencia que respeten los mismos o, a lo sumo, los que
correspondan a las organizaciones populares de base de composición
amplia e irrestricta; siempre y cuando las mismas cuenten, además,
con un marco que garantice la participación plena en sus decisiones
de todos y cada uno de sus miembros. Si así no fuera, ahora mismo
habría que considerar como "prescindentes" a todos
los anarquistas que a lo largo y a lo ancho del mundo se consideran
auto-excluidos de un amplísimo universo de proyectos de cambio;
ya sea porque los mismos son percibidos como incorregiblemente reformistas,
o bien porque delatan los inconfundibles tufos del oscurantismo, ya
porque están impregnados de una aureola insoportablemente autoritaria.
Y, por supuesto, nosotros mismos también podríamos calificar
de "prescindentes" a todos aquellos que no comulguen con nuestros
propios proyectos. Sin embargo, la ética revolucionaria, sólo
debería ser evaluada dentro del marco de nociones y convicciones
de cada cual y nunca desde el punto de vista de los cumplimientos y
las lealtades con esos lugares sacrosantos que se pretenden expresivos
de alguna unidad artificial que no existe más que en sus enfermizas
arbitrariedades.
La acusación de "contrarrevolucionario"
recibida por el anarquismo cubano, mientras tanto, no merece mejor suerte
que la anterior y se extravía fácilmente en el océano
de las ambigüedades y las polisemias. En efecto, la misma sólo
tiene algún sentido a partir de una cierta concepción
de la revolución sobre la que se reclama una suerte de derecho
de propiedad o paternidad y sobre la cual se ejerce algún tipo
de hegemonía en cuanto a sus orientaciones y a sus derroteros.
Es recién luego de esta aceptación que los titulares de
tales privilegios gozarán también de la prerrogativa de
calificar como "contrarrevolucionarios" a todos aquellos que
se opongan a sus designios. Sin embargo, toda vez que se constate -y
cualquier ejemplo histórico permite hacerlo- que el campo de
la revolución jamás asume formas químicamente puras
sino las configuraciones características de un abanico de tendencias
en el que cada cual defenderá sus propias ideas sobre el asunto,
aceptar tales descalificaciones sumarias no equivale a otra cosa que
a abrir el lúgubre espacio del monolitismo que inevitablemente
habrá de sofocar todas las energías y potencialidades
de la insurrección original. En el caso cubano, por ejemplo,
si se aceptara sin demasiados remilgos preciosistas la acusación
de "contrarrevolucionarios" que su conducción ha prodigado
generosamente a diestra y siniestra sobre sus ocasionales adversarios,
se llegaría fácilmente a la conclusión infinitamente
absurda de que la revolución misma fue un episodio extrañísimo
en el cual buena parte de sus protagonistas principales estaba en realidad
en contra de su realización. Parece más oportuno, por
lo tanto, buscar similitudes y homologaciones en otros procesos y recordar
ahora que la eliminación inmediata o gradual de las corrientes
que rivalizan con los núcleos hegemónicos de poder revolucionario
es una tendencia apreciable ya en las prácticas políticas
de corte jacobino y recuperará un inusitado vigor, más
de un siglo después, dentro de los patrones leninistas de construcción
partidaria y "socialista". Para los anarquistas, por lo tanto,
no se trata más que de evocar lo obvio; aquello que se constituyó
en rasgo definitorio en los tiempos de la 1ª. Internacional, que
se afirmó luego con los estudios kropotkinianos de la revolución
francesa y que se consolidó como saber empírico directo
en el marco de la revolución rusa: esto es; que las revoluciones
sólo sobreviven y conservan su impulso, su creatividad y su fuerza
toda vez que las mismas se niegan a dejarse ahogar por la dictadura
-cualquiera sea su signo y con prescindencia de su "contenido de
clase"-, por el exclusivismo fraccional y por esa ridícula
pero reluctante pretensión de las vanguardias auto-proclamadas,
legitimadas por sí y ante sí, de trazar itinerarios que
nadie más podrá cuestionar de aquí a la eternidad.(57)
Ahora bien, en términos históricos
concretos: ¿en qué consistieron exactamente la "prescindencia"
y el gesto "contrarrevolucionario" del anarquismo cubano,
evaluados desde nuestro propio punto de vista y no desde la perspectiva
de "los enemigos de nuestros enemigos"? Que el movimiento
anarquista cubano era una fuerza de enfrentamiento y lucha contra la
dictadura de Batista es algo que está fuera de toda duda; una
convicción que, incluso, debería extenderse seriamente
a otros grupos libertarios no vinculados directamente, por nacimiento
o residencia, con la isla caribeña.(58) Pero ese enfrentamiento
y esa lucha contra la dictadura de Batista se inscribieron, como era
de esperar, en un proyecto autónomo de los anarquistas cubanos,
desplegado básicamente a través de las organizaciones
sindicales, a las que se concebía como protagónicas, y
sin haber aceptado el predominio de ese centro gravitatorio y hegemónico
que comenzaba a constituirse en torno a las guerrillas de la Sierra
Maestra. Los anarquistas cubanos, autónomamente y de acuerdo
a sus propias convicciones, organizaron su resistencia a la dictadura
fundamentalmente en aquellos sindicatos en los que mantenían
una incidencia cierta -trabajadores gastronómicos, de la construcción,
de plantas eléctricas y de transporte- pero también lo
hicieron a través de la Asociación Libertaria Cubana con
sus propias publicaciones y actividades subversivas. Y, por si fuera
necesaria alguna demostración adicional de solidaridad revolucionaria,
cedieron sus locales para la realización de reuniones conspirativas
del Movimiento 26 de Julio y del Directorio Revolucionario e incluso
aportaron a las guerrillas algunos de sus hombres.(59) Estas cosas hacen
más inexplicable todavía que algunos sectores del movimiento
libertario suscribieran sin mayores consideraciones ni análisis
la tesis que colocaba al anarquismo cubano en una incómoda posición
"prescindente" y "contrarrevolucionaria". Pero,
una vez más, se razonaba aquí de tal modo que Cuba volvía
a constituirse en el espacio de incoherencia por antonomasia, extendiéndole
el beneficio de la excepción que en ninguna otra parte habría
de aplicarse con tanta fiereza. ¿O acaso alguien habría
calificado de "prescindentes" y "contrarrevolucionarios"
a los anarquistas argentinos que no se integraron plenamente al ERP
o a los brasileros que no se plegaron completamente al MR8 o a los bolivianos
que no suscribieron enteramente las prácticas del ELN o a los
chilenos que no formaron parte totalmente del MIR o a los uruguayos
que prefirieron mantener su autonomía ideológica, política
y organizativa respecto al MLN?
Así las cosas, luego de la conquista del
poder por los guerrilleros de la Sierra Maestra, ¿qué
se esperaba que hicieran los anarquistas cubanos? ¿solicitar
algún ministerio como prenda y cuota de su participación
en las luchas contra la dictadura? ¿o acaso concurrir puntualmente
a rendir pleitesía al nuevo proyecto gobernante y esperar frente
a sus oficinas las directivas del caso? En lugar de tales cosas, lo
que hicieron los anarquistas cubanos desde enero de 1959 en adelante
fue lo mismo que se espera que hagan los anarquistas de cualquier especie
y condición en cualquier otro lugar del mundo y frente a cualquier
situación aproximadamente similar: es decir, preservar su autonomía
y trabajar en función de un proyecto propio que normalmente se
identifica también con la autonomía de las organizaciones
populares de base en el específico nivel de actuación
que les compete. Fue precisamente el comienzo de la injerencia y el
control estatal de las organizaciones sindicales(60) uno de los elementos
iluminadores de las nuevas actitudes gubernamentales y una de las razones
que explican la radicalización opositora que ganó inmediatamente
las filas libertarias cubanas. De tal modo, no podía resultar
extraño que ya en junio de 1960 se encontrara circulando una
Declaración de Principios suscrita por el Grupo de Sindicalistas
Libertarios(61) cuyos puntos básicos se pronunciaban a favor
del "trabajo colectivo y cooperativo", reclamaban un papel
protagónico para sindicatos y federaciones en la actividad económica,
retomaban la añeja consigna de "tierra para el que la trabaja",
se manifestaban contra "el nacionalismo, el militarismo y el imperialismo",
defendían el federalismo contra el "centralismo burocrático",
proponían el recurso a la libertad individual como camino a la
libertad colectiva y acababan proclamando contundentemente que la revolución
cubana era "de todos" y condenando "las tendencias autoritarias"
que se expresaban ya claramente en el seno mismo del proceso de cambios.
Frente al tenor conceptual de este pronunciamiento y de cara a la polémica
que inmediatamente ganó al movimiento anarquista internacional
cabe plantearse una pregunta que está ya respondida de antemano:
¿alguien puede suponer que, en un momento como el que se vivió
en Cuba en 1960 y frente a un cuadro de situación como el que
entonces se planteaba, Bakunin, Kropotkin, Malatesta, Fabbri, Makhno,
Volin o cualquier otro libertario que se precie de tal habrían
suscrito ideas demasiado diferentes a las contenidas en dicha declaración
o que, por el contrario, habrían admitido complacientemente que
la "transición" al socialismo se extraviara en el territorio
minado de la administración estatal, del exclusivismo partidario
y del caudillismo; esos laberintos del Minotauro para los que nadie
ha sabido encontrar todavía sus correspondientes hilos de Ariadna?
Las respuestas desde el poder no se hicieron esperar
y las persecuciones consiguientes fueron todo uno con una controversia
que ya en nada podría parecerse a un debate ideológico
propiamente tal. La campaña de calumnias y el intento por situar
cualquier polémica sobre adjetivos hirientes y sospechas indemostrables
probablemente haya encontrado una expresión pionera en el artículo
de Blas Roca -publicado en HOY, órgano de prensa de los comunistas
pro-soviéticos-que sin demasiados ambages calificaba a los autores
de la Declaración de "agentes del Departamento de Estado
Yanki".(62) Desde ese momento en adelante, y luego de un breve
intento por emprender actividades clandestinas e incluso guerrilleras,
el futuro de los anarquistas cubanos estuvo signado por la cárcel,
el paredón o el exilio. Largos años de confusión
e incomprensión aguardarían a los libertarios isleños,
que no siempre habrían de recoger entre sus propios compañeros
del ancho mundo las complicidades y coincidencias que hubiera sido de
esperar. Los años 60 son, para los anarquistas cubanos, años
de dolido aislamiento y abandono por parte de un amplio y significativo
segmento del movimiento anarquista(63) que se niega a dar crédito
a sus versiones, que observa de soslayo las campañas internacionales
de salvataje a los libertarios perseguidos y -políticamente más
importante todavía- renuncia a polemizar frontalmente con las
orientaciones hegemónicas de la revolución triunfante
y, por lo tanto, a dibujar nítidamente un perfil que no puede
menos que ser abiertamente contradictorio con las mismas. Es cierto
que ello comienza a revertirse hacia fines de esa misma década
del 60 y que una reconsideración favorable de la situación
del Movimiento Libertario Cubano en el Exilio se hace todavía
más fuerte durante los años 70; pero, aún así,
no deja de producir cierto malestar doctrinario el hecho de que tales
cosas fueran más arduas y trabajosas de lo que hubiera sido deseable
y tampoco deja de provocar una cierta sensación de vacío
conceptual que todavía hoy carezcamos de una enérgica
posición común respecto a la situación política
de la isla caribeña.
Como supuesto razonable cabe decir que los anarquistas
nos acostumbramos, luego de la revolución rusa, a analizar y
explicar los procesos de burocratización desde la conformación
misma de los partidos de vanguardia que respondían al modelo
leninista. En cierto modo, nuestra propia concepción épica
de la revolución en abstracto nos impidió captar consecuencias
más o menos similares en las configuraciones orgánicas
y en las prácticas guerrilleras; las que siempre fueron percibidas
con un halo de romanticismo y desinterés que informaba bien poco
acerca de sus virtualidades y sus despliegues ulteriores.(64) La novedad
nos tomó por sorpresa y lo hizo en ese tan especial momento en
que, como ya se ha sostenido, el movimiento anarquista se encontraba
sumido en un prolongado marasmo, en la defensa nostálgica de
su glorioso pasado y en la búsqueda no demasiado entusiasta y
convincente de nuevas opciones en materia de organización y acción.(65)
En ese marco, no podía resultar demasiado extraño que,
para un sector del movimiento libertario internacional, la guerrilla
de corte castro-guevarista fuera idealmente depurada de sus rasgos menos
gratos, no se visualizaran sus tendencialidades evolutivas y se la concibiera,
simplificadamente, como una forma radical más de enfrentamiento
al enemigo que, por añadidura y desde cierta óptica, hasta
llegaría a presentar algunos puntos de contacto con la propia
tradición libertaria.(66) Muchos anarquistas, al igual que tantos
otros, también creyeron durante buena parte de los años
60 que era enteramente preferible plegarse sentimental, política
e incluso organizativamente a la entrega generosa propia de esa nueva
modalidad revolucionaria en lugar de encarar un debate a fondo con sus
rasgos definitorios y con sus derivaciones militaristas. Más
aún, incluso una vez que la guerrilla cubana dejara bien claro
que se había transformado en gobierno burocrático vitalicio,
entendieron que era más conveniente no resquebrajar la "unidad
de la izquierda revolucionaria", no polemizar directamente con
esa estrategia de construcción "socialista" y construir
un dibujo de situación según el cual América Latina
era un homogéneo campo de batalla contra el imperialismo y que
en la isla caribeña apenas si se había instalado su destacamento
de vanguardia.
Tales cosas, sin embargo, miradas desde la perspectiva
que da el tiempo transcurrido y los logros reales que Cuba puede presentar
en la actual desembocadura de su largo proceso de cambios, no ofrecen
demasiado lugar para vacilaciones y reservas ni pueden dejar de ser
calificadas como errores históricos pronunciados. Hoy es claramente
posible y absolutamente necesario decir a viva voz que el modelo cubano
es insostenible como proyecto de construcción socialista y libertaria.
Más aún, hoy es políticamente imprescindible sostener
que las explicaciones oficiales cubanas sobre "transiciones",
"agresiones imperialistas" y otras yerbas carecen de razón
alguna(67) y que no merecen nuevas extensiones de los generosos créditos
que se le concedieron; porque ya no estamos en los años 60 y,
además, porque ya en aquel entonces -también esto hay
que decirlo expresamente como reconocimiento excesivamente tardío-
tampoco tenían demasiadas razones, argumentos o motivos como
para justificar las flagrantes dudas, fintas y silencios del movimiento
anarquista internacional. Quizás las orientaciones familiares
a adoptar puedan reducirse, entonces, a una enmienda necesaria que cicatrice
las heridas del pasado inmediato y a la reafirmación de una enseñanza
que nunca debió colocarse en un lugar ideológicamente
condicionado y ancilar. La enmienda no puede ser otra que la reincorporación
plena de los anarquistas cubanos al movimiento internacional del que
nunca debieron ser rechazados y la firme articulación de las
solidaridades y respaldos consiguientes. La enseñanza a reafirmar
no puede ser más que aquella vieja convicción que nos
acompaña desde hace 130 años: que no hay otro camino ni
otra transición a la libertad que la libertad misma, vivida y
sentida como presente y no como promesa mesiánica ni como programa
gubernamental.
En este punto, parece llegado el momento de los resúmenes y del
cierre. Digamos, entonces, a modo de síntesis, que en los dos
primeros apartados hemos intentado respondernos los interrogantes que
orientaron nuestra discusión y llegado a la conclusión
de que en Cuba no se respetan los "derechos humanos" -las
libertades más elementales, por lo tanto- tal y como éstos
son concebidos por un pensamiento que se reclame de izquierda en cualquier
lugar del mundo; que tal extremo no tiene justificación alguna,
ni siquiera en función de la realización de fines supuestamente
superiores -como podría serlo la muy hipotética y, a esta
altura, dentro del actual esquema de poder, francamente improbable construcción
del "socialismo a la cubana"-; que ese objetivo manifiesto
de legitimación está muy lejos de haberse traducido en
marcos de convivencia auténticamente libertarios, igualitarios
y solidarios; que, en lugar de ello, el país caribeño
ha terminado por edificar una sociedad autoritaria, clasista, fuertemente
estatista y hasta totémica que, en el camino del desarrollo económico
y de la autonomía relativa en ese nivel, no ha hecho más
que favorecer el retorno de relaciones de tipo capitalista; y que, por
último, el diseño básico de la situación
a la cual se arriba encuentra, en forma larvaria, buena parte de sus
explicaciones y raíces antes incluso de la conquista del gobierno
por parte de la guerrilla y a partir de las concepciones caudillistas
y militaristas que lo impregnaron desde siempre y de las que no ha podido
desprenderse en ningún momento de su peculiar recorrido. Nuestras
reflexiones adoptaron, acto seguido y en este mismo apartado, una inflexión
expositiva necesaria que nos permitió repasar los desenfoques
y errores cometidos por el propio movimiento anarquista internacional;
una parte del cual creyó -desde una perspectiva proclamadamente
crítica pero sin mayor agudeza a largo plazo- que tal vez el
proceso cubano albergara en sus propias esferas oficiales de mando algunas
tendencias que le permitieran evolucionar en un sentido libertarizante
o al menos tolerar tales "extravagancias". De ello dedujimos
la necesidad y la importancia de una reincorporación total y
plena de los libertarios cubanos al seno de un movimiento del que nunca
debieron ser rechazados y de la adopción de una posición
común más clara y más enérgica de la que
hasta ahora se ha mantenido. Si la isla caribeña no puede ya,
bajo su actual pero vitalicia conducción, ejemplificar un proyecto
esperanzado de cambios ni siquiera para quienes defienden su ortodoxia
con mayor obcecación, ha llegado, por lo tanto, el momento de
precisar los caminos a través de los cuales esto último
puede y debe materializarse y, eventualmente, constituir también
una excusa de diálogos y de intercambios fecundos con otros ámbitos
del pensamiento y la acción socialistas igualmente interesados
en recrear una alternativa de izquierda en torno a Cuba; sobre todo,
por cuanto ello representará la posibilidad de recrear un paradigma
revolucionario latinoamericano que sustituya con creces y con ventajas
los modelos, las estrategias y las prácticas que el tiempo no
ha hecho más que agotar y perimir.
Digamos, en principio que si hay algo inmediatamente
evidente por sí mismo es que los anarquistas, codo a codo con
los demás y a la altura de cualquier otro, estamos dispuestos
a dar lo mejor de nosotros toda vez que los Estados Unidos intenten
poner sus sucias y belicosas manos en territorio cubano; algo que seguramente
es el necesario punto de partida en un eventual catálogo de coincidencias
con sectores ampliados de la izquierda latinoamericana. Pero, al mismo
tiempo, es evidente que dicha eventualidad amenazante tanto como la
absurda perpetuación del embargo económico no pueden justificar
-ni solas ni acompañadas- los reiterados exabruptos autoritarios
de una clase dirigente -o, mejor todavía, de su correspondiente
conducción política- que considera estar definitivamente
más allá del bien y del mal y que no está dispuesta
a tolerar ni siquiera las críticas más tibias que cualquiera
esté propenso a realizar. Asumir expresamente y con claridad
una postura crítica implica darse un perfil político novedoso
que hasta ahora no se ha estado dispuesto a aceptar y, al mismo tiempo,
incorporar definitivamente los radicales cambios habidos en el mundo
desde los años 60 hasta nuestros días y las enseñanzas
que se derivan directamente de la implosión del "socialismo
realmente existente". No hay ni habrá en ello -por mucho
que se pretenda lo contrario- ninguna violación al principio
de la "autodeterminación de los pueblos"; el que, por
otra parte, debe ser hoy entendido de forma bien distinta a su concepción
original, oponiendo firmemente la intuición de la libertad para
la gente y desde la gente a esa noción equívoca y de doble
filo que es la soberanía del Estado. Sí hay y habrá
en ello, además, la posibilidad renovada y, hoy por hoy, francamente
irreversible, de entablar diálogos reales con el pueblo cubano;
único y exclusivo lugar de residencia -tanto dentro como fuera
de Cuba- de aquellos alientos anti-dictatoriales y libertarios originales
y lejanos que alguna vez animaron las luchas contra la tiranía
de Batista y los primeros esbozos de edificación auténticamente
socialista.
Las cosas son hoy demasiado distintas a lo que
eran en tiempos de la Organización Latinoamericana de Solidaridad
y en los que Cuba fue beatificada y percibida como el faro irradiador
de los proyectos y anhelos revolucionarios del continente. Hoy, la izquierda
latinoamericana sabe que aquel proyecto que se proclamó como
emancipador no cuenta con las mismas referencias, los mismos soportes
y las mismas condiciones de irradiación que tuvo en su momento.
Sabe perfectamente, y aun cuando no lo admita en forma pública,
que las realizaciones cubanas ya no pueden conmover los entusiasmos
populares de antaño ni pueden agitarse como bandera anticipada
del porvenir. Sabe también que sólo una mirada entre nostálgica
y condescendiente ha permitido sostener indefinidamente y mucho más
allá de cualquier consideración racional un mito que el
tiempo no ha hecho otra cosa que oxidar. Lo sabe, lo contrabandea en
el rumoroso silencio de las confidencias y lo oculta sigilosamente,
para no sentirse cubierta por el oprobioso sentimiento de haber "traicionado"
su propio pasado de luchas y de esperanzas y sin percatarse que las
únicas cosas que no puede traicionar un revolucionario son sus
convicciones nucleares básicas, su potencial de realizaciones
y su futuro. Pero, incluso así, no ignora que los reclamos que
hoy surcan la isla no son una invención satánica del imperialismo,
que los mismos ganan progresivamente legitimidad y terreno y que, tarde
o temprano, acelerarán una cuenta regresiva que casi todos intuyen
como cercana o inminente.68 La política de sobrevivencia de la
conducción cubana ha demostrado ser tenaz y resistente, no obstante
lo cual tiene límites obvios: su falta de credibilidad, de atractivos
renovados y de horizontes; la extensión de una conciencia adversa
y plural; su incapacidad para traducir cuatro décadas largas
de gobierno en un esquema que dé cabida a las expectativas de
la gente y que de una vez por todas comience a transitar por el ancho
e innegociable cauce de una libertad sin cortapisas. En ese marco, la
izquierda latinoamericana parece ganada por el temor, la parálisis
y la repetición de consignas cada vez más ajadas. En efecto,
el temor de un derrumbe cubano al estilo del que ya aconteciera en Europa
Oriental o en la mucho más próxima Nicaragua le provoca
una auténtica parálisis en su capacidad de alternativas
-las que ya nadie sostendría como tales para sus propios países,
por otra parte- y le lleva a repetir una vez más el gastado estribillo
de que la revolución cubana no puede dejar de identificarse con
Fidel Castro, su liderazgo y sus indiscutibles directivas. De tal modo,
inconscientemente y muy a su pesar, no hace otra cosa que volver más
próximo ese derrumbe al que tanto se teme y del que todos, de
un modo o de otro, habremos de pagar un altísimo precio si el
desenlace no es otro que el de una restauración conservadora.
Los anarquistas también sabemos que no podremos
tomar como un triunfo de nuestros propios proyectos el hecho de que
Cuba regrese sin pena ni gloria al seno materno del capitalismo, de
la democracia "representativa" a la usanza "occidental"
y de la globalización neoliberal. También sabemos que
el embargo comercial y la presencia militar norteamericana en la base
de Guantánamo son dos lamentables excrecencias que no contribuyen
en nada a mejorar las condiciones de libertad en la isla caribeña.
Lo sabemos y estamos dispuestos a aportar nuestro esfuerzo para que
ello no sea así. Pero también estamos absolutamente convencidos
que los alientos revolucionarios sobrevivientes en el pueblo cubano
deben romper de una buena vez la camisa de fuerza que le colocara desde
hace cuatro décadas largas esa prodigiosa centralización
del poder político que se expresa a través del Partido
Comunista, de sus fuerzas armadas y de su cada día más
ridículo tótem tribal. Y, para colmo, creemos además
que ésa debería ser la convicción ya no sólo
de los anarquistas sino incluso de distintas corrientes socialistas
que se muestren dispuestas a realizar una consideración mínimamente
sensata de la situación y una articulación conjunta de
solidaridades y reclamos orientados, precisamente, a la recuperación
y el protagonismo de esos alientos revolucionarios sobrevivientes. Ahora
bien, se nos dirá, ¿es ello realmente posible? Por lo
pronto, cabe imaginar un "programa" mínimo común
con el que nadie que siguiera sintiéndose genéricamente
revolucionario, socialista o simplemente de izquierda en cualquier otro
lugar de América Latina tendría demasiados argumentos
para discrepar; un "programa" que, de momento, no representara
otra cosa que la posibilidad de entablar diálogos abiertos y
fecundos con las fuerzas de cambio que todavía animan en Cuba
y que se apoyara en tres líneas básicas de trabajo: la
desmilitarización de la sociedad cubana, la participación
de los trabajadores en la planificación económica y en
la gestión de sus asuntos productivos y el establecimiento sin
atenuantes ni mediatizaciones de un extenso régimen de libertades.
Una lógica maniquea, ramplona y desvencijada
seguramente se apresurará en objetar que no es posible ir más
allá de ese dibujo despojado y falaz en el que las únicas
opciones tienen por emblemas a Fidel Castro y a George Bush junior;
una lógica simplista, dicotómica y trivial en la que ambos
bandos parecen estar especialmente interesados y en la que hoy, tanto
como ayer, se nos quiere obligar a tomar partido entre el augurio de
un "comunismo" que nunca habrá de llegar y la promesa
"democrática" de una prosperidad para pocos y carente
de sentidos vitales. Sin embargo, hace rato ya que es hora de que la
izquierda latinoamericana vuelva a pensar autónomamente sus proyectos
de cambio; y no reclinándose cómodamente en el plácido
posibilismo político de variantes socialdemócratas o populistas
que nada nuevo y distinto tienen que aportar sino para recuperar un
horizonte de transformaciones reales y profundas hacia el cual orientar
las vocaciones revolucionarias que ahora vuelven a latir con renovadas
energías. En ese marco de necesidades y de intenciones, Cuba
sigue teniendo una significación muy especial, y tanto el triunfo
de la "diplomacia" norteamericana como la perpetuación
de su actual estado de cosas no pueden menos que operar negativamente
sobre el futuro de las corrientes revolucionarias en el continente.
Una vez más, como siempre, como nunca se debió haber perdido
de vista, se trata de repensar los tiempos por venir a partir de esa
fusión indisoluble entre el socialismo y la libertad sin la cual
el uno y la otra se vuelven irreconocibles. Y ello no sólo entre
los anarquistas, para quienes tal cosa no constituye más que
el pan de cada día, sino también para aquéllos
que alguna vez pensaron que los apetitos libertarios sólo podían
ser saciados una vez que se ajustaran las cuentas con el "reino
de la necesidad" y con el desarrollo de las fuerzas productivas.
Antes que eso, lo que la experiencia histórica ha demostrado
contundentemente es que la libertad no sólo es una meta sino
también un camino. Eso es lo que las fuerzas de cambio genuino
y socializante que bullen en América Latina deberían hacerle
saber inmediatamente al Partido Comunista cubano, en tanto una política
revolucionaria y de izquierda tiene hoy en Cuba su última oportunidad
y ello no será por mucho tiempo más. Mañana probablemente
habrá de ser demasiado tarde.
Notas
(1) Repárese que no estamos diciendo que
el asunto sea irrelevante, mínimo o banal ni osamos suponer que
el mismo no habrá de tener ninguna consecuencia mediata o inmediata,
profunda o superficial, sobre la que valga la pena pensar y actuar;
como podría ser, por ejemplo, un para nada descartable sino incluso
probable crescendo agresivo de la diplomacia norteamericana, sea éste
directo y de protagonismo exclusivo o a través del sistema estatal
interamericano. Por lo tanto, debe entenderse que cuando decimos que
el asunto no interesa demasiado "en este momento", simplemente
estamos haciendo referencia a este escrito, que -como quedará
inmediatamente claro- pretendemos centrar en torno a ejes diferentes
y que, a nuestro modo de ver, trascienden el acontecimiento puntual
y se constituyen en un nodo de derivaciones desde el cual pensar ahora
mismo las prácticas revolucionarias en América Latina.
Por este motivo, esperamos que las reflexiones que aquí se recogerán
trasciendan el plano de las preocupaciones y los movimientos políticos
locales y permitan un intercambio que se ubique bastante más
allá de ellos. Las referencias a temas y sucesos específicamente
uruguayos, por ende, deberán ser entendidos como un mero apoyo
a la elaboración que sigue.
(2) Seguramente puede concebirse que estos interrogantes son meramente
retóricos y los favores recibidos posteriormente por Uruguay
de parte de Estados Unidos constituirán, entonces, una respuesta
terminante a los mismos.
(3) En el contexto de una elaboración ideológica específica
y propia, difícilmente conservaríamos la expresión
"derechos humanos"; excesivamente marcada como está
por su primitiva formulación liberal. No obstante, tratándose
como se trata de una expresión de manejo amplísimo y cuyos
contenidos son sobradamente conocidos, hemos optado por mantenerla y
no distraer ahora nuestra atención en una discusión pormenorizada
de sus articulaciones y alcances doctrinarios que desbordaría
ampliamente los límites de este trabajo. Sin embargo, debe entenderse
que ello no tiene otro objeto que la demarcación de un espacio
común de diálogo, puesto que, como inmediatamente se verá,
no queremos referirnos a otra cosa que a la libertad en el más
amplio y luminoso sentido del término.
(4) Cuando hablamos de integridad perdida, en este caso, no aspiramos
a dotar a la expresión de ninguna resonancia moralizante. Antes
bien, a lo que queremos hacer referencia es a la desintegración
del paradigma político distintivo de la izquierda uruguaya y
de gran parte de la izquierda latinoamericana durante los años
60 y 70 del siglo pasado. Ese paradigma ya estaba deshilachándose
en los años 80 y probablemente la derrota electoral del Frente
Sandinista nicaragüense haya representado un decisivo punto de
inflexión; pero, curiosamente, sus ecos reaparecen cada vez que
se trata de tomar posición respecto a procesos y situaciones
que encuentran significación y rescate en ese contexto teórico-ideológico.
(5) Es de hacer notar aquí que la integridad del paradigma político
al que nos referimos se basa -como luego tendremos oportunidad de exponer
más detenidamente- en una cierta concepción de la historia
y del cambio social de raíz marxista-leninista, en la cual convergió,
de palabra o de hecho, el grueso de la izquierda latinoamericana. Afirmar
esto no implica desconocer que el mismo contó con una bifurcación
estratégica y metodológica notoria que separó,
por un lado, a quienes abocaron sus afanes a la estructuración
de amplios frentes electorales que, al menos en lo programático,
resultaran expresivos de una cierta alianza de clases y, por el otro,
a quienes entendieron que el vector principal de articulación
debía asumir la forma de la guerrilla y manifestarse fundamentalmente
a través del derrocamiento armado de aquellos gobiernos que se
concebían como representativos de los intereses imperialistas
en la región.
(6) La discusión en torno al principismo político es obviamente
más compleja de lo que aquí tendremos oportunidad de desarrollar.
No obstante, en líneas generales, toda vez que la elaboración
y la adopción de perfiles político-prácticos quede
marcada por la alternativa excluyente entre principismo y oportunismo
entendemos que no pueden quedar demasiadas dudas pendientes. Y, contrariamente
a lo que habitualmente se supone, ello es así no sólo
por razones éticas -aunque éstas alcanzaran y sobraran-
sino también por la constatación teóricamente relevante
de que el oportunismo político, en los términos propios
a la construcción del socialismo y no a los de la captura del
poder, no es más que un recurso de corto vuelo que tarde o temprano
habrá de pagarse a precios exorbitantes.
(7) Reproducido por GRANMA en su edición del 2 de mayo de 2002.
Allí se detalla, como es habitual, que el discurso fue pronunciado
por "el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, Primer Secretario
del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente
de los Consejos de Estado y de Ministros". GRANMA no explicita
si el Comandante en Jefe es además -como insustancial agregado
a sus restantes investiduras- Primer Secretario o Presidente de la Central
de Trabajadores de Cuba y pronuncia su discurso en calidad de tal. No
parece ocioso, además, reparar que a la hora de señalar
los títulos de Fidel Castro se comience haciéndolo por
el sospechoso costado de sus honores castrenses, en forma tal que es
casi como si se tratara de un nombre propio o de un don congénito;
algo que de por sí ya está delatando el encumbramiento
de la institución militar, a la que luego nos referiremos con
implicancias más fuertes que ahora.
(8) Respecto a las formas políticas predominantes en América
Latina en períodos dados, es de destacar que las agudezas críticas
de la dirigencia cubana sólo se manifiestan tan rotundamente
en circunstancias bien concretas. Debe recordarse, por ejemplo, que
los procesos políticos y las variables alianzas que dibujan han
obligado muchas veces a la dirección del Partido Comunista cubano
a pronunciarse favorablemente sobre la viabilidad del reformismo electoralista
y, por extensión, sobre la institucionalidad correspondiente.
Ni qué hablar, por otra parte, de pifias bastante más
groseras, como el reconocimiento que se le tributó a Fujimori
en 1999.
(9) Como es obvio, no es nuestro interés realizar una vivisección
analítica del discurso de Fidel Castro sino extractar solamente
aquellos aspectos que guardan relación con nuestro asunto. Si
así no fuera, sería necesario reparar en ese particular
pero conocido estilo de comunicación donde se fusionan los mensajes
de un líder con los sentimientos de la multitud. Ello es lo que
permite que sobrevivan impasibles y provoquen inmediatas reacciones
de aprobación algunos dardos efectistas con escasa elaboración
y una muy débil capacidad probatoria.
(10) Por ejemplo, ¿Uruguay sería más respetuoso
de los "derechos humanos" que Cuba si consiguiera demostrar
que el acceso a la vivienda propia presenta tasas comparativamente más
altas que las del país caribeño? En los hechos, los uruguayos
debieron soportar estas estupideces argumentales durante la última
campaña electoral, en 1999 y con el Banco Hipotecario como estrella
publicitaria. Peor aún: debieron poner a prueba su capacidad
de resistencia a la idiotez frente a las recurrentes monsergas de Julio
María Sanguinetti, cada vez que se le ocurría ejemplificar
lo maravillosas que caminaban las cosas de este país detallando
la cantidad de teléfonos celulares y la venta de autos 0 km.
(11) Sólo un par de preguntas entre infinidad de interrogantes
posibles del mismo tipo, como mera ilustración de lo que queremos
decir y de las orientaciones en materia de salud y educación
que querríamos defender si ése fuera el tema: ¿qué
importancia puede tener la cantidad de camas hospitalarias cada 100.000
habitantes en un tiempo que ha llegado a la conclusión de que,
al menos en una cantidad importante de facetas, lo realmente progresista
es la des-hospitalización de la salud? ¿qué valor
asignarle a la extensión de la cobertura pre-escolar sin haber
precisado previamente si la misma se orienta a la concepción
propia de las "guarderías" -"garages" para
niños, en definitiva- o a la de los "jardines"?
(12) Para una posición orientada en tal sentido, vid. de Michel
Foucault, "Face aux gouvernements, les droits de l'Homme",
publicado en LIBERATION, en sus ediciones del 30 de junio y el 1º
de julio de 1984. En nuestro medio, dicho artículo se encuentra
reproducido en _La vida de los hombres infames. Ensayos sobre desviación
y dominación_; coedición Nordan-Altamira, 1992 y en el
Nº 5 de la Revista ALTER, primavera de 1999.
(13) El enfoque, en realidad, tiene muy poco de alternativo. Conceptualmente,
el planteo de Fidel Castro no va mucho más allá de los
"derechos económicos, sociales y culturales" reconocidos
como tales -y de deseable "desarrollo progresivo"- en el Capítulo
III de la Convención Americana sobre Derechos Humanos suscrita
en 1969 en San José de Costa Rica. Por añadidura, apunta
a confundir el abordaje de la temática nuclear e insustituible
de los "derechos humanos" con instrumentos de amplia circulación
a nivel de los organismos inter-gubernamentales más edulcorados;
como es el caso, por ejemplo, del Índice de Desarrollo Humano,
cuyos mejores registros se corresponden con una lista de élite
de los países capitalistas avanzados.
(14) Repárese, por un momento, en la lógica de asimilaciones
con la que se maneja y seduce Fidel Castro: sostener que en Cuba no
se respetan los "derechos humanos" transforma a la fuente
emisora no en un interlocutor respetable y con el que vale la pena tener
algún tipo de intercambio polémico sino en una mera estación
repetidora del imperialismo; es decir, un vocero del enemigo. Por otra
parte, la respuesta -el país es "pequeño", "independiente",
"justo" y "solidario"- nada tiene que ver con el
interrogante de origen sino que constituye una distracción retórica
por la vía de las compensaciones auto-conferidas.
(15) Nikolai Bujarin lo decía con claridad e impudicia inigualables
en tiempos de la construcción del poder soviético: "Bajo
la dictadura del proletariado pueden existir dos, tres, cuatro partidos
a condición de que uno de ellos esté en el poder y los
otros en prisión" (publicado en PRAVDA del 19 de noviembre
de 1927 y recogido en _El terror bajo Lenin_ de Jacques Baynac, Alexandre
Skirda y Charles Urjewicz; Editorial Tusquets, Barcelona, 1978). Sin
extrañeza de ninguna especie, habrá que recordar ahora
que los huesos de Bujarin también acabaron entre rejas no bien
a Stalin se le ocurrió que el susodicho no merecía integrar
los cuadros de la vanguardia proletaria.
(16) Sólo quien intente entreverar las barajas hasta extremos
indecibles querrá ver en esta frase una defensa de los regímenes
de tenencia oligopólica sobre los medios de comunicación,
predominantes en el resto de América Latina; antes bien, de lo
que se trata es de cuestionar puntualmente cada una de esas formas como
imposibilidades, como límites y como escollos a una libertad
de expresión y de prensa genuina y auténtica que todavía
no acabamos de descubrir en ningún lugar.
(17) El fusilamiento de Arnaldo Ochoa -héroe de las campañas
africanas- y la reciente degradación pública de su ex
Ministro de Relaciones, Roberto Robaina, resultan ser, entre tantos
otros, ejemplos rotundos de esta afirmación. No son los únicos,
claro está, sino que una larga saga de dirigentes "comunistas"
les hace ilustre compañía; entre los cuales habrá
que mencionar a Aníbal Escalante, Joaquín Ordoqui o Edith
García Buchaca. Demás está decir que idénticos
señalamientos pueden hacerse -en calidad y cantidad mayores todavía-
cuando se trata de destacados militantes de la primera hora revolucionaria
entre aquellos que nunca pertenecieron al Partido Comunista local -conocido
en Cuba, en ese entonces, bajo la denominación de Partido Socialista
Popular- como Huber Matos, Pedro Luis Boitel, David Salvador, Efigenio
Amejeiras y un interminable etcétera.
(18) _Constitución de la República de Cuba_, proclamada
el 24 de febrero de 1976 y posteriormente modificada por la Asamblea
Nacional del Poder Popular en el XI Período Ordinario de Sesiones
de la III Legislatura celebrada los días 10, 11 y 12 de julio
de 1992.
(19) Idem, ibídem; Capítulo VII sobre Derechos, Deberes
y Garantías Fundamentales; arts. 45 al 66.
(20) Idem, ibídem: literales a) y ch) del artículo 39,
en el Capítulo V, correspondiente a Educación y Cultura.
(21) La información, hasta donde se nos hizo posible rastrearlo,
fue inicialmente recogida como artículo en el número 195
de la revista inglesa BLACK FLAG, correspondiente a noviembre-diciembre
de 1989. Dicho artículo fue posteriormente traducido y reproducido
en la publicación venezolana CORREO A, Nº 12, pág.
15, de febrero de 1990. En Uruguay, información coincidente con
ésta puede hallarse en el Nº 3 de la Revista ALTER, correspondiente
a la edición primavera-verano de 1993. La información
primaria probablemente proceda de la revista GUÁNGARA LIBERTARIA,
órgano de prensa del Movimiento Libertario Cubano en el Exilio
y más recientemente se la puede encontrar, tratada dentro de
un contexto más amplio, en el artículo "El movimiento
anarquista en Cuba: historia y actualidad", disponible en <www.alasbarricadas.org>.
(22) Como se sabe, la localidad celtibérica de Numancia fue asediada
por los romanos entre los años 153 y 134 a.C., ofreciendo una
resistencia de contornos holgadamente épicos y siendo vencida
por hambre en esta última fecha, en la que finalmente consiguieron
entrar en ella las tropas de Escipión Emiliano.
(23) Pero el propio argumento que apela a la "autodeterminación
de los pueblos" también es usado por la izquierda de modo
que se dificulte el rastreo de las líneas de coherencia. Por
ejemplo: se invoca con presteza -y con justicia- si se trata de palestinos
o saharauis; se omitió cautelosamente en su momento cuando fue
reivindicado por lituanos o croatas; se presta a marchas, contramarchas
y circunvoluciones varias toda vez que la apelación es pronunciada
en lengua vasca. En definitiva, daría la impresión que
el beneficio de la autodeterminación se concede toda vez que
el gobierno o la autoridad representativa eventual en cuestión
resulten especialmente afectos en cuanto a sus orientaciones en materia
de política internacional; actitud que, por supuesto, resulta
ser un patrimonio compartido por la derecha, aunque previa inversión
de las referencias.
(24) Cabe acotar, sin embargo, que -aun cuando la épica fundacional
se remonte inobjetablemente al asalto del cuartel Moncada- la lucha
guerrillera cubana no se realiza bajo la impronta del anti-imperialismo;
un perfil que sólo adquiere trascendencia mayor y absolutamente
determinante probablemente no antes de los épicos combates de
Playa Girón. Asignarle a esa historia de medio siglo la unidad
y la coherencia que el discurso oficial le atribuye es un ejemplo más
de la fusión y la confusión entre la revolución
y el Estado, el Estado y el Partido, el Partido y su liderazgo personal:
una vía infalible para que Fidel Castro pueda identificar sin
mayores escozores un proceso de cambios con su autobiografía.
(25) Habrá más vacilaciones, sin duda, a la hora de calificar
los atentados suicidas que se han vuelto costumbre a nivel palestino;
pero, aun así, no parece haber demasiadas justificaciones éticas
para acciones cuyas principales víctimas se localizan entre población
no combatiente, indefensa y cuya única responsabilidad -si es
que hay alguna- sólo consiste en habitar territorios dominados
por el enemigo identificado o pertenecer, muy grosera y prejuiciosamente,
a sus mismas tradiciones culturales.
(26) A modo de ejemplo: cuando, a principios de los años 80,
la reorganización del movimiento popular uruguayo experimentó
el respaldo notorio de organizaciones sindicales europeas o sacó
el imprescindible provecho de los pronunciamientos de Amnistía
Internacional o de la Cruz Roja, nadie en la izquierda dejó de
felicitarse por tales cosas -sin perjuicio de las objeciones que tales
organizaciones puedan merecer- y jamás se le ocurrió a
sector alguno sostener que se trataba de "injerencias" que
atentaban contra la "autodeterminación de los pueblos".
Y decir esto no implica asimilar las dos situaciones -la cubana actual
y la uruguaya de principios de los años 80- sino aceptar que,
en cualquier circunstancia, quienes tengan una visión y una práctica
distintas sobre cualquier país cuenten también con la
posibilidad de dialogar con los interlocutores externos que les plazcan
y cuando mejor les parezca.
(27) Un ejemplo reciente y grotesco de esta forma de razonar y de definir
orientaciones políticas puede encontrarse entre quienes son capaces
de justificar las atrocidades de Slobodan Milosevic en la ex Yugoslavia,
o entenderlas como preferibles y menores, por cuanto ésa sería,
a su modo de ver, la única manera -o, al menos, la vía
rápida- de oponerse a los intereses geo-estratégicos de
los Estados Unidos en los Balcanes.
(28) No obstante, hay que reconocer que la concepción de base
y las prácticas a que da lugar se metamorfosean perseverantemente
en diferentes cuadros históricos y, así como el anti-imperialismo
sucedió al anti-fascismo de los años 30 y 40, hoy parecería
que el anti-neoliberalismo o la anti-globalización ocuparan su
lugar. Sin embargo, más allá de superficiales parecidos
y significaciones variables pero aproximadamente similares, la crisis
teórica de la concepción histórica profunda parece
ser irrecuperable. Hay que aclarar, además, que nuestra crítica
no pretende menospreciar la necesidad de prácticas anti-fascistas,
anti-imperialistas, anti-neoliberales o anti-globalización sino
que sólo apunta a señalar que los frentes o las alianzas
que se constituyan en torno a ellas no resuelven los problemas de fondo
de la construcción socialista; los que sólo pueden asociarse
a prácticas radicales anti-estatales y anti-capitalistas.
(29) René Dumont -agrónomo francés que colaboró
técnicamente en varias oportunidades con las transformaciones
que tuvieron lugar en el campo cubano durante los años 60- sostiene
sin vacilación alguna que la concurrencia desde los lugares de
trabajo a las grandes concentraciones públicas era obligatoria
en aquellos años y nada permite suponer que haya dejado de serlo
en tiempos más próximos al presente. Vid., del autor,
_Cuba ¿es socialista?_, pág. 90; Editorial Tiempo Nuevo,
Caracas, 1971; libro que constituye una de las referencias básicas
para este apartado.
(30) Guevara sostenía, por ejemplo, que la conciencia se sobreponía
a las condiciones de producción y que, por sí misma, bastaba
para volver inaplicables las categorías propias del capitalismo
-ley del valor, mercancía, cálculo económico contable,
etc.- incluso en los primeros tramos de la construcción socialista.
Una derivación radical de dichas concepciones se encuentra en
el aserto de que, en esas condiciones, es incluso posible ir forjando
experiencias comunistas aisladas. Vid., por ejemplo, su polémica
al respecto con Charles Bettelheim en "La planificación
socialista, su significado", recogido en la selección de
escritos guevarianos _Condiciones para el desarrollo económico
latinoamericano_; El Siglo Ilustrado, Montevideo, 1966.
(31) Según Guevara, "la planificación centralizada
es el modo de ser de la sociedad socialista, su categoría definitoria
y el punto en que la conciencia del hombre alcanza, por fin, a sintetizar
y dirigir la economía hacia su meta, la plena liberación
del ser humano en el marco de la sociedad comunista"; Op. cit.;
pág. 132. Vid., también NUESTRA INDUSTRIA. REVISTA ECONÓMICA
Nº 5, pág. 16; La Habana, febrero de 1964.
(32) Sólo podremos aquí dar por conocidos o por tácitos
los referentes sub-culturales de una conciencia social diversa a la
propuesta y difundida desde el poder central. El tiempo y el espacio
disponibles, mientras tanto, no nos permitirán abordar de lleno
y en profundidad tampoco el problema de la formación de nuevas
clases sociales; razón por la cual sólo nos contentaremos
con brindar ciertos elementos impresionistas susceptibles de ilustrar
algunas de sus líneas constitutivas.
(33) Las referencias están contenidas -más como anécdotas
que como reflexión teórica- en el libro de Ernesto Cardenal,
_En Cuba_; págs. 28 y sgs., 45 y 46; Ediciones Carlos Lohlé,
Buenos Aires 1972. Cabe recordar que Ernesto Cardenal -posteriormente
ministro del primer gabinete de gobierno en la Nicaragua sandinista-
es insospechable de animosidad alguna respecto a la dirección
cubana, que mantuvo con ella cordiales relaciones y que sólo
se limita a dejar algunas constancias al pasar en un libro que, genéricamente,
puede considerarse de tono básicamente admirativo.
(34) Según las disposiciones adoptadas por el propio "Che"
Guevara, en su función de encargado de la economía cubana,
los "comandantes rebeldes" tuvieron una asignación
salarial de 125 pesos, mientras que la de los ministros y la del propio
Fidel Castro ascendía a 750 pesos; es decir, seis veces más.
Las cifras se mencionan en el libro de Carlos Franqui; _Camilo Cienfuegos_,
pág. 38; Editorial Seix Barral, Buenos Aires, 2002.
(35) El drama ideológico-político del "Che"
Guevara se construye precisamente en torno a la imposibilidad teórica
de realizar esta distinción absolutamente imprescindible. El
célebre episodio en el que Guevara comprueba que su tarjeta de
racionamiento es efectivamente privilegiada y la rompe frente a un grupo
de obreros que no contaban con las mismas posibilidades alimenticias
es una ilustración ejemplar. Lo que Guevara no llega a aceptar
y no admitirá jamás es que el socialismo no consiste simplemente
en su honesto y sincero gesto de compartir o nivelar la comida sino
fundamentalmente en esa operación bastante más complicada
y radical de compartir y nivelar el poder; algo que, por su propia definición
teórica, equivale exactamente a la negación del mismo.
(36) René Dumont; op. cit., pág. 202 y sgs., hace referencia
a la posesión de autos Alfa Romeo de lujo como símbolo
de status de la clase dirigente. La mención a los vinos franceses
y a los bombones suizos como parte del ajuar de uso inmediato de Fidel
Castro está contenida en Carlos Franqui; op. cit. pág.
139.
(37) René Dumont; op. cit. pág. 29. Cabe aclarar aquí
que elegimos ejemplos extraídos de los primeros tiempos de la
revolución como parte de nuestro intento por demostrar que los
procesos de formación de clase se dan también en el arranque
mismo de la "transición" y no resultan simplemente
de una inflexión posterior y lejana que se haya encargado de
torcerla y desvirtuarla.
(38) Existe una precoz crítica libertaria a las granjas del Estado
realizada por un observador directo de los primeros pasos de la experiencia.
Vid., al respecto, de Agustín Souchy, _Testimonios sobre la revolución
cubana_, Reconstruir, Buenos Aires, diciembre de 1960.
(39) Recogido en René Dumont; op. cit., pág. 53. Vale
la pena hacer notar las drásticas inconsecuencias existentes
en el razonamiento de Guevara y preguntarse cómo es posible que
el proletariado ejerza una dictadura en términos colectivos y
lo haga sobre sus propios elementos considerados luego en tanto individuos.
Si la clase -la proletaria como cualquier otra- sólo puede "existir"
a partir de las conexiones de sentido entre sus referentes individuales
¿cómo considerar victoriosa a una clase sobre la que se
ejerce la dictadura subsecuente? ¿No será, acaso, que
los titulares de esa misma dictadura de la que se habla no son ellos
mismos proletarios, ya sea porque nunca lo fueron o sencillamente porque
han dejado de serlo en el momento en que se constituyen en su nueva
función institucionalizada de dominación?
(40) Fernando Martínez Heredia, PUNTO Y FINAL; enero de 2000;
reproducido en la publicación electrónica española
REBELIÓN del 1º de febrero de 2000. El autor fue director
de la revista cubana PENSAMIENTO CRÍTICO y actualmente se desempeña
en el Centro Juan Marinello de La Habana.
(41) El tema está especialmente previsto en el art. 17 de la
Constitución, cuya redacción es bastante más elíptica,
en tanto se sostiene que "el Estado administra directamente los
bienes que integran la propiedad socialista de todo el pueblo o podrá
crear y organizar empresas y entidades encargadas de su administración".
De tal modo, la idea oficial, tal como es constitucionalmente presentada,
consiste en el delirio literario de suponer que es el Estado quien "podrá
crear" la inversión extranjera.
(42) El propio Martínez Heredia, op. cit., da cuenta que las
remesas de divisas, como fuente de ingresos externos, sólo son
superadas en volumen por las exportaciones de azúcar y por el
turismo. Cabe acotar que, siendo las remesas de divisas de difícil
control y cuantificación, es bastante probable que las mismas
se encuentren subvaloradas en la apreciación anterior.
(43) Por "raquítica pequeña burguesía autóctona"
queremos significar a aquella que reside efectivamente en el país
pero no así a la que titulariza los capitales cubanos radicados
en Miami, que nada parecen tener de raquíticos y sobre cuya influencia
actual en la marcha de la economía de la isla no nos es posible
avanzar demasiadas conjeturas.
(44) La apelación histórica no tiene nada de extraño
y, en cierto modo, con las variaciones a que dé lugar cada caso
particular, es común a todos los ejércitos latinoamericanos.
El ejército uruguayo, por ejemplo, sigue situando su gesta fundacional
en la Batalla de Las Piedras -18 de mayo de 1811-; primer jalón
bélico de las luchas por la independencia de la corona española.
(45) Iosu Perales; "Entrega y tragedia en la izquierda de América
Latina: una explicación ideológica" en REBELIÓN
del 13 de agosto de 2002.
(46) Debería resultar absolutamente claro que lo que estamos
discutiendo aquí no es el abuso, el uso o el desuso de las armas
sino el hecho teórica y políticamente relevante de que
la disposición y la orientación de los recursos técnicos
sean administrados por una estructura militar que, aun cuando tenga
orígenes no convencionales, tiende a volverse permanente en cuanto
a sus pautas de organización y de actuación -o, dicho
de otra manera, en cuanto a las formas de ejercicio del poder y de generación
de relaciones de mando y obediencia. Al mismo tiempo, debemos decir
también que no nos rechina la guerrilla por sí misma -una
práctica que los anarquistas han asumido convincentemente cuando
así lo entendieron oportuno- sino el hecho de que las armas como
tales sean elevadas a la categoría de formulación ideológica
y de principios: como libertarios, lo que nos importa es la lógica
del enfrentamiento al poder -la acción directa y la insurrección
en sentido amplio- y no el énfasis en el tipo de recursos técnicos
a que se apele; algo que, en definitiva, como es el caso de la tan mentada
"lucha armada", no debería ser más que un complemento
históricamente circunstancial y nunca el elemento de definición
propiamente dicho.
(47) De la misma manera, nos parecen torpes y abusivas esas visiones
psicologistas que insisten en buscar similitudes de personalidad, temperamento
y conductas entre Fidel Castro y los típicos dictadores latinoamericanos
al estilo de Trujillo, Somoza o Pinochet. Entre otras cosas, porque
tales caracterizaciones resignan toda explicación posible de
las especificidades del proceso cubano y se niegan a reconocer o tan
siquiera a indagar las profundas raíces sociales, políticas
y culturales del fenómeno; detrás o debajo de las cuales
se hallan, con toda seguridad, las razones de su perdurabilidad.
(48) La frase fue pronunciada por Hermes Herrera, director en ese entonces,
1969, del Instituto de Economía de la Universidad de La Habana,
en conversación con René Dumont; recogida en op. cit.,
pág. 78.
(49) René Dumont, op. cit., proporciona una cantidad abrumadora
de ejemplos sobre las múltiples "inspiraciones" de
Fidel Castro y del modo en que éstas son puestas inmediatamente
en práctica; puntos éstos sobre los que no vale demasiado
la pena insistir.
(50) Carlos Franqui desliza la hipótesis de que ya Camilo Cienfuegos
se había mostrado temeroso, en el propio año de 1959,
respecto a los recortes historiográficos que Fidel Castro operaba
sobre el proceso previo, de modo de dibujar nítidamente su figura
sobre un fondo de opacidades y de sombras. Vid., op. cit., esp. págs.
106 a 109. Cf., también, para una óptica diferente, de
Marcos Winocur -historiador argentino y no cubano, en definitiva-; _Las
clases olvidadas en la revolución cubana_; Editorial Crítica,
Barcelona, 1979.
(51) La lacónica moción aprobada -"Declaración
ante los sucesos de Cuba"- dice textualmente: "Cuba se ha
levantado en armas contra la dictadura. Los pueblos de América
y el mundo contemplan con dolor y admiración la conducta heroica
de un pueblo que sabe decir ¡no! a los tiranos. Estudiantes y
obreros enfrentan las fuerzas militares y policiales de Batista, sacrificando
sus vidas en gestos suicidas que únicamente puede inspirar el
amor a la libertad". Los sucesos a los que se alude están
constituídos por el cruento asalto al Palacio Presidencial batistiano
-acaecido el 13 de marzo inmediatamente anterior- y es interesante reparar
en que la moción habla de "estudiantes y obreros" enfrentados
a las fuerzas militares y policiales, pero no se hace referencia alguna
a la guerrilla. Es de hacer constar, además, que en la mencionada
conferencia se hallaban presentes dos delegados de la Asociación
Libertaria Cubana. La referencia está contenida en el folleto
_1ª. Conferencia Anarquista Americana. Pronunciamientos, acuerdos,
recomendaciones, declaraciones_; editado en Montevideo durante el mismo
año de 1957 por la Comunidad del Sur.
(52) Vid., por ejemplo, de Hugo Cores, _Memorias de la resistencia_,
pág. 62; Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2002. Allí
se narra cómo el equipo redactor del periódico LUCHA LIBERTARIA
-órgano de prensa de la Federación Anarquista Uruguaya-
concurrió a un acto público, en abril de 1959, cuyo orador
era Fidel Castro, por entonces de visita en Montevideo. Cores enfatiza
que se concurrió "con escepticismo de libertarios"
y que él, personalmente, se convenció en ese momento y
no antes "de la originalidad y el valor de la revolución
que estaba en curso en Cuba". Más adelante -pág.
69-, Cores relata que recién más de dos años y
medio después, en diciembre de 1961 -ocasión en la que
Fidel Castro se define como marxista-leninista-, su apoyo a la revolución
y al gobierno que con ella se había instalado agotaban su permanencia
en el campo de las ideas anarquistas. Las posiciones de la Federación
Anarquista Uruguaya, mientras tanto, distaban todavía de ser
tan homogénea y colectivamente claras como la suya; tanto en
un sentido como en el otro.
(53) La lista que corresponde a cada una de las posiciones -lista que
aquí sólo reproducimos parcialmente- se encuentra mencionada
en el artículo de Carlos Estefanía "Liquidación
del socialismo libertario en Cuba: ¿fin de una utopía?",
reproducido en la revista de exiliados CUBA NUESTRA, disponible en <hem.passagen.se/cubanuestra>.
Una diferencia adicional de nuestra propia enumeración consiste
en que Estefanía ubica a la Federación Anarquista Uruguaya
entre los partidarios del "apoyo crítico" pero -vale
la aclaración y el matiz que inmediatamente haremos- ello se
acentuará de tal modo, formal y nítidamente, luego y no
antes de su escisión.
(54) La división de la F.A.U. sigue mereciendo, todavía
hoy, diferencias interpretativas irreconciliables entre los exponentes
de una y otra fracción. Por un lado, la tendencia que continuó
actuando como F.A.U. ha sostenido a lo largo del tiempo que las razones
de la división deben situarse en torno a las concepciones organizativas,
a la adopción o no de un perfil más rotundamente clasista
y al alcance de las prácticas de acción directa. Por otra
parte, quienes luego se agruparon en la A.L.U. le asignan relevancia
y centralidad mucho mayores al vector cubano de la discusión
interna. De cualquier manera, parece claro que la revolución
cubana operó bien como focalización expresa o en tanto
inevitable telón de fondo de la polémica y que determinadas
definiciones no hubieran adquirido el carácter rupturista que
finalmente tuvieron de no haber sido por la percepción de que
aquélla condicionaba decisivamente los rumbos que habría
de seguir el proceso de cambios en Latinoamérica.
(55) En este caso particular y aplicado a la situación cubana,
entendemos por jacobino a aquel perfil político capaz de identificarse
con la "profundización" de los recorridos revolucionarios,
no en el sentido de sus logros socialistas reales sino en el de sus
rupturas institucionales y efectos de poder, incluso, o sobre todo,
prescindiendo de los niveles de conciencia colectiva que pudieran resultar
imprescindibles en tales circunstancias.
(56) Es proverbial, en tal sentido, la acusación de estar al
servicio de la CIA que, en 1968, el entonces creativo y pintoresco pero
también sobredimensionado Daniel Cohn-Bendit hiciera recaer sobre
los anarquistas cubanos exiliados. No mediando demostración alguna
de tan grueso juicio de valor, sólo cabe interpretarlo como un
ejemplo en filas libertarias de ese equívoco razonamiento por
el cual "los enemigos de mis enemigos son mis amigos" y, por
lo tanto, todo aquel que se oponga o contradiga a los amigos recientemente
adquiridos habrá de ser, sin duda posible, un enemigo o un cretino
útil a su servicio. Si tales silogismos son, gramaticalmente
hablando, un trabalenguas indigerible, mucho peor habrá de resultar
su incorporación a un cuerpo ideológico medianamente coherente
y sustentable; el que perderá de tal modo su autonomía
conceptual y comenzará a navegar al garete por los mares de la
ajenidad.
(57) Las resoluciones del Congreso de Saint-Imier celebrado por la fracción
federalista de la 1ª. Internacional -una de las piedras miliares
del movimiento anarquista en cuanto tal- se encuentran perfectamente
en línea con esta concepción. Vid., además, _Historia
de la revolución francesa_ de Piotr Kropotkin; Editorial Americalee,
Buenos Aires, 1944 y, sobre todo, _Dictadura y revolución_ de
Luigi Fabbri; Editorial Proyección, Buenos Aires, 1967.
(58) Ya hemos mencionado el respaldo de la 1ª. Conferencia Anarquista
Americana a las luchas anti-batistianas y ahora corresponderá
anotar la colaboración brindada por refugiados españoles
a los cubanos que, en los años 50, preparaban en México
lo que luego sería la expedición del GRANMA. Esa colaboración
tuvo lugar en el marco de un Frente Juvenil Antidictatorial en el que
desarrollaron actividades militantes refugiados de diferentes países
-dominicanos, peruanos, venezolanos, etc.- además de españoles
y cubanos. Una referencia de dicha colaboración puede encontrarse
en el reportaje realizado a Octavio Alberola -en ese entonces, un destacado
militante de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias
y residente en México- recogido en la revista POLÉMICA,
Año XVIII, Nº 70, págs. 42 y sgs.; Barcelona, enero-marzo
de 2000.
(59) Las referencias básicas sobre la participación anarquista
en el enfrentamiento a la dictadura de Batista están contenidas
en el libro de Frank Fernández; _El anarquismo en Cuba_; esp.
págs. 82 y sgs.; Fundación Anselmo Lorenzo, Madrid, 2000.
(60) Tal cosa se plasmó en el X Congreso Nacional de la Confederación
de Trabajadores de Cuba, celebrado en noviembre de 1959. Allí
se produce, en clara actitud "intervencionista", la participación
directa de Fidel Castro, quien incluso llega a marcar el nombre del
futuro Secretario General del organismo sindical, "proponiendo"
para el cargo a David Salvador -el mismo que luego fuera objeto de la
correspondiente purga- pero con el control paralelo y el poder efectivo
del militante comunista Lázaro Peña.
(61) Según Frank Fernández, de quien procede la referencia,
esa nueva forma de presentación de la Asociación Libertaria
Cubana obedeció a la necesidad de evitar represalias directas
sobre sus miembros. Vid., de Fernández, op. cit., pág.
94.
(62) Una vez más, la referencia puede encontrarse en Frank Fernández,
op. cit., pág. 95. Como comentario adicional, permítasenos
un breve interrogante: ¿se habrá enterado alguna vez el
"chistoso" de Cohn Bendit que la acusación que perpetrara
en 1968 contra los anarquistas cubanos exiliados no tenía nada
de original y que sólo se limitaba a repetir lo que unos cuantos
años antes que él ya había acuñado nada
menos que el Secretario General de la organización partidaria
de los comunistas pro-soviéticos?
(63) Una buena semblanza de este clima puede encontrarse en el artículo
de Alfredo Gómez, "Los anarquistas cubanos o la mala conciencia
del anarquismo", publicado en la revista BICICLETA, Nos. 35 y 36
Extra doble; Valencia, enero-febrero de 1981.
(64) Debemos recordar una vez más que no estamos refiriéndonos
aquí a las prácticas guerrilleras en general -de las que
los anarquistas mismos han ofrecido abundantes ejemplos- sino de ese
tipo peculiar de guerrilla, con fuerte propensión a la militarización
interna y que se impuso como modelo en América Latina según
los cánones castro-guevaristas.
(65) No es del caso ni es posible realizar aquí una justificación
mayor de esta afirmación, pero vale sí aclarar que la
misma es parte de un marco interpretativo de la historia del movimiento
anarquista que la concibe como una sucesión de períodos
diversos -anarquismo clásico, de transición y post-clásico-
con sus correspondientes modelos de organización y acción
-el anarcosindicalista, el de la organización específica
y el de los movimientos y las redes. El punto en que aquí nos
encontramos es el que consideramos propio del anarquismo de transición;
período que se extiende entre 1939 y 1968 y que entendemos caracterizado
por una situación "defensiva" y de búsqueda.
Este marco interpretativo es objeto de un estudio todavía inconcluso
y, por el momento, sólo podemos remitir a una exposición
algo más detenida en nuestro trabajo Los sediciosos despertares
de la anarquía.
(66) Un magnífico ejemplo de este tipo de visiones puede encontrarse
en el artículo de Gonzalo García "Mijail Bakunin
y Ernesto Guevara: en dos épocas, una misma intransigencia revolucionaria"
en la revista ROJO Y NEGRO Nº 2, págs. 107 a 134; Montevideo,
diciembre de 1968. El problema planteado por este tipo de abordaje no
radica, naturalmente, en el hallazgo de similitudes entre una y otra
trayectoria revolucionaria sino en la confusión que se deriva
de la omisión o ubicación subalterna de sus diferencias
básicas en términos de concepciones y proyectos.
(67) No se trata, por supuesto, de negar la existencia, muy real por
cierto, del hostigamiento de vocación imperial de los Estados
Unidos hacia Cuba sino -tal como ya lo sostuviéramos en su oportunidad-
de evitar justificar en él un proceso y una estructuración
social que no dependen exclusiva ni decisivamente del mismo.
(68) Es interesante reparar que las plataformas que agitan hoy las numerosas
organizaciones opositoras cubanas son, en líneas muy generales,
difícilmente condenables desde una perspectiva reformista de
izquierda y no están organizadas sobre la base de un retorno
al pasado pre-revolucionario o de un embeleso admirativo por modelos
de tipo capitalista. Es claro, sin embargo, que no tienen un perfil
anarquista ni mucho menos, puesto que difícilmente los libertarios
suscribirían con entusiasmo alguno requisitorias -como las del
llamado Proyecto Varela- para autorizar la formación de empresas
a los ciudadanos cubanos ni harían demasiado énfasis en
la Carta Universal de los Derechos Humanos -como es el caso del Partido
Popular Joven Cuba- salvo para denunciar las inconsecuencias ajenas.
En cambio, resultaría extremadamente rebuscado oponerse a los
reclamos que giran en torno a la libertad de expresión y asociación
o a la liberación de los presos políticos o al reconocimiento
pleno de la sociedad civil y de sus propuestas autónomas.
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