Un poco de historia
Los anarquistas cubanos han participado activamente en la lucha por
la emancipación del proletariado desde los tiempos de la opresión
colonial. La lucha desarrollada a mediados y finales del Siglo XIX,
encabezada por el "grupo de los 3 Enriques": Enrique Roig
de San Martín, Enrique Messonier y Enrique Creci; es el mejor
ejemplo de ello. Este núcleo anarquista revolucionario dejaba
en claro su posición de clase, contra la política y el
Estado ya por el año de 1888, en las páginas del periódico
anarquista "El Productor" en una
serie de textos titulados "Realidad y Utopía" (I a
VI), que explican a grandes rasgos la concepción global de nuestros
compañeros de entonces, la lucha contra la corriente, en un momento
en que las soluciones democráticas, liberales, anexionistas,
autonomistas, independentistas-nacionalistas (la "liberación
nacional de Cuba") eran dominantes. Sin embargo, la falsificación
histórica que se sigue haciendo en la isla de Cuba de la Historia
del Movimiento Obrero a intentado dejar en el olvido la importancia
del ideal ácrata en el desarrollo de las luchas contestatarias
de los oprimidos.

Los anarquistas cubanos, también lucharon
arduamente contra las dictaduras de Machado y de Batista. Contra este
último, combatieron desde todos los frentes. Unos, desde las
guerrillas orientales o las del Escambray, en el centro de la Isla;
otros se unieron a la conspiración y la lucha urbana. También
se establecieron puentes entre los sectores organizados revolucionariamente
de la lucha contra Batista y la militancia antifranquista anarquista,
a través de los compañeros Antonio Degas (miembro de la
CNT, establecido en Cuba) y, Luis M. Linsuain, hijo de otro destacado
revolucionario anarquista, Domingo Germinal, muerto en Alicante en los
albores de la revolución española. Los propósitos
de los anarquistas eran los deseos mayoritarios del pueblo: liquidar
la dictadura militar y la corrupción política, así
como crear un campo más abierto en el disfrute de las libertades,
que hiciera posible la continuidad ideológica.

En el folleto Proyecciones libertarias de 1956,
donde se atacaba al dictador Batista, también se mencionaba a
Castro, el cual no merecía "confianza alguna", [que]
"no respetaba compromisos y sólo luchaba por el poder".
Fue ésta la razón por la que se establecieron contactos
clandestinos más frecuentes con otros grupos revolucionarios.
Al triunfo de la insurrección, Castro se había convertido
en el líder de todo el proceso, por una evaluación incorrecta
de la oposición, que lo consideraba como un mal "controlable",
necesario y temporal, con su modesto programa socialdemócrata.
En los primeros días del año 1959,
las publicaciones libertarias, Solidaridad Gastronómica y El
Libertario (publicación periódica), reflejan en sus primeras
ediciones una actitud favorable, al mismo tiempo que cautelosa y esperanzadora
con relación al gobierno “revolucionario”. Sin embargo,
el Consejo Nacional de la Asociación Libertaria Cubana, lanza
un manifiesto donde "Expone, informa y hace juicios a la revolución
cubana triunfante", y por el cual, después de explicar la
posición de los anarquistas contra la pasada dictadura, procede
a analizar el presente y futuro cercano, declarando que "los cambios
institucionales", al abrirse una nueva etapa para Cuba, "no
entusiasman ni ilusionan", aunque no se niega con cierta ironía,
la "seguridad de que por algún tiempo al menos, gozaremos
de las libertades públicas, bastante a garantizarnos posibilidades
de propaganda" (sic). Sigue un ataque certero y cerrado contra
el "centralismo estatal" camino, dicen, de llegar a un "ordenamiento
autoritario". Se hacen eco de la penetración de la iglesia
Católica y del Partido “Comunista”. Finaliza el documento
con una referencia al movimiento obrero, donde de nuevo hace énfasis
en la labor del Partido Comunista de Cuba (PCC) "para recabar la
hegemonía que [...] durante la otra era de dominación
batistiana [...] gozaron" aunque terminan por opinar que esto no
ocurrirá y finaliza con optimismo: "El panorama, pese a
todo, alienta [...]".
Por otra parte y siguiendo la misma línea,
Solidaridad Gastronómica publica el 15 de febrero del 59, otro
Manifiesto a los trabajadores y al pueblo en general, donde explica
y advierte que aunque al gobierno revolucionario no le fuese posible
"[...] poner en tan poco tiempo, en función normal [...]
a los organismos obreros [...] es un deber nuestro [...] el que se respete
y se ejerciten las normas de libertad y derecho [...]. Es necesario
que se convoquen elecciones en los sindicatos [...] que comiencen a
funcionar las asambleas [...]". Finalmente deja en manos de los
obreros de cualquier sindicato el problema de la "cesación
obligada en sus cargos" en relación a sus "[...] diferentes
orientadores. Es imprescindible que sean los propios trabajadores quienes
decidan la inhabilitación sindical de sus pasados dirigentes,
pues de hacerlo de otra forma, sería caer en los mismos procedimientos
que ayer [...] combatiéramos".
La misma publicación, en su editorial del
15 de marzo, condena amargamente "los procedimientos dictatoriales
(de la CTCR) [...] acuerdos y mandatos de arriba que imponen medidas,
quitan y ponen dirigentes". También acusa a los "elementos
incondicionales [...] en las asambleas, que sin ser miembros del organismo
sindical, levantan el brazo a favor de una orden de los dirigentes".
Entre otras anormalidades y "procedimientos" se cita lo siguiente:
"[...] en ocasiones se llenan las salas asamblearias de milicianos
armados que constituyen una flagrante coacción, no se respetan
los preceptos reglamentarios [...] que se llega a cualquier tipo de
procedimiento para mantener el control de los sindicatos". Como
se puede apreciar, la batalla por liberalizar al movimiento obrero se
estaba perdiendo lamentablemente a pesar de las denuncias de los anarcosindicalistas
en ese campo tan importante.
La oposición al anarcosindicalismo emanaba
directamente de sectores del Movimiento 26 de Julio (M26J), instigado
por los elementos del PCC infiltrados dentro de esa organización
que en un principio tomó casi militarmente la dirección
de todos los sindicatos de la Isla. Se decía que la medida era
temporal, con el objeto de purgar a los elementos más corruptos
de la pasada dictadura, hasta celebrar nuevas y libres elecciones sindicales.
Como se ha podido comprobar, y como era costumbre en Cuba, lo temporal
se convirtió en permanente. Pero ¿de dónde procedían
estos elementos sindicales, si era público y notorio que el M26J
nunca tuvo en verdad una base sindical, o mejor aun, una simpatía
generalizada entre los trabajadores, o siquiera una activa dirección
proletaria?

Los dirigentes sindicales procedían en su
mayoría de dos campos antagónicos: el sindicalismo de
las Comisiones Obreras, que respondían a la política electoral
y habían sido enemigos del gobierno anterior y los del PCC. Los
primeros, respondían a un oportunismo cínico y se prestaban
a cualquier manipulación estatal. Los segundos, eran en extremo
peligrosos, y a pesar de lo borrascoso de su pasado, se notaba ya un
apoyo oficial que provenía de lo más alto del gobierno.
Ambos sectores se odiaban mutuamente y se prepararon para una lucha
abierta por la hegemonía del sector proletario, pero como se
verá más adelante, terminaron en una amalgama desastrosa
para el movimiento obrero cubano.
En el mes de julio, el Estado cubano estaba ya
en su totalidad en las manos de Castro, así como de sus más
cercanos colaboradores. La presencia de elementos del PCC era ya notable
en altas figuras del gobierno. Los anarquistas que habían notado
la contingencia, se alarmaron en grado sumo; entendían correctamente
que la influencia del PCC dentro de las esferas gubernamentales y sindicales
significaba un golpe mortal a corto o largo plazo. Sus pesadillas más
siniestras pronto se harían realidad. Por su parte, Castro declaró
públicamente no tener ninguna relación con el PCC, pero
reconoció la existencia de “comunistas” dentro de
su gobierno, lo mismo que otros personajes de filiación anticomunista.
Para finales de año se convoca el X Congreso
Nacional de la Confederación de Trabajadores de Cuba Revolucionaria
(CTCR) donde una mayoría acepta la tesis de "Humanismo",
una especie de filosofía que se había creado a principios
de año, que decía alejarse de los campos tradicionales
del comunismo-capitalismo establecidos por la Guerra Fría y que,
predicaba las consignas de "Pan con libertad" y "Libertad
sin terror". Los cubanos, siempre creativos, habían inventado
un nuevo sistema sociopolítico para darle algún tipo de
explicación ideológica al nuevo régimen. David
Salvador, el máximo dirigente de la facción del M26J,
ejercía y fungía como su más denodado adalid. A
su vez el PCC, bien representado en dicho Congreso, aunque en evidente
minoría, planteaba la añeja consigna de "Unidad".
El 23 de noviembre el Congreso se halla totalmente
dividido para tomar acuerdos o elegir una representación. Los
anarquistas de la Asociación Libertaria Cubana ya habían
publicado en Solidaridad, el 15 de ese mes, un "llamado al X Congreso",
donde se insistía en que "Los congresos que veníamos
padeciendo desde mucho, tenían como única cuestión
de importancia, la distribución de los cargos del aparato".
Y finalizaba con una nota optimista: "[...] pero sí quisiéramos
que [...] marcara un paso de avance en el sindicalismo revolucionario".
Y añadía esperanzado: "Que se adentrara profundamente,
en las grandes cuestiones del proletariado [...] por encima de personalismos
y sectarismos de grupo o partidos [...]". Nada de esto aconteció.
Ante la realidad visible de una parálisis
proletaria creada por la evidente división camino del poder,
Castro en persona se dirige al Congreso, donde explica la necesidad
de "defender la revolución", para lo cual se necesitan
"dirigentes verdaderamente revolucionarios" , con un liderazgo
que sea apoyado por todos los delegados del Congreso y propone a David
Salvador para el cargo. La única facción que debe prevalecer
es "el partido de la patria", según declara Castro.
Y efectivamente, como en los buenos tiempos de la República,
que tanto se quiere desechar y olvidar, el gobernante de turno propone
al Secretario General de la CTCR como un apéndice o un simple
Ministerio del gobierno. El Comité Ejecutivo está compuesto
de delegados del M26J y del PCC. El día 25 se da por terminado
el Congreso y el líder “comunista” Lázaro
Peña asume el control de la dirección del organismo obrero,
aunque la representación nominal la ostente David Salvador.
Era lógico pensar que los representantes sindicales del M26J,
que se habían opuesto al control del Congreso y de la CTCR por
el PCC, después de escuchar las orientaciones de su "máximo
líder", Fidel Castro, con respecto a la dirección
obrera, aceptaran sin replicar la imposición del gobierno, por
la sencilla razón, de que las órdenes que emanaban de
arriba indicaban que o se cumplían o se iba a parar a la cárcel.
"¡Patria o muerte, venceremos!" Terminaba en este Congreso,
denominado "el de los melones (verde olivo por fuera -el color
del M26J- y rojo por dentro -el del PCC), cerrando casi un siglo de
luchas sindicales y por las cuales los obreros habían obtenido
algunas ventajas sobre el abuso patronal. Ahora todo esto cambiaba.
El Estado se convertiría en pocos meses en el verdadero y único
patrón.
Poco conocida fue la visita que realizó
el anarquista alemán Agustín Souchy a La Habana en el
verano de 1960, y menos aún la publicación de un folleto
titulado “Testimonios sobre la Revolución Cubana”,
que narraba sus opiniones sobre el campesinado y la nueva ley de Reforma
Agraria con la que el gobierno castrista pretendía asombrar a
medio mundo, empezando por los cubanos. La figura de Souchy era de sobra
conocida en los medios libertarios cubanos, desde el año anterior,
y conociendo que dicho compañero pensaba viajar a Cuba, Solidaridad
había publicado un largo ensayo en varias de sus ediciones, titulado
El socialismo libertario, como una forma de aclarar conceptos sociales
y como una oculta esperanza de que esas ideas tomaran forma en una nueva
sociedad que ya se perfilaba.
Eran momentos difíciles, al igual que todo
proceso revolucionario (como en una guerra) en el que el pueblo se debatía
entre el miedo, la incertidumbre y la esperanza. Ya al comenzar el año
se notaba la provocación de los medios oficiales a través
del órgano oficial del castrismo, Revolución, sobre los
anarquistas, con acusaciones tan veladas como falsas. Sin embargo, la
visita de Souchy, invitado por el gobierno para estudiar y dar a conocer
su opinión sobre el agro cubano, llenó de entusiasmo a
muchos compañeros, y el escritor alemán fue saludado con
júbilo genuino por sus compañeros, en diferentes actos
en su honor y una cordial bienvenida por parte de los medios ácratas,
el 15 de agosto de 1960.
Como estudioso de los problemas del agro, Souchy
había escrito un folleto muy comentado en Europa titulado Las
cooperativas de Israel, sobre la organización en dicho país
del Kibbutz, motivo por el cual el gobierno cubano esperaba algo similar
de Souchy para que avalara su gigantesco programa agrario y como propaganda
en los medios anarquistas internacionales. Este no fue el caso. Souchy
viajó por toda Cuba con los ojos y el corazón abiertos
a todo lo que se le mostraba y a lo que pudo por su cuenta observar.
El resultado de su análisis no pudo ser más pesimista.
Cuba se acercaba demasiado al modelo soviético; la falta de libertad
y de iniciativa propia no podían conducir a otro lugar que al
centralismo en el sector agrario. Otro tanto se notaba ya en lo económico.
Souchy fue honesto en su inventario total y su folleto titulado Testimonios
sobre la Revolución Cubana, fue publicado sin pasar por la censura
oficial. Tres días después de marcharse de Cuba, la edición
total de dicho trabajo fue intervenida por el gobierno castrista por
sugerencias de la Dirección del PCC y destruida en su totalidad.
Por suerte para la Historia, la editorial Reconstruir en Buenos Aires
reprodujo completa la versión original de Souchy en diciembre
de ese mismo año, con un excelente prólogo de Jacobo Prince.
En el verano de 1960, convencidos de que Castro
se inclinaba cada día más hacia un gobierno totalitario
de corte marxista-leninista, camino del cual se asfixiaba poco a poco
la libertad de expresión, comunicación, asociación
y hasta de movilización, la mayoría de los componentes
de la ALC acordaron, con el eufemismo de otras siglas, lanzar la Declaración
de Principios, avalada como la Agrupación Sindicalista Libertaria
en junio de ese año y firmada por el Grupo de Sindicalistas Libertarios.
La idea de usar este otro nombre se debió a la necesidad de "evitar
represalias sobre los miembros de la ALC". El documento, que es
vital para entender la situación de los anarquistas cubanos en
esa época, tenía como objetivo, además de orientar
al pueblo cubano, acusar al gobierno del desastre que se avecinaba y
establecer una polémica con los integrantes del PCC, los cuales
ya se encontraban en posiciones importantes dentro del gobierno.
La Declaración constaba de 8 puntos en los
que atacaba al "Estado en todas sus formas": definía,
de acuerdo con las ideas, la función de sindicatos y federaciones
en su verdadera actividad económica; declaraba que "la tierra"
debía pertenecer "al que la trabaja", respaldando "el
trabajo colectivo y cooperativo" en contraste con el centralismo
agrario propuesto en la Reforma Agraria gubernamental; hacía
énfasis en la educación colectiva y libre de la niñez,
lo mismo que la cultura; luchaba contra el nacionalismo, el militarismo
y el imperialismo, a los que consideraba nocivos, oponiéndose
de plano a militarizar al pueblo; atacaba sin temores el "centralismo
burocrático" y rompía lanzas en pro del "federalismo";
proponía como recurso inmediato la libertad individual "en
vías de lograr una libertad colectiva"; y finalmente declaraba
que la revolución cubana era como el mar, "de todos",
y condenaba enérgicamente "las tendencias autoritarias que
bullen en el seno mismo de la revolución".
No cabía duda de que era uno de los primeros
ataques directos que desde el punto de vista ideológico se le
hacían al régimen. La respuesta, sin embargo, no tardó
en llegar. En agosto, el órgano del PCC, Hoy, con la firma del
Secretario General, Blas Roca, el dirigente de más categoría
dentro de los cuadros “comunistas”, respondió a la
declaración de los anarquistas de forma violenta usando las mismas
falacias que en 1934, y agregando la peligrosa acusación de que
sus autores eran "agentes del Departamento de Estado Yanki".
Según uno de los autores de la Declaración, Abelardo Iglesias
"[...] por fin el ex amigo de Batista [...] Blas Roca, nos contestó
en el suplemento dominical [...] colmándonos en su respuesta
de insultos e injurias". Era más interesante y significativo
que en un ataque al gobierno de Castro, fuera el dirigente de más
alto nivel del PCC el que saliera a responder por el régimen.
En aquel verano de 1960 pronto se empezaron a aclarar las dudas.
Desde ese mismo instante, los anarquistas
que eran enemigos del régimen tuvieron que sumergirse en la clandestinidad.
Se hace un intento por establecer una polémica en relación
a la respuesta de Roca, "pero" según Iglesias "no
logramos que nuestros impresores, ya aterrorizados por la dictadura,
accediesen a imprimirla. Tampoco nos fue posible la edición clandestina".
Se trataba de un folleto de 50 páginas donde se le daba la debida
réplica al PCC y a Roca. Un mes antes El Libertario dedicaba
su número del 19 de julio, a celebrar "La heroica actitud
de los anarquistas en julio de 1936". Los componentes de la delegación
de la CNT en La Habana, entusiasmados por el triunfo revolucionario,
se habían propuesto derrocar a Franco de forma violenta. En ese
mismo número, dedicado enteramente a defender la actitud libertaria
antes, durante y después de la Guerra Civil española,
en su última página y casi de forma patética, se
hace un recuento de las actividades de la ALC y "la lucha contra
la dictadura de Batista". El inventario es largo y le recuerda
al gobierno el aporte de los anarquistas cubanos a favor de la revolución
y la libertad. Se recurría ya a los últimos cartuchos
ideológicos. El Libertario desaparecía en ese mismo verano.
Los elementos más aguerridos dentro del anarquismo cubano tienen
pocas opciones a su favor. Después de la Declaración ya
saben que van a ser acosados por los ciegos servidores del régimen,
que convertidos en verdaderos sicofantes, se dan a la tarea de delatar
a cualquier cubano que no esté de acuerdo con el proceso. Una
acusación de "contrarrevolucionario" es un pasaje a
la cárcel o un viaje al paredón de fusilamiento. Las razones
que adujeron los libertarios entonces para oponerse al terrorismo de
Estado de forma violenta, son tan válidas hoy como ayer. El anarcosindicalismo
dentro de los sindicatos y federaciones, como ya se ha visto, pasó
a mejor vida. No había espacio para ejercer la libertad de prensa
ni hacer propaganda a favor de las ideas. Atacar al régimen era
un crimen de lesa patria. La política económica del régimen
conducía a la sovietización de Cuba con todas sus consecuencias
negativas. Se perseguía con un rigor no conocido a todo aquél
que propusiera otras ideas que no fueran las que emanaban del Estado,
domicilio y residencia, a donde habían ido a parar todas las
grandes propiedades, comercios, fincas, centrales azucareras, vegas
de tabaco, en fin, toda la riqueza del país, en manos hasta esos
momentos de la alta burguesía, el capitalismo nacional y la banca
cubano-norteamericana.
Estas medidas de "nacionalización"
o expropiación no fueron criticadas por los libertarios. A lo
que se oponían, según la mencionada Declaración,
era a la estatalización de todas las riquezas de Cuba en manos
de Castro y el PCC. Había entonces que tomar el duro camino de
la clandestinidad o el exilio para empezar a luchar de nuevo contra
una nueva y poderosa dictadura, que como explicara Castro: Moscú
"[...] nos convencimos de que todos los esfuerzos de nuestro pueblo
y los nuestros se habían perdido y que nos llegaba un proceso
muy difícil y peor que todos los males que habíamos combatido".
Ante una situación de corte totalitario, la gran mayoría
de los anarquistas cubanos acordaron rebelarse e iniciar una lucha que
estaba condenada desde el primer día a ser un fracaso rotundo.

Muchos de los anarquistas que habían luchado
contra la dictadura de Batista, desde las diferentes guerrillas en el
Occidente, Centro y Oriente, del país, no vieron otro camino
, ante la represión castrista, que regresar a las armas. Según
relata Moscú, "se editaron infinidad de manifiestos denunciando
la falsedad de los postulados de la revolución castrista y convocando
al pueblo a la oposición. Se celebraban reuniones para debatir
temas y hacer conciencia de la desgraciada realidad que se confrontaba",
y se "llevaron a efecto planes de sabotaje sobre objetivos básicos
de sostenimiento del Estado [...]"
Metidos ya de lleno en la lucha armada, según
Moscú, "se participó en la cooperación para
sostener algunos focos guerrilleros existentes en diferentes partes
del territorio [...]". En particular, en dos guerrillas importantes
en la misma zona, donde se operaba con gran dificultad debido a que
la Sierra Occidental no era muy alta, la provincia estrecha y estaba
muy cerca de La Habana. "Existió un contacto más
directo con la guerrilla del Capitán Pedro Sánchez en
San Cristóbal, pues compañeros nuestros participaron activamente
en esta guerrilla [...] se les suministró algunas armas. [...]
Con la guerrilla que comandaba Francisco Robaina (Machete) que operaba
en la misma Cordillera, les fuimos solidarios en todo lo que nos fue
posible [...]". El compañero Augusto Sánchez, combatiente
en estas guerrillas, fue asesinado después de haber sido hecho
prisionero. Considerados como bandidos por el gobierno, en muy pocos
casos se les respetaba la vida a cualquiera que se rindiera.
Además de ser ultimado Augusto Sánchez,
fueron asesinados los siguientes "compañeros combatientes:
Rolando Tamargo y Ventura Suárez, fusilados; Sebastián
Aguilar hijo, asesinado a balazos; Eusebio Otero apareció muerto
en su habitación; Raúl Negrín, acosado por la persecución,
se suicidó dándose fuego". Por otra parte, además
de Moscú, fueron detenidos y condenados a penas de prisión
los siguientes compañeros: Modesto Piñeiro, Floreal Barrera,
Suria Linsuaín, Manuel González, José Aceña,
Isidro Moscú, Norberto Torres, Sicinio Torres, José Mandado
Marcos, Plácido Méndez y Luis Linsuaín, oficiales
estos dos últimos del Ejército Rebelde. Francisco Aguirre
murió en prisión; Victoriano Hernández, enfermo
y ciego por las torturas carcelarias, se suicidó; y José
Alvarez Micheltorena, murió a las pocas semanas de salir de prisión.
El Primero de Mayo de 1961, Castro declaró
a su gobierno, “socialista”, en realidad de corte estalinista,
planteándoles a los libertarios, fuera y dentro de Cuba un dilema
de corte ético. El régimen exigía la adhesión
más decidida de sus simpatizantes y militantes. No existía
el derecho a la abstención o a cualquier posición neutral.
Se dormía con los criminales o te mataba el insomnio. La Tercera
República presidida por un dictador en ciernes no ofrecía
otras alternativas que agruparse bajo su control o escoger entre tres
opciones: la cárcel, el paredón o el exilio. Pasados los
primeros encuentros y confrontaciones con los sectores más estalinistas
del PCC, se entendía entre los componentes de la ALC que el régimen,
camino hacia el totalitarismo, no iba a permitir la existencia de una
organización anarquista o siquiera la prédica de las ideas.
El movimiento anarquista cubano perseguido por
las nuevas corporaciones represivas de la dictadura de Castro se ve
obligado a exilarse. No era la primera vez que los anarquistas cubanos
se refugiaban en este EE.UU. Ya desde el siglo XIX, Tampa, Cayo Hueso
y Nueva York, habían sido los lugares escogidos por estos perseguidos,
donde tenían oportunidad de ganarse el sustento, además
de la cercanía necesaria para continuar la lucha. Durante las
dictaduras de Machado y Batista, el exilio había marchado a los
mismos lugares; existían además, contactos históricos
con otros grupos de anarquistas residentes en los EE.UU.
En el verano de 1961, en la ciudad de Nueva York,
quedó constituido el Movimiento Libertario Cubano en el exilio
(MLC), por un grupo de anarquistas cubanos exilados en esa ciudad. Por
esas mismas fechas y con el mismo propósito, se organizó
en Florida otro grupo de anarquistas cubanos que fue conocido como la
Delegación General. La llamada Sección de Nueva York,
casi todos anarcosindicalistas procedentes del Sindicato Gastronómico,
estableció los primeros contactos con los anarquistas españoles
radicados en Boston, a través del compañero Gómez,
agrupados en el Club Aurora. También por aquellos años
se hizo contacto con otro grupo de compañeros españoles
en Nueva York orientados por J. González Malo, alrededor de un
antiguo vocero ácrata, Cultura Proletaria, con los cuales se
inició una relación solidaria.
Pero, sin lugar a dudas, la cooperación y la solidaridad que
principalmente recibió el Movimiento Libertario Cubano, procedía
del grupo anarquista llamado Libertarian League (Liga Libertaria), orientados
por Sam Dolgoff y Russell Blackweil. Este último combatiente
en la Guerra Civil española y con un notable reconocimiento dentro
del anarquismo norteamericano, a pesar, o quizás por eso mismo,
de su procedencia trotskista. Sam Dolgoff, era en esos momentos una
de las figuras más respetadas en los medios ácratas de
Norteamérica y poseía una larga trayectoria revolucionaria,
además de ejercer gran influencia dentro de la llamada izquierda
norteamericana. Siempre a su lado y a veces al frente, no podemos olvidar
a su compañera Esther Dolgoff, mujer dedicada desde su juventud
a la lucha social y a la libertad del proletariado en los EE.UU. En
este grupo, además colaboraba Abe Bluestein, otra figura que
también se identificó con los cubanos. Este sector anarquista
había fundado en 1954 la citada Liga Libertaria, y tenía
como vocero un boletín llamado Views and Comments. Sin la colaboración
de todos los componentes de esta asociación anarquista, la labor
de los anarquistas cubanos hubiera sido mucho más difícil.
En agosto de 1960 se había publicado en
Santiago de Chile un panfleto de 16 páginas firmado por la Federación
Anarquista Internacional, titulado Manifiesto de los anarquistas de
Chile sobre la Revolución Cubana ante los imperialismos yanqui
y ruso, donde denunciaba el castrismo por primera vez a nivel hemisférico
y que coincidía plenamente con el documento que se había
originado en La Habana publicado por los libertarios. Este trabajo,
que es poco conocido debido a la pobre distribución que tuvo
y al sabotaje de que fue víctima por parte de los leninistas
chilenos, ya dejaba aclarada la posición de los anarquistas con
respecto al castrismo. El Manifiesto quedó enterrado en las sombras
del misterio.

Condenados a penas de 20 años se encontraban
presos en las cárceles cubanas, Isidro Moscú y Plácido
Méndez. Suria Linsuaín, cumplía una condena menor,
pero su hermano Luis estaba condenado a muerte por tratar de ejecutar
a Raúl Castro. Mientras se ayuda a los primeros, el MLCE acordó
movilizar la opinión anarquista internacional para salvarle la
vida a Luis, por todo lo cual se activó la solidaridad internacional.
Por su parte, los miembros del MLC(e) en
1962, iniciaron su campaña propagandística con la publicación
de un Boletín de Información Libertaria (BIL), recibiendo
la solidaridad más desinteresada y espontánea a su causa
por parte de Views and Comments, en Nueva York, y el apoyo de la Federación
Libertaria Argentina por un acuerdo de su V Congreso celebrado en Buenos
Aires, con su órgano de información Acción Libertaria.
Tanto los compañeros argentinos como los norteamericanos respondieron
desde el primer momento al reclamo de los anarquistas cubanos exiliados
y nunca les faltó a éstos, durante todos los años
difíciles por venir, ese apoyo solidario. Poco después
mostrarían su solidaridad l@s compañer@s de la CNT-FAI
y un sin fin de federaciones, agrupaciones y colectivos anarquistas
alrededor del mundo.
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