Otra
Cuba es posible. Una respuesta libertaria a Diego Farpón
El Movimiento Libertario Cubano responde al intento
de justificar al régimen castrista en base a una fraudulenta
interpretación de autores y propuestas anarquistas.
Luego de 46 años, 9 meses, 4 días y algunas horas de irrefutable
apostolado por parte de Fidel Castro y su séquito cubano y ecuménico
de incondicionales seguidores, deberíamos estar curados de espanto
y sobradamente convencidos de que ya habíamos escuchado prácticamente
todas las devotas sandeces que había para escuchar. ¡Pero
no!: así como persisten sin solución de continuidad los
cultos a las vírgenes de Guadalupe, de Regla, del Socavón
o de Caacupé, también se mantiene -algo desvencijada y
mohosa con el paso del tiempo y de los acontecimientos, pero mantenida
al fin- la muy poco ingeniosa costumbre de producir rezos "nuevos"
y plañideras letanías mirando a La Habana, ya que no a
La Meca. Es así que el último 5 de octubre le tocó
el turno a Diego Farpón, notorio militante de Corriente Roja,
quien seguramente resolvió resarcirse de las frustraciones contumaces
que le produjeron el Partido Comunista Español e Izquierda Unida,
dedicando parte de su valioso tiempo a propinarnos a los anarquistas
-siempre refractarios, poco crédulos y agudamente críticos
respecto al gobierno cubano como a cualquier otro gobierno- una rotunda
"lección" de cultura pretendidamente revolucionaria.
Su texto más reciente -Hay otro mundo posible: Cuba-, publicado
originalmente en la página web de Kaos en la Red el 5 de octubre
y recogido dos días después en La Haine, parece que estuviera
especialmente dirigido a persuadirnos de nuestros repetidos errores
y se ha hecho ampliamente acreedor a una respuesta inmediata; respuesta
ésta que, además, quiere ser de especial reconocimiento
a la actitud digna y solidaria demostrada por los compañeros
de la CNT de Salamanca, en quienes, probablemente, Diego Farpón
haya encontrado su más directa inspiración.
Diego Farpón organiza sus notas siguiendo un procedimiento que
se ha vuelto habitual: "Aquellos que critican a Cuba desde el sectarismo,
el dogmatismo y la información que les da el capitalismo cada
día, por ateos, por materialistas o por anarquistas que se digan,
razonan exactamente como razonaban los padres de la Iglesia o los fundadores
del budismo, usando palabras de Kropotkin". Y es por eso que las
encabeza trazando a ritmo de vértigo el campo más conveniente
a sus intereses con una frase de Daniel Guerin, cuarentona, desgajada
de su contexto y largamente pasada de moda: "Al quemar etapas,
Cuba se inscribe, desde luego que quizá sin saberlo, en la línea
del comunismo libertario de Kropotkin". Es decir; para Diego Farpón
hay dos clases de anarquistas: los primeros son sectarios, dogmáticos,
budistas y, por añadidura, refuerzan sus convicciones ideológicas
leyendo informes del Pentágono; mientras que los segundos -los
"verdaderos" anarquistas- se han percatado con impar lucidez
que el gobierno cubano ¡se inscribe en la línea del comunismo
libertario!; incluso aunque ese mismo gobierno no lo sepa y tampoco
muestre mayores indicios de querer "inscribirse" en él.
En otras palabras: los "verdaderos" anarquistas piensan lo
mismo que Diego Farpón y se los verá en actitud juiciosa,
serena y condescendiente respecto al gobierno cubano, al tiempo que
los otros sólo serán acreedores a una ejemplarizante lección
de ciencia política que inmediatamente nos dará este kropotkiniano
de última generación.
Dejemos de lado, por harto sabida y compartible, su descripción
del desguace neoliberal de los Estados benefactores y vayamos directamente
al núcleo que más nos atañe de los divagues farponianos.
Diego comienza con un guiño bakuninista: "El Estado es la
negación de la humanidad, decía Bakunin, y, desde luego,
razón no le faltaba". Más aún, pese a advertirnos,
en un momento especialmente intrépido de su desarrollo teórico,
que "mucho ha ocurrido desde entonces", luego nos dice que
"el tiempo, juez insobornable, no tardaría en darle la razón
a Bakunin" en lo que al Estado soviético respecta. Pero
Farpón no se detiene demasiado en estos halagos y en un santiamén
acaba mostrando las patas de la sota: "Cuba no es un estado a la
vieja usanza. Ni a la moderna, porque hoy como ayer los estados sólo
si rven a los intereses de las clases dominantes. Cuba no es como el
resto de estados, en los que los más poderosos son los beneficiados
por el sistema. Cuba ha demostrado que otro tipo de estado es posible:
un estado que defienda a los débiles, a los trabajadores, que
somos quienes lo necesitamos. No nos confundamos: necesitamos este tipo
de estados, no los tradicionales". Y remata estos exabruptos con
un final a toda orquesta: "Es Cuba, como decía Guérin,
quien contribuye a la formación de una mentalidad comunista,
de un hombre nuevo liberado de la mentalidad de la economía mercantil.
Bakunin, a buen seguro, tomaría buena nota de esta experiencia
y no tiraría piedras contra esta Cuba. No al menos para hundirla".
Sépanlo, pues, anarquistas de aquí y de allá: si
Bakunin viviera, estaría afiliado al Partido Comunista cubano
o habría abdicado de sus antiguas convicciones o contemplaría
perplejo la primera y más prodigiosa excepción a la lógica
estatista.
Conviene analizar estas afirmaciones de Farpón con especial detenimiento.
Por un lado, es importante reconocer que, efectivamente, no todos los
Estados son iguales: los hay grandes y pequeños, tradicionales
y modernos, débiles y poderosos, burgueses y "proletarios"
y también multi-étnicos, liberales, fascistas, benefactores,
pastoriles, burocráticos, "democráticos", totalitarios,
belicistas, neutrales, monárquicos, republicanos, laicos, integristas,
etc., etc. No alcanza, entonces, con localizar la existencia de un Estado
para saber con entera certeza cuál habrá de ser la dinámica
política que tiene lugar en su seno. Pero sí es posible
contar con la seguridad más completa de que, sea cual sea la
adjetivación del Estado en cuestión, estaremos en presencia
de una estructura jerárquica compleja, de una distribución
asimétrica de poder altamente codificada y de un conjunto de
posiciones institucionalizadas de dominación; precisamente por
cuanto ello es la definición misma del Estado. Y a tal punto
lo es que, sin perjuicio de las muchas diferencias que siempre es preciso
distinguir, esas características se encuentran en la Rusia de
los zares, en la de Lenin, en la de Yeltsin y en la de Putin; y también,
por supuesto -aunque para admitirlo haya que dejar las mitografías
a un lado-, en la Cuba de Machado, en la de Prío Socarrás,
en la de Batista y en la de Fidel Castro. Es por eso que las revoluciones
en serio sólo pueden estar animadas, sin excepción alguna,
desde fuera del Estado y es por eso que dejan de ser revoluciones cuando
quedan amarradas al mismo.
Tal como Diego Farpón lo reconoce, Bakunin tenía razón
respecto a estas cosas en 1872, cuando la división de la 1ª.
Internacional; pero lo más interesante es concluir que esas razones
siguen siendo perfectamente válidas en este triste año
2005. Sólo con un muy alto grado de exaltación religiosa
es posible sostener que "Cuba ha demostrado que otro tipo de estado
es posible": como si Cuba fuera una suerte de Estado mágico;
una excepción mayúscula entre todas las excepciones producidas
y por producir; un territorio de fábulas, mitos e irracionalidades
donde todos los conceptos habrían de encontrar el sublime momento
de su interrupción.
Y, sin embargo, por mucho que la fe lo espere en pleno éxtasis
“revolucionario”, las excepciones no acaban de aparecer.
El gobierno cubano, a través de la propaganda oficial, podrá
seguir insistiendo hasta las calendas griegas en su fraudulenta identificación
entre el Estado, el pueblo, la revolución y Fidel Castro, pero
ello no empaña en absoluto la imperiosa necesidad del pensamiento
crítico por discernir meticulosamente entre cada una de esas
instancias y las condiciones en que se desenvuelven. El Estado cubano
podrá mostrar mayor preocupación que otros por la salud,
la educación, la alimentación y la vivienda de sus habitantes
pero eso no puede impedir la rigurosa constatación de que las
prestaciones de esas necesidades básicas están muy venidas
a menos y tampoco que las mismas se satisfacen antes y en muy superiores
niveles de calidad cuando se trata de la clase dominante y no del pueblo
llano. El gobierno cubano podrá seguir haciendo gárgaras
sobre la soberanía, la independencia y la dignidad "nacional"
pero nada de eso ocultará su fenomenal ineficacia en la materia,
la existencia del viejo subsidio soviético y del actual subsidio
venezolano o el hecho de que buena parte de su respiración se
explica, entre otras cosas, por las remesas de divisas desde el exterior
o por su apertura a la inversión extranjera directa que hoy se
compone, según datos oficiales, de 392 empresas transnacionales.
Diego Farpón seguirá fantaseando las cosas que se le antojen
y perorando respecto a Cuba como "ejemplo" y como "modelo"
que, además, ha hecho "imposible la explotación de
algún trabajador", pero nada de eso quita que los trabajadores
cubanos estén sujetos a penosísimas condiciones, a salarios
misérrimos y a un estado de radical ajenidad respecto a las decisiones
productivas. ¿O acaso el buen Diego ignora que el gobierno cubano
ha hecho una opción definitiva e inmodificable por la planificación
centralizada y por la hegemonía buro-tecnocrática, militar
y caudillista en detrimento de las alternativas autogestionarias? Diego
Farpón continuará sosteniendo cosas como ésta:
"Cuba, desde luego, no es el fin, pero es un camino al socialismo.
Y, de momento, el único camino que ha demostrado ser viable"
. Pero habrá de esperar otros 46 años, 9 meses, 4 días
y algunas horas y sólo podrá percatarse que el camino
recorrido y caprichosamente confirmado conduce a cualquier parte menos
a una sociedad socialista. ¿O es que el ferviente y confiado
Farpón jamás se dará cuenta que no hay ningún
camino de construcción socialista hasta tanto no se erradiquen
las nociones "vanguardistas", el exclusivismo partidario y
las estrategias estatales de represión y coacción?
Diego Farpón no se percata en ningún momento que, si de
Cuba se trata, es necesario recurrir a la realidad y no de proceder
a un etéreo ejercicio nostágico que invoca una revolución
desviada de sus objetivos originales por el monopolio partidario y caudillista
y extraviada hace rato largo en los laberintos estatales. ¿Cómo
es posible que trate de "dogmáticos" y "sectarios"
a los críticos en profundidad y no a la organización estatal
sobre la cual esas críticas recaen? Por lo visto, Diego Farpón
no considera que dogmático es construir un Estado guiado, según
el propio preámbulo constitucional, por una concepción
teórica determinada; lo cual, directa e indirectamente, equivale
a estrechar el debate de ideas a través de un régimen
cerrado de producción de verdades indiscutibles. Por lo visto,
Diego Farpón tampoco considera que sectario es aquel que elimina
primero e impide después toda forma de organización autónoma
y fuera de su control; estableciendo por los siglos de los siglos que
el partido único es la "vanguardia organizada de la nación
cubana" y "la fuerza dirigente superior de la sociedad y del
Estado". ¿Quiénes son, entonces, los dogmáticos
y los sectarios? ¿Será que en Cuba, y solamente en Cuba,
los presos se confinan voluntariamente y los carceleros son víctimas
de la situación? ¿Acaso Farpón nos está
proponiendo discutir en el mundo del revés, allí donde
las palabras significan exactamente lo contrario de lo que pretenden
significar?
De nuestra parte, es claro que no aceptamos ser encerrados en ese corral
de ramas. No somos budistas ni confiamos nuestro futuro a los padres
de la iglesia: somos anarquistas y, precisamente por eso, estamos radicalmente
convencidos que la revolución cubana no es un objeto de culto
a mistificar ni la identificamos con la estructura estatal en la que
ha desembocado de mucho tiempo a esta parte; sino que, al contrario,
es para nosotros un movimiento social a recuperar y un conjunto de pasiones
a desatar desde ahora mismo. No creemos en los "comandantes"
ni en los "jefes", por muy iluminados que se pretendan a sí
mismos y por mucho que hayan sido ungidos como tales por su grey de
creyentes cosmopolitas; sino que, de modo bien distinto, depositamos
nuestras esperanzas en la autonomía de las gentes más
humildes y de las organizaciones que libremente sepan darse en su empuje
emancipatorio. Y, naturalmente, no olvidamos, como le preocupa a Farpón,
"la presión exterior, la influencia del mundo capitalista
y de los estadounidenses". Las conocemos de sobra y en carne propia
así como conocemos el desgaste interior de la burocracia y sus
específicas formas de explotación capitalista, "tan
cubanas como las palmas". No queremos para Cuba el futuro de Rumania,
de Polonia o de Nicaragua pero tampoco el de China, Vietnam o Corea
del Norte: lo que sí queremos -aunque Diego Farpón quede
por el camino- es transitar junto al pueblo cubano y al resto de los
pueblos del mundo por el ancho cauce del socialismo, que es uno y el
mismo que el ancho cauce de la libertad.
octubre 2005
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