Cuba: El curso de una transición incierta
Haroldo Dilla

Con el aplauso de tecnócratas y empresarios, el gobierno cubano impulsa como su acción priorizada lo que se ha denominado la reforma económica. No fue una decisión entre muchas otras opciones. La desintegración del bloque económico Este-europeo y posteriormente de la URSS, significó un golpe severo para la economía nacional. En tal situación el habitual sentimiento antimercantil de la dirigencia política cubana comenzó a ceder espacio a la aceptación pragmática de una cadena de realidades: Cuba tenía que insertarse en el mercado mundial capitalista, hacerlo sobre bases estrictamente competitivas, y para ello requería reestructurar muchos fundamentos de su organización económica y social. En un memorable discurso el 26 de julio de 1993, el presidente cubano reconoció las limitaciones del programa inmediato: conservar las conquistas revolucionarias y esperar mejores tiempos para continuar la construcción socialista.

Aun cuando salpicado de trabas burocráticas y no pocas contramarchas, el proceso de liberalización y ajuste económicos muestra un ritmo sorprendente. La dirigencia política cubana ha proclamado reiteradas veces los logros de su política aperturista en este duro periodo. En primer lugar, ha logrado detener la catastrófica caída de la economía y obtener desde 1995 algunos niveles de crecimiento cuya acumulación es estimada en algo más del 12 por ciento. Hay que reconocer que con ello se cerró el camino a una aspiración de la ultraderecha americana y sus asociados de Miami: una marcha "versallesca" sobre una revolución colapsada económicamente.

Si tomamos en consideración que esos resultados han sido obtenidos en medio de una fuerte confrontación con Estados Unidos, cuyos bloqueo económico y política injerencista han sido catalizadores de la crisis, entonces habría que otorgar a este resultado un significado histórico nacional e internacional.

En segundo lugar, se argumenta oficialmente, la recuperación se ha logrado sin recurrir a la ortodoxia neoliberal; sin sacrificar los programas de salud pública, educación y seguridad social, cuyos presupuestos se han mantenido estables o han crecido (hasta abarcar en conjunto cerca del 60 por ciento del presupuesto nacional); y reservando un papel relevante al Estado. Ello es también un mérito reconocible que habla del compromiso social del programa de la revolución. Pero evidentemente quedan en pie preguntas claves para cualquier observador u observadora situados en la izquierda política y convencidos de la trascendencia del legado revolucionario cubano.

El proceso de liberalización y ajustes económicos en Cuba difiere de los procesos en curso en América Latina no solamente por los argumentos antes apuntados, sino porque en el primer caso no se trata de una simple variación de un código operacional capitalista, sino de la reestructuración radical de la economía política, de los modos de regulación social y de la producción ideológico-cultural prevalecientes en decenios anteriores. Aquí se advierte un signo de transformación cualitativa de gran trascendencia: la paulatina colonización mercantil de los ámbitos de acción social con el consiguiente planteamiento de retos multidimensionales que atañen al tema central de la política: la distribución del poder. Si partimos de la verdad axiomática de que la combinación de antimperialismo militante con servicios sociales gratuitos no es igual a socialismo, entonces cabe la pregunta acerca de la magnitud de estos cambios sistémicos, en una primera instancia en el plano social (y más específicamente socioclasista), y luego en la rearticulación total de la política.

Una idea central que anima este artículo es que la reforma está produciendo una recomposición socioclasista en función de un bloque tecnocrático-empresarial emergente y en detrimento de las posiciones de los sectores populares. Esta tendencia, que conduce a una restauración capitalista en el país (en nombre del socialismo y bajo la administración del Partido Comunista) no es inexorable. Por ello, otra idea central es que existen vías alternativas para la continuidad socialista, inseparables de la articulación de la agenda revolucionaria cubana con un proyecto alternativo de izquierda a escala internacional, lo que implicaría una renovación muy sustancial del sistema político en función de un genuino poder popular.


El escenario precedente: la utopía subsidiada
La dinámica de la sociedad cubana entre 1959 y 1989 estuvo dominada por dos tendencias contradictorias: la nivelación y la movilidad sociales. La primera tendencia fue dominante en los primeros años y tuvo su punto de partida en el radicalismo del hecho revolucionario, que condujo a la virtual liquidación de los sectores burgueses y de buena parte de la clase media, los cuales emigraron o experimentaron un proceso de proletarización. La sociedad fue paulatinamente organizándose en torno al predominio de formas sociales y estatales de propiedad de los medios de producción. Al mismo tiempo, esta nivelación social fue acompañada de un proceso de movilidad ascendente de las mayorías (particularmente fuerte desde mediados de los setenta), apoyado en programas estatales de provisión de empleos y de servicios sociales.

Esta intensa movilidad social, aun cuando conducía a una diferenciación objetiva de los sujetos, no repercutió proporcionalmente en un autorreconocimiento de las identidades sectoriales, lo cual estaba condicionado por diversos factores que tendían a enfatizar el concepto de "pueblo" como vehículo sociopolítico de la transformación social y la defensa nacional. El sistema político dio cuenta de esta situación mediante su adscripción al modelo leninista de organizaciones sectoriales que actuaban como "correas de transmisión" entre la totalidad de la población y la "vanguardia" organizada en el Partido Comunista. El resultado no pudo ser otro que una severa concentración de la autoridad política.

Este último dato se apoyaba en las capacidades de la clase política revolucionaria para ejercer la regulación social en condiciones cuasi monopólicas al menos en tres sentidos: ante todo, en el ejercicio de la asignación de recursos a través de una planificación centralizada, directiva y singular, que se vio potenciada por la entrada de Cuba en el bloque económico soviético a principios de los setentas. A partir de entonces (y hasta 1987), la economía cubana conoció un proceso de crecimiento extensivo con recursos relativamente abundantes y en el marco de una economía política marcada por una producción poco exigente, una distribución equitativa y un consumo subsidiado.

En un segundo plano, el modelo leninista de organización política -lubricado por un fuerte consenso político- se constituía en un firme mecanismo de control político, no sólo en lo relacionado con la represión de las tendencias antisistema (realmente poco relevantes desde principios de los sesenta), sino en su prevención, en la movilización popular y en la socialización de valores y conductas políticas.

En tercer lugar, y no por ello menos importante, habría que destacar la capacidad del liderazgo político para producir una ideología creíble y legitimadora, que operaba como una suerte de paradigma teleológico, tanto respecto a sus referentes internos como externos. Se trataba de una ideología segura que dejaba muy poco espacio a la incertidumbre acerca de la triple interpelación sobre lo existente, lo mejor y lo posible; coherente, dada la estrecha interrelación entre las percepciones de las realidades cotidianas emanadas del entramado social y el discurso institucionalizado y también accesible al ciudadano común en la medida en que compartía valores muy caros a la cultura política nacional que enfatizaban los principios éticos como rectores de la política, el patriotismo, el internacionalismo, la equidad social, etc. El capitalismo, junto a todas sus categorías orgánicas (burguesía, consumismo, desigualdad, mercado, etcétera.) fue duramente anatematizado y considerado como parte de un pasado que no tendría una segunda oportunidad.

Sin embargo, este esquema contenía en sí serias contradicciones emanadas de sus propósitos declarados de socialización del poder y su apropiación paulatina por una capa burocrática emergente durante los sesenta y definitivamente consolidada en el decenio siguiente a la sombra del llamado proceso de institucionalización. En términos sistémicos, la consolidación del estamento burocrático sólo pudo conseguirse al precio de la extensión de las relaciones clientelistas-paternalistas, la detención del proceso de socialización del poder y por consiguiente el congelamiento del desarrollo socialista del proyecto. [1]

La historia se ha ocupado de mostrar tanto las virtudes como los inconvenientes de este tipo de ordenamiento de la regulación sociopolítica. Mientras se trató de una sociedad con un bajo nivel de lo que Giddens ha denominado "universalización y reflexividad social" [2], este esquema de regulación política funcionó con eficacia: permitió enfrentar con éxito el peligro externo representado verazmente por la agresividad norteamericana, facilitó la movilización y distribución equitativa de los recursos disponibles, promovió una cultura política solidaria y un vasto entramado de participación y movilización popular, entre otros. Pero sus propios logros iban tejiendo su obsolescencia, particularmente cuando la movilidad y la alta calificación del sujeto social comenzó a chocar con la rigidez de los mecanismos de control sociopolítico, lo que tendía a producir disfuncionalidades tales como la apatía y la anomia políticas.

La reforma económica se ha encargado del resto. El mercado, actor discreto en los decenios precedentes, comenzó a jugar un papel más distinguido en la asignación de recursos y la distribución del magro excedente y, por consiguiente en la remodelación de las relaciones de poder. Así los cubanos comunes empezaron a notar con asombro que el futuro no era tan seguro como durante muchos años se había explicado en el discurso oficial.


Entre compañeros e inversionistas: sociedad, política y relaciones de poder
Una de las constantes del discurso oficial cubano ha sido, por un lado, aceptar la conveniencia de renovar periódicamente las estructuras políticas y por otro, acotar las dimensiones de estos cambios a una serie de factores que van desde la inviolabilidad de algunos preceptos -por ejemplo el monopartidismo- hasta el rechazo frontal a toda modificación inducida por presiones externas.
Este último dato es perfectamente comprensible si tenemos en cuenta la pretensión norteamericana de modificar el sistema político cubano hasta el punto que le permita recuperar su papel de actor interno decisivo en los asuntos domésticos.


Los ecos debilitados de un debate
La necesidad de recuperar espacios de consenso y de reforzar la legitimidad del régimen fue percibida por la clase política como una tarea impostergable en vísperas del IV Congreso del Partido Comunista programado para 1991. En consecuencia, el partido produjo una convocatoria a una discusión pública y, durante varios meses, la sociedad cubana vivió el debate público más libre y democrático de su historia. Millones de personas en decenas de miles de lugares (escuelas, centros laborales, comunidades) ejercieron su derecho a la crítica, a la propuesta de soluciones o sencillamente a la deliberación sobre temas que iban desde la vida cotidiana hasta la alta política.
Los resultados de esos debates nunca fueron publicados, pero los diferentes informes y observaciones realizados daban cuenta de un debate que sugería una profunda renovación sistémica en el marco de un compromiso fundamental con las metas socialistas y de independencia nacional. La clase política cubana tenía ante sí un stock informativo suficiente para pulsar el estado de ánimo, las aspiraciones y los puntos de vista de la mayor parte de la población.

Los cambios políticos producidos en los dos años siguientes (1991-1992) trataron de tomar en cuenta estas demandas, pero las acciones emprendidas iban a resultar una suerte de eco debilitado respecto a la intensidad de los debates precedentes. Lo que algunos sectores habían previsto como el auspicioso inicio de la construcción de una democracia pluralista y participativa que diera respuesta política a las nuevas condiciones sociales en función de la continuidad socialista, fue limitado a una serie de cambios puntuales más interesados en la gobernabilidad que en la democracia.

El asunto es harto complejo y peligroso políticamente. No se trata simplemente de evaluar hasta dónde los cambios operados en el sistema político formal son más o menos democráticos. De lo que se trata es de calibrar sus cualidades a partir del reconocimiento de que la política en Cuba cambia a un ritmo vertiginoso aun cuando no se exprese en el ámbito formal, y de que la gobernabilidad que se pretende garantizar se remite crecientemente a una fuerte alteración de las relaciones de poder orgánica al nuevo modelo de acumulación.

Dicho en otras palabras, si la política no es solamente -ni siquiera principalmente- una cuestión institucional o normativa, sino sobre todo -siguiendo una definición de Held 3- la interacción de los actores y sujetos por el control de los mecanismos de asignación de recursos y valores, entonces es posible afirmar que la política en Cuba comienza a sufrir un deslizamiento paulatino en función de las exigencias del nuevo modelo de acumulación cuya expresión más nítida se da en la reconformación de las redes sociales de poder y por consiguiente, los cambios formales que pueden realizarse hoy serán muy diferentes a los que puedan realizarse en lo futuro, cuando la correlación de poderes haya variado significativamente.

Un breve análisis del proceso de reconfiguración social indicaría una doble tendencia al fortalecimiento de un bloque tecnocrático empresarial vinculado ventajosamente al mercado y con posibilidades de erigirse en bloque social hegemónico, y, al mismo tiempo, la fragmentación y debilitamiento de los sectores populares [4].


El reciclaje de las élites
Desde la óptica que aquí nos ocupa, el resultado social más sobresaliente del proceso de apertura y reforma económica ha sido la incipiente conformación de un nuevo bloque social, que aquí denominaremos "tecnocrático-empresarial" y en el cual es posible distinguir tres componentes fundamentales.

Un primer componente de este bloque emergente está ubicado en el ámbito de la inversión extranjera. En la misma medida en que se trata regularmente de asociaciones con el Estado, este sector está estrechamente relacionado con una capa de empresarios y gerentes nacionales que comparten experiencias vitales, modos de vida y aspiraciones sustancialmente diferentes del resto de la población.

El segundo componente de este bloque emergente estaría formado por los directivos de las empresas estatales que han logrado posiciones ventajosas en el mercado mundial y, por consiguiente, cuotas superiores de autonomía. Estas nuevas atribuciones son incompatibles con la tradicional figura del administrador de bienes públicos en el marco de la economía centralmente planificada, siempre encerrado en la trágica triada del no saber, no poder o no querer. En su lugar, emerge un nuevo tipo de empresario nacional, más preocupado por la maximización de ganancias que por otras consideraciones políticas. El número de empresas ubicadas en este rango también deberá seguir aumentando con el transcurso de la reforma.

Un tercer componente (potencial) de este bloque está representado por aquellas personas (campesinos acomodados, intermediarios comerciales, proveedores de servicios, etcétera.) que han atesorado fuertes sumas monetarias y otros bienes mediante la especulación en el mercado negro, frecuentemente a expensas de los recursos estatales. Dado que la mayor parte de estas fortunas tiene un origen ilícito, es imposible cuantificar su potencial económico. Pero es posible acercarnos a su dimensión a través del análisis de la estructura de las cuentas corrientes, donde se deposita aproximadamente el 60 por ciento del total de la liquidez monetaria y que ha presentado en los últimos años una preocupante tendencia a la concentración.

Con las acciones de liberalización en los mercados agropecuarios y de productos industriales, así como con la apertura del trabajo por cuenta propia, este sector no sólo ha incrementado y "blanqueado" sus fortunas, sino también ha ganado un mayor control de los circuitos de circulación y realización del mercado interno. En un futuro no lejano, este sector tendrá un rol inversionista en la pequeña y mediana empresa y en contrataciones con el sector formal de la economía, lo que le ampliará sus posibilidades de acumulación.

Como el lector podrá fácilmente suponer estos grupos, y particularmente los dos primeros provienen de la propia burocracia tradicional -sea civil o militar- y sus familias, y pertenecen a ellos jóvenes tecnócratas aupados por estas políticas en curso. Incluso en el tercer grupo es posible hallar una fuerte conexión entre los negocios privados más prósperos -restaurantes y arriendos de habitaciones para turistas- y altos burócratas retirados o sus familiares, pues en última instancia estos negocios requieren viviendas confortables y ubicadas en lugares céntricos que habían sido adjudicadas por el Estado a este tipo de personas en tiempos anteriores. Con seguridad, Pareto se hubiera sentido plenamente confirmado.


La fragmentación de los sectores populares
Antes de 1989, los sectores trabajadores cubanos eran una masa relativamente homogénea. En este último año, el 94 por ciento de la fuerza de trabajo empleada en el sector civil (3.5 millones de personas) se componía de asalariados de la economía estatal, organizados sindicalmente en su inmensa mayoría y amparados por un código del trabajo muy paternalista. Los trabajadores por cuenta propia eran unos pocos miles y el campesinado independiente o cooperativo era numéricamente exiguo y sufría una reducción paulatina. La crisis y el proceso de ajuste y liberalización han ido cambiando sustancialmente este escenario.

En primer lugar, habría que anotar su efecto sobre los sectores asalariados y en particular sobre la clase obrera. Estos sectores sufren una reducción absoluta de sus efectivos, como consecuencia de la apertura de nuevas oportunidades de empleos más lucrativos en el sector privado o cooperativo y del propio proceso de reducción del empleo supernumerario en las empresas estatales. En 1996, este sector reunía el 78 por ciento de la PEA, un 16 por ciento menos que ocho años atrás.

No menos notable ha sido su debilitamiento económico como consecuencia de la dolarización de los precios de una parte sustancial de los bienes de consumo y servicios económicos y de la permanencia de salarios diseñados para un consumo subsidiado. En este sentido, los sectores asalariados estatales se encuentran sometidos a un régimen de super-explotación en la misma medida en que el precio de la fuerza de trabajo es inferior al costo de su reproducción. Según cálculos no oficiales [5], una familia cubana de cuatro miembros, en la que al menos dos personas trabajen y reciban el salario medio, requeriría el doble del ingreso monetario percibido para garantizar un consumo mínimo de alimentos, productos higiénicos y servicios comerciales.

En la vida real, esta situación es paliada de diferentes maneras. Cerca del 20 por ciento de los asalariados, ubicados en áreas privilegiadas por la nueva dinámica económica (turismo, tecnologías de punta, industrias exportadoras), recibe ingresos monetarios o en especie adicionales al salario oficial, lo que estaría generando una virtual remodelación de la clase obrera y asalariados en general por el capital internacional. En otros casos, estos mismos trabajadores han logrado insertarse en las actividades cuentapropistas, sea de manera formal (cerca de un 26 por ciento de las licencias expedidas en 1996 correspondían a trabajadores estatales) o de manera informal. Pero también es frecuente la recurrencia a otros expedientes no ligados al trabajo, con la consiguiente proliferación de actitudes anómicas. Un caso de esta naturaleza sería la obtención de ayuda económica de familiares emigrados. Otro, no menos relevante, sería la corrupción. Es innecesario detenernos en evaluar las implicaciones éticas e ideológicas de estos modos de supervivencia.

Otra tendencia social significativa es la proliferación de sectores de productores cooperativos e individuales no asalariados. En un primer plano, vale destacar la situación de los pequeños campesinos individuales y de productores agrícolas asociados en cooperativas que por diversas razones no han logrado un nivel alto de atesoramiento. Como antes anotábamos, estos sectores habían experimentado una gradual disminución absoluta desde el triunfo revolucionario, de manera que si en 1970 constituían el 11 por ciento de los empleados en el sector civil, en 1989 eran sólo el 5 por ciento. Con la creación en 1993 de las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC), esta situación experimentó una dramática reversión y, aunque no existen estadísticas oficiales, se calcula que cerca de 300,000 personas han engrosado el sector de cooperativistas agrícolas y están a cargo del 30 por ciento de la tierra agrícola. Otras 50,000 personas habían recibido tierras a título individual [6].

Otro sector que ha mostrado una considerable expansión ha sido el trabajo por cuenta propia principalmente en las áreas urbanas. El trabajo por cuenta propia no era desconocido por la sociedad cubana. En los setenta este tipo de actividad había logrado cierto nivel de expansión que fue suprimido entre 1986 y 1989 cuando el llamado proceso de rectificación lo consideró indeseable para los fines socialistas. En el verano de 1993, el trabajo por cuenta propia fue nuevamente rehabilitado como una forma de generar puestos de trabajo y limitar los alcances del mercado negro. Aunque en el llamado "cuentapropismo" se esconden verdaderas fortunas que han logrado las mejores posiciones y afrontar con éxito la escalada impositiva del gobierno, la inmensa mayoría de los negocios amparados bajo esta ley está formada por pequeñas unidades individuales o familiares cuyos ingresos netos, aun cuando superan a los percibidos por la mayoría de los trabajadores del sector formal, no permiten una base para la acumulación.

Por último, la sociedad cubana comienza a transitar desde una situación de pleno empleo (legítimamente considerada como una conquista revolucionaria aun cuando fuese al precio de una notable ineficiencia económica) a otra en que el desempleo se convierte en un rasgo estructural.


Repensar el futuro desde la izquierda
Repensar al futuro cubano desde una perspectiva de izquierda es una necesidad que rebasa al marco nacional. La resistencia del pueblo cubano en pos de su independencia nacional y de sus conquistas sociales despierta la admiración del mundo entero y vertebra un movimiento solidario de gran significado moral y político. La intransigencia antimperialista de su liderazgo histórico no es menos digna de reconocimiento. Para todos, esto es muy importante, pero no suficiente.

Cuba ofrece otra oportunidad: la de ser un componente de un proyecto anticapitalista en formación que aun cuando tenga diferentes concreciones nacionales, sólo podrá ser viable a escala internacional. Pero para serlo, Cuba requiere no solamente salvaguardar las conquistas sociales y la independencia, sino sobre todo continuar avanzando en la gestación de un nuevo concepto del desarrollo y de la política y en el establecimiento de un genuino poder popular, democrático y pluralista.

No faltan reservas a la sociedad cubana: un entramado fuerte de participación popular, una cultura política permeada por el sentido de la solidaridad y la cooperación, un sujeto social educado y portador de valores orgánicos a la meta socialista y segmentos importantes de una clase política dotada del sentido de la responsabilidad y de una alta sensibilidad social. Tampoco faltan obstáculos, los más importantes de los cuales son precisamente las condiciones especialmente difíciles que el país enfrenta para su recuperación económica y la abrumadora asimetría de capacidades frente al mercado mundial capitalista, todo ello agudizado por el efecto del inmoral bloqueo norteamericano no sólo sobre la economía sino también sobre la política.

Certificada la inviabilidad de la autarquía, la inserción de Cuba en el mercado mundial capitalista es una condición indispensable para la supervivencia nacional. Esto no implica la aceptación fatalista de las reglas de juego de la llamada globalización y mucho menos que sea imposible encontrar sendas alternativas que modifiquen sustancialmente los escenarios existentes. Pero un juicio realista no podría obviar que cualesquiera que fuesen las prevenciones adoptadas, esta inserción produce un cambio dramático en las relaciones de poder y del código operacional del Estado en función del proceso de acumulación.

Esta línea de análisis nos conduce a la necesidad de un rediseño de la política que debe estar animada por tres principios medulares, contradictorios pero no excluyentes. En primer lugar, debe garantizar la unidad de la nación frente a la injerencia imperialista. En segundo lugar, debe fortalecer al sujeto popular y a sus organizaciones, entendiendo la complejidad creciente de aquél. En tercer lugar, debe dar cuenta de la diversidad social sobre la base de la hegemonía popular y de la subordinación negociada de los sectores emergentes no incluibles en este rubro. Se trataría, en resumen, de un paradigma de la política socialista que reconozca la existencia de las contradicciones y los conflictos en una sociedad compleja, y provea los mecanismos para sus soluciones de manera democrática en beneficio de la hegemonía popular y la independencia nacional.


Hacia un nuevo asociacionismo
El fortalecimiento del sujeto popular pasa inevitablemente por la autonomía de sus organizaciones. El esquema de correas de transmisión resultó positivo para los fines revolucionarios en condiciones históricas que ya no existen. En las nuevas condiciones, las organizaciones populares tendrán que asumir espacios contradictorios incluso respecto a las políticas dictadas por el Estado.

En un primer plano, se trataría de estimular a las organizaciones sectoriales ya existentes. En segundo lugar, están las numerosas asociaciones que han surgido en los últimos cinco años, algunas de ellas con una fuerte vocación pública, cuyos denominadores comunes han sido el compromiso medular con un socialismo renovado y con la independencia nacional. Entre ellas, merecen destacarse asociaciones civiles, organizaciones no gubernamentales, instituciones académicas, movimientos comunitarios, etc. En conjunto, han promovido interesantes debates sobre una nueva visión del desarrollo que contiene temas como el medio ambiente, los problemas de género, la participación popular, las culturas locales, etcétera. En particular, los movimientos comunitarios han intentado en la práctica ofrecer una alternativa de desarrollo y convivencia desde la comunidad, y superar así la tradicional antinomia mercado-Estado que ha saturado la discusión pública en Cuba durante años [7].

Paradójicamente, todos esos movimientos han sufrido limitaciones burocráticas, cuya máxima expresión fue la emisión por parte de la alta jerarquía partidista de un documento en el que declaraba su intención de administrar la dinámica de estas asociaciones a partir de la configuración de una "sociedad civil socialista", cuyos parámetros de inclusión (o exclusión) nunca han sido definidos y, por consiguiente, quedan sujetos al arbitrio de los órganos burocráticos [8]. La argumentación oficial que justificó esta acción, así como otras actitudes restrictivas hacia la autonomía de las organizaciones, se ha basado en la consideración de que la estrategia injerencista norteamericana había considerado firmemente la utilización de la sociedad civil en Cuba como una vía para el socavamiento del sistema, repitiendo aquí las fórmulas empleadas en algunos países Este-europeos.

Ciertamente, esa perspectiva injerencista ha sido una constante desde 1980, explícita en las leyes Torricelli (1992) y Helms-Burton (1996), que han concebido un segundo carril de operaciones dirigidas a la cooptación de sectores sociales y políticos específicos, incluidos (aunque no únicamente) los componentes de la sociedad civil [9]. Es entonces perfectamente comprensible que el Estado cubano haya intentado proteger la soberanía nacional de los intentos subversivos norteamericanos y que, para hacerlo, establezca filtros y "candados" políticos preventivos. Pero pudiera parecer paradójico que lo haga imponiendo limitaciones y controles burocráticos a organizaciones que habían expresado en términos declarativos y prácticos un rechazo tan total a las pretensiones injerencistas norteamericanas como el expresado por el propio Estado [10]. Posiblemente la reacción estatal contra la "sociedad civil" no sólo está expresando el celo patriótico de la clase política o la tradicional reticencia de la burocracia a admitir competencias legítimas en el control social, sino también su buena disposición a ofrecer al capital internacional "un país ordenado", incompatible con la existencia de organizaciones autónomas y beligerantes.

Por ultimo, el fortalecimiento del sujeto popular no puede limitarse a la revitalización de las organizaciones existentes, sino que se extiende a la emergencia de asociaciones orgánicas a los nuevos actores y capas sociales subordinados en el proceso de acumulación. Un primer caso paradigmático es el de los miles de trabajadores por cuenta propia. La posición intermedia de este sector en la estructura social emergente condiciona objetivamente su ambivalencia política en relación con la continuidad socialista. Como anotaba antes, la mayoría de estos trabajadores dependen básicamente de su propio fondo de trabajo y, aun cuando en la actual coyuntura económica anómala sus ingresos sean relativamente altos, están incapacitados para acumular. La calidad de sus vidas continúa dependiendo en alto grado de la provisión de servicios sociales y del compromiso estatal con el bienestar público. Pero al mismo tiempo, crecientemente educados en la acción individual, tienden a limitar su cosmovisión al reino más mezquino de las ganancias personales de los que objetivamente son "sus negocios". Y perciben ciertas obligaciones sociales -por ejemplo el pago de impuestos- como exacciones injustificadas que les cierra el camino a niveles más altos de enriquecimiento. La negativa del último congreso del Partido Comunista (1997) a permitir la formación de pequeñas y medianas empresas pone de hecho un valladar a lo que hubiera significado un paso incentivado de cooperativas y otras asociaciones de productores de servicios.

Un caso similar por sus posibles implicaciones políticas es el de los trabajadores cooperativos agrícolas, principalmente los establecidos en las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC). Éstas fueron creadas en 1993 como una respuesta estatal para obtener de manera descentralizada mejores rendimientos agrícolas. Un porcentaje significativo (20 por ciento) de la tierra estatal fue cedida en posesión a grupos de trabajadores, lo que ha constituido el paso socializador más audaz dado por la Revolución Cubana en los últimos lustros. Sin embargo, habría que reconocer que el establecimiento de las UBPC careció desde sus inicios de una clara percepción política, de lo que un lustro después, aún los marca con un sello utilitario e inmediatista.

En un inicio, las UBPC nacieron constreñidas burocráticamente al no contar con acceso libre al mercado y estar sujetas a los andamiajes administrativos de las empresas estatales. Desde fines de 1994, fue viabilizado el acceso al mercado, lo que sin lugar a dudas ha producido una dinamización parcial de estas instituciones [11]. Pero sin otras acciones políticas, tal dinamización pudiera adoptar un curso específico en detrimento de sus roles potenciales como cotos de propiedad socialista y de sus niveles de democracia interna. Evitar estos efectos no dependerá del éxito económico -si bien éste es indispensable- sino del diseño político general en que tales cooperativas se inserten.

Los trabajadores independientes -cuentapropistas, cooperativos o ligados en lo futuro a la pequeña y mediana empresa- se revelan otro reto para una clase política habituada al control verticalista centralizado. Las políticas en curso han consistido en insertar a estos trabajadores en los sindicatos existentes, lo cual es evidentemente disfuncional tanto para los sindicatos como para los cuentapropistas y para los cooperativistas y, de hecho, ha sido una convocatoria con magros efectos. Todo hace pensar que sería más razonable estimular la organización de estos sectores en organizaciones propias capaces de representar sus intereses específicos dentro del sistema, aun cuando ello implique una nueva forma de pensar y hacer la política.

Sólo a partir de esta potenciación del sujeto popular en las diferentes esferas sociopolíticas es posible pensar en un diseño económico alternativo que conjugue formas de economía popular [12] con mecanismos de cogestión y autogestión a partir de un patrón empresarial descentralizado, sea bajo el rubro de la propiedad estatal, mixta o privada y que al mismo tiempo contenga otras formas organizativas de consumidores que, amparados por una legislación coherente, puedan contrarrestar el efecto depredatorio del mercado (sea éste controlado por el sector privado o estatal) sobre los niveles de consumo de la población.

Este mismo diseño político debe considerar el espacio necesario pero subordinado del sector tecnocrático empresarial. La importancia de estos sectores emergentes no radica en su monto cuantitativo. En términos numéricos, no hablamos más que de unos pocos miles de personas cuyos lugares en la escala social son aún inestables, carecen de estructuras organizativas propias y no han desarrollado una conciencia sectorial coherente. La trascendencia de este sector está atenida a parámetros cualitativos, en razón, sobre todo, de su posición en las áreas más dinámicas de la economía, lo que los dota de "bienes políticos intercambiables" frente a la clase política y a la burocracia tradicional. Se trata de una relación biunívoca complementaria, aunque no exenta de contradicciones, en la que los sectores emergentes proveen a la élite tradicional de los excedentes económicos para la reproducción del proyecto político en curso, al mismo tiempo que ésta garantiza una paz social imprescindible para el nuevo modelo de acumulación. En última instancia, no debemos olvidar que los nuevos tecnócratas y empresarios provienen del seno de la burocracia tradicional, o han sido formados desde sus políticas en curso, lo que los coloca en una red muy selectiva de relaciones personales y accesos a recursos (informativos, materiales, etcétera).

Esta relevancia cualitativa se evidencia también en la posesión de una alta capacidad de producción ideológica y cultural, para lo cual los miembros de tal sector sólo necesitan mostrarse ante la sociedad como símbolos del éxito personal en relación con el mercado. Ello ha tenido un impacto en las actitudes y conductas de segmentos significativos de los sectores populares, para los cuales lo que antes se percibía como desviación de la norma (acomodamiento, corrupción o marginalidad) hoy es evaluado como rasero del éxito o simplemente una resistencia legítima en aras de la supervivencia. Su paradigma no podría ser otro que un modelo chino edulcorado, locuaz respecto a sus logros económicos y consumistas y omiso en relación con sus deprimentes resultados sociales, políticos, culturales y ecológicos.

Aquí radica y no en los insignificantes grupos disidentes -con los que el sistema ha aprendido a convivir sin grandes molestias- la base social real de un termidor cubano, lo cual pudiera ser un problema mayor en el futuro: la raíz de una mafia tropical que ya empieza a mostrar sus influencias.

Las principales limitaciones para su despliegue como bloque hegemónico están dadas por la persistencia de una alianza de las clases populares con la dirigencia política emergida del hecho revolucionario. Como se dijo antes, los signos de cautela mostrados por la dirigencia política (y particularmente por aquellas figuras que conforman su liderazgo histórico) frente al avance del mercado y de la reforma, no importa ahora la valoración técnica que merezcan, expresan la permanencia de este compromiso social básico, por lo demás innegociable de cara a la necesidad de mantener la unidad nacional ante la hostilidad norteamericana. En consecuencia, el estado actual de la reforma económica en Cuba aún mantiene una fuerte compartimentación de los sectores económicos y una situación de mercados fragmentados, lo que dificulta las relaciones horizontales entre los distintos componentes mencionados e incluso dentro de cada sector. No es difícil advertir, sin embargo, que esta condicionante estructural será diluida por la fuerza del mercado, si no implica la renovación del propio bloque popular y su proyección como una fuerza autónoma y con posicionamientos políticos propios.

En términos formales, ello implicaría cambios institucionales, normativos y proceditivos, ninguno de los cuales tiene que ver con las exigencias norteamericanas a favor de una democratización liberal del sistema.

La institucionalidad y la construcción democrática
Un primer eslabón de esta cadena sería un subsistema municipal más capaz y más participativo, como espacio primario de concertación de intereses y negociación de la(s) política(s). Los espacios locales cubanos han dejado de ser simples vectores de un desarrollo regional equilibrado centralmente planificado. En su lugar, los espacios locales comienzan a experimentar desarrollos desiguales según sus posicionamientos respecto a las dinámicas económicas trazadas por el mercado mundial. Polos turísticos, áreas mineras, zonas francas industriales, son nuevas variables que fragmentan el espacio nacional y diversifican lo local [13]. Las propias sociedades locales se transforman con la aparición de agentes económicos y sociales generadores de nuevas relaciones de poder. En este contexto, queda poco espacio para la forma tradicional de alimentación de las tomas de decisiones plasmadas en el plan económico centralizado: la agregación de demandas por parte de la población y su transmisión a través de mecanismos verticalistas. En un escenario de negociaciones, el plan debera ser indicativo, descentralizado y plural. El espacio local cubano debe ser un primer momento en la planificación democrática.

A nivel macro, se impone una redefinición de la manera como se constituyen los órganos gubernamentales representativos en los diferentes niveles. Hasta el momento, esto ha funcionado sólo a partir del voto popular organizado por territorios, en el caso de las instancias provinciales y nacionales sin espacio para elecciones competitivas. Ello ha repercutido, por un lado, en la ausencia de representación en los gobiernos locales de grupos de trabajadores ubicados en los territorios o en la subrepresentación de sectores marginalizados como las mujeres y, por el otro, en la erosión de las capacidades deliberativas de las instituciones representativas o en la recurrencia a ficciones legales con vista a asegurar esta representación donde es imprescindible. Un nuevo diseño sugeriría la composición de estas instituciones a partir de fuentes diferentes que satisfagan las exigencias de la representación territorial, sectorial y de intereses, considerando. siempre, por supuesto, que todo ello pasaría por la validación real del precepto legal que confiere a los órganos representativos los mayores poderes estatales en cada territorio. Hasta el momento, los órganos representativos han tenido un pobre desempeño legislativo, acompañado de magros calendarios de reuniones que no rebasan por lo general unos cuatro días en el año y un inquietante voto unánime en la totalidad de los temas que se discuten.

No menos relevante es la creación de un escenario de libertades, derechos y deberes ciudadanos, claramente consagrados por la ley y respaldados institucionalmente. La sociedad revolucionaria cubana ha sido pródiga en la elaboración de un listado de derechos sociales y económicos que no pueden diluirse en la "magia del mercado" y deben ser defendidos como conquistas revolucionarias genuinas. Sin embargo, al mismo tiempo el enunciado de los derechos políticos y civiles ha sido magro, impreciso y sujeto a la administración por parte del Estado. Ello ha producido lamentables arbitrariedades en detrimento de los derechos individuales y colectivos, del debate público y de las ideas disonantes del afán monolitista de la política. Aquí valdría la pena recordar cómo el marxismo clásico describía la sociedad alternativa al capitalismo: "una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno será la condición del libre desenvolvimiento de todos" [14].

El Partido Comunista de Cuba no podría ser ajeno a esta transformación. De hecho, tendría que ser su protagonista. Sólo él -organización que es centro del sistema político, con su más de medio millón de miembros educados políticamente en un compromiso medular con el socialismo- puede proceder a impulsar los cambios imprescindibles con los menores riesgos disruptivos, en aras de la consolidación de un genuino poder popular. Pero ello, implicaría la propia transformación del partido. Aquí se trataría de encontrar la forma de organización y funcionamiento más adecuada a las diferencias de intereses que serían reconocidas en los ámbitos social y político. En un primer escenario óptimo, esto conduciría a un partido más democrático, abierto al debate y permisivo de tendencias en el marco de la unidad de propósitos estratégicos. Pero no es aventurado afirmar que también podría conducir a un sistema multipartidista, particularmente si el Partido Comunista dejara de asumir su papel de vanguardia. En este sentido, un desplazamiento del sistema político en la dirección apuntada podría ayudar al surgimiento y desarrollo de opciones partidistas responsables y leales en términos de la continuidad sistémica.


El pueblo cubano ha pagado un alto precio durante cerca de 40 años por el pecado de querer levantar un proyecto alternativo de vocación socialista e independencia nacional en lo que Estados Unidos ha considerado siempre su patio trasero. Durante varios lustros Cuba tuvo que pagar un precio por las ventajas innegables del apoyo soviético. Hoy paga un costo redoblado por persistir en su empeño, retornando con singular crudeza a la tragedia histórica del socialismo en un solo país. La continuidad socialista, de un socialismo renovado y engarzado en una estrategia mundial anticapitalista no es una improbabilidad absoluta, pero tampoco lo garantizan las antaño invocadas "leyes generales de la historia". Si, en cambio, Cuba debe afrontar una restauración capitalista, entonces habrá que pensar que los costos pagados en los últimos cuarenta años han sido una inversión para el futuro renacimiento de una alternativa de izquierda, y continuar avanzando, recordando una advertencia de Don Quijote a su escudero, aunque ello provoque los ladridos de burócratas convertidos en empresarios, de dogmáticos transformados en liberales o simplemente de quienes imaginen que estamos llegando efectivamente al muchas veces pronosticado fin de la historia.

1. He discutido esta forma específica de organización societal en "Cuba: ¿Cuál es la democracia deseable?", que se publicó en el libro La democracia en Cuba y el diferendo con los Estados Unidos (H. Dilla Alfonso, comp.), Centro de Estudios sobre América. La Habana, 1996.Regresar
2. Anthony Giddens. Más allá de la izquierda y la derecha, Eds. Cátedra. Madrid, 1996.Regresar
3. David Held. Modelos de democracia, Alianza Editorial, México. 1992.Regresar
4. En este punto, valga una excusa: en Cuba no se publican estadísticas oficiales sistemáticas desde 1989, por lo que los análisis siguientes estarán apoyados en estudios parciales y observaciones que siempre dejan un significativo espacio a la duda.Regresar
5. Vivian Togoros. "Enfoque social del desempeño de la economía cubana en 1996", en o. c. en nota 1.Regresar
6. Juan Valdés. Procesos agrarios en Cuba, Ed. Ciencias Sociales. La Habana, 1997.Regresar
7. H. Dilla, A. Fernández y M. Castro. Movimientos barriales en Cuba. San Salvador, 1997.Regresar
8. Granma, La Habana, 27 de marzo de 1996.Regresar
9. En realidad, no era solamente una declaración de propósitos. Desde principios de los noventa, diversas fundaciones norteamericanas de derecha habían intentado consolidar un frente de acción respecto a Cuba, aunque habría que aclarar que no solamente estaban dirigidas a influir en la sociedad civil, sino también en otros sectores, tales como funcionarios civiles, militares y de seguridad. Para un análisis al respecto, véase: Hugo Azcuy. "Estado y Sociedad Civil en Cuba". Temas, No. 4, octubre-diciembre. La Habana. 1995.Regresar
10. Centro de Estudios Económicos. Relatoría del seminario taller "Las ONG en el mundo". La Habana. 1995.Regresar
11.Un análisis empíricamente fundamentado de las UBPC puede encontrarse en: Niurka Pérez y Cary Torres.
"UBPC: hacia un nuevo proyecto de participación", en La Participación en Cuba y los retos del futuro.Regresar
12. Con fines totalmente funcionales, defino aquí economía popular como el conjunto de actividades productoras o proveedoras de servicios realizadas por agentes individuales o colectivos que dependen (fundamentalmente) para su reproducción de la continuada realización de su fondo de trabajo propio, y cuyo rasgo distintivo sería la autorregulación basada en principios solidarios y asociacionistas. Véase: José Luis Corraggio. "De la economía informal a la economía popular". Nueva Sociedad, No. 131, mayo-junio. 1994.Regresar
13. H. Dilla Alfonso. "Municipios y construcción democrática en Cuba". Perfiles Latinoamericanos. Flacso-México, México D.F.. 1996.Regresar
14. C. Marx y F. Engels. "Manifiesto del Partido Comunista". Obras escogidas, Tomo I. Editorial Progreso. Moscú. 1976.

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