Comerciantes,
soldados y pobladores en los mundos de las fronteras
Haroldo Dilla
La nueva fase de la mundialización capitalista,
regularmente denominada con el maltratado concepto de globalización,
está produciendo cambios dramáticos en los status y usos
de las fronteras. Algunas de ellas sencillamente han desaparecido mientras
que otras se han multiplicado en infinidad de líneas limítrofes
mal trazadas y escenarios de frecuentes conflictos entre los estados
que las comparten. Todas las fronteras hoy existentes experimentan procesos
de transición hacia un mundo futuro en que efectivamente tendrán
que desaparecer las fronteras que hoy conocemos y que se consolidaron
a lo largo de los últimos dos siglos. Solamente que no sabemos,
ni cuan larga es esa transición ni exactamente a donde conduce.
La Unión Europea ha ofrecido un ejemplo
considerado por muchos analistas como paradigmático: fin de las
fronteras internas, libre transito de personas y capitales, moneda única
y la generación paulatina de un solo poder político. Pero
habría que considerar que ha sido una unión de actores
iguales –o al menos muy similares- en el plano socioeconómico,
y que al mismo tiempo, esa Europa Unida es hoy más cerrada que
nunca a las inmigraciones de los siempre tentados habitantes del tercer
mundo. Ha sido –para los fines que aquí tratamos- un desplazamiento
de las fronteras que facilita a un portugués viajar libremente
a Alemania a vender su mano de obra más barata, pero impide a
un mozambiqueño llegar a Lisboa a hacer lo mismo.
En nuestro continente las miradas han estado concentradas
en la frontera mexicano-estadounidense que ha sido un espacio binacional
de interacción muy intensa en los órdenes demográfico,
comercial, productivo y cultural. La puesta en vigor desde 1994 de un
acuerdo de libre comercio entre México y los Estados Unidos colocó
el tema fronterizo en una nueva dimensión. En los discursos oficiales
y en determinados sectores de la academia comenzó a tomar cuerpo
una perspectiva optimista que ha insistido en la existencia de un proceso
integracionista ascendente que debe llevar a esta frontera desde una
situación de temores e incidentes geopolíticos hacia otra
de libre circulación de mercancías, capitales y personas
similar a la que hoy muestra Europa. No se trata de una visión
simplista que desconozca los problemas realmente existentes –restricciones
migratorias, aglomeración de la pobreza en la parte mexicana,
superexplotación de la fuerza de trabajo empleada en las maquilas,
etc- pero sí que considera estos problemas como remanentes solucionables
por la actual dinámica siempre que se lograran acciones correctivas
en los acuerdos políticos, justamente lo que el presidente Fox
no ha logrado respecto a la migración a pesar de sus innumerables
genuflexiones pro-americanas.
Y es que en realidad las fronteras son siempre
espacios contradictorios, donde se ponen en contacto no solamente sociedades
diferentes, sino también desiguales, y por consiguiente producen
un típico intercambio de igual naturaleza. De igual manera que
condensan las virtudes del intercambio cultural y el mestizaje, resumen
las relaciones de dominación y explotación que enmarcan
las relaciones entre las dos sociedades que ponen en contacto.
El caso de la frontera mexicano-estadounidense es paradigmática
en otro sentido al que se pueda obtener desde una lectura teleológica
hacia las fronteras abiertas. Es la quintaesencia de la relación
fronteriza desigual y de un libre transito construido desde el norte
que omite dos tipos de flujos: la fuerza de trabajo de sur a norte y
el poder de norte a sur.
En resumen, la mundialización capitalista
contemporánea coloca al siempre fascinante tema de las fronteras
en un escenario particularmente denso y complejo. Muy especialmente
en el Caribe, al que hace varias décadas Juan Bosch calificó
brillantemente de "frontera imperial". Si las fronteras no
son definidas solamente como demarcaciones que separan territorios,
sino también, y crecientemente, como relaciones sociales que
ponen en contacto a sociedades diferentes, entonces habría que
reconocer que la región caribeña es hoy un entrecruzamiento
casi infinito de fronteras, donde lo geopolítico, lo cultural
y lo económico acerca y divide múltiples formas de vida
social.
Digamos, por ejemplo, que dos antagonistas políticos por excelencia,
La Habana y Miami, son marcadamente fronterizas, y que posiblemente
la primera tenga hoy más vínculos primarios con Miami
que con Santiago de Cuba, la segunda ciudad de la isla. Como también,
con toda seguridad, San Francisco de Macorís es más apegada
y cercana a Nueva York que a San Juan de la Maguana. Pero la brevedad
de este texto no permite explorar estas aristas, y en su lugar preferiría
centrar mi atención en las formas tradicionales de fronteras,
y en particular en la frontera dominico-haitiana.
¿Hacia dónde va la frontera?
La inestabilidad y reconfiguración de las fronteras contemporáneas,
sus usos y status en las relaciones internacionales están determinadas
por el entrecruzamiento de tres dinámicas diferentes, contradictorias,
pero no excluyentes generadas por el mercado, el estado y las comunidades
respectivamente. La frontera haitiano-dominicana no es excepción.
Pero antes de responder a las interrogantes sobre el destino de la frontera
conviene discutir cual fue su punto de partida.
La historia es bastante conocida, y resume los
avatares de la formación de los estados nacionales en ambos países.
Durante algo más de un siglo, lo que aproximadamente hoy conocemos
como la frontera haitiano-dominicana fue una frontera imperial franco-española,
que asumía una relación desigual a favor de Francia. Cuando
los haitianos constituyeron su estado nacional, eliminaron esa frontera
por consideraciones geopolíticas, hasta que en 1844 los dominicanos
proclamaron su independencia. A partir de entonces, la frontera fue
un escenario complejo que expresaba la supremacía del poder haitiano:
un activo intercambio desigual y la constante expansión en detrimento
de un borde dominicano mal trazado y poco poblado.
Es a partir del gobierno finisecular de Lilís,
y sobre todo con la ocupación norteamericana y su producto político
por excelencia, la dictadura de Trujillo, cuando se realizan los esfuerzos
definitivos para consolidar la frontera, una condición esencial
para la maduración de estado nacional dominicano. Trujillo resolvió
el problema de una manera bárbara pero efectiva mediante la expulsión
y masacre de miles de haitianos que habían penetrado y habitaban
en el territorio dominicano. Por entonces la correlación de fuerzas
había variado a favor de República Dominicana, lo que
permitió al execrable dictador legitimar sus atrocidades mediante
negociaciones con la corrupta y no menos execrable clase política
haitiana.
La "dominicanización" de la frontera
fue la máxima expresión de su tratamiento geopolítico.
No sólo implicó su delimitación geográfica,
sino también su condensación como artificio ideológico
para separar dos naciones, y la elevación de República
Dominicana al ideal trujillista de una sociedad blanca, hispánica
y católica. Aún subsisten los monumentos alegóricos,
tan reñidos con la historia como con el buen gusto, pero también
otros "usos y costumbres" no menos reñidos con la propia
evolución de la franja fronteriza.
En realidad, la frontera haitiano-dominicana experimenta
una transición hacia un punto de comercio e intercambios entre
ambas economías y donde, a diferencia de lo que ocurría
hace dos siglos, la parte dominicana predomina y obtiene los mayores
beneficios. Desde fines de los 80s los dominicanos fueron autorizados
a cruzar al territorio haitiano a realizar compras de mercancías
industriales importadas. Desde 1992 las tradicionales ferias comerciales
dominicanas se vieron animadas por la concurrencia de los vendedores
y compradores haitianos, lo que ha dinamizado la vida de los poblados
fronterizos. Haití ha pasado a ser el cuarto socio comercial
de República Dominicana, con compras superiores a los 70 millones
de dólares, y ese tráfico se realiza por la frontera en
más de un 95%. Por la frontera transitan decenas de miles de
haitianos, legales o ilegales, que constituyen una pieza clave de la
acumulación capitalista dominicana. No menos relevante, también
cruzan cantidades no precisadas de drogas, armas y contrabandos.
De concretarse el proyecto de establecimiento de una zona franca en
Ouanaminthe, que aprovecharía la mano de obra barata y las cuotas
haitianas de exportación de tejidos, se estaría completando
un ciclo de transnacionalización de la frontera en función
de la acumulación capitalista.
Si solo fuera por esto, la sociedad dominicana
necesita discutir el significado de su frontera con Haití, pero
no puede hacerlo al margen de la discusión acerca de la totalidad
de su relación con Haití.
Y hacerlo desde una perspectiva global que incluya
un cálculo simple de costos y beneficios cuyo primer efecto sería
la crítica a los argumentos francamente regresivos y poco fundamentados
que abundan en propuestas como la repatriación de haitianos como
una fórmula para obtener mejores salarios para los dominicanos
o la aún más grosera contención de la relación
binacional dada la contaminación que esta implica para el buen
vivir de los dominicanos. Nada de esto es nuevo en la historia mundial,
y nada de ello ha sido efectivo.
Haití representa una válvula de escape
formidable para las ineficiencias de la economía dominicana,
sea porque le proporciona una fuerza de trabajo muy barata y desprotegida
o porque resulta un mercado de subproductos de varias decenas de millones
de dólares anuales. El costo social que representan los haitianos
migrantes es –hablando en los términos usuales del Pentágono-
un daño colateral respecto a los beneficios que esta relación
reporta. Y en última instancia no es un gasto que subsidia a
los haitianos, sino a los empresarios dominicanos. Y por estos motivos,
lejos de estarse produciendo una haitianización de República
Dominicana, lo que está aconteciendo es una fuerte penetración
de los capitales y las mercancías dominicanas en Haití.
La frontera requiere de una política binacional
consistente que supere los atavismos geopolíticos y que al mismo
tiempo contribuya a compensar los desniveles de desarrollo entre ambas
partes, y en lo cual la cooperación internacional tiene un papel
muy destacado que desarrollar. El país requiere aprender de la
tolerancia y el sentido de cooperación que las comunidades fronterizas
han sabido modelar a lo largo de años de contactos. Pero también
necesita pensar cuidadosamente cada acción, pues la toma de decisiones
cortoplacistas en una zona tan frágil puede conducir a costos
muy altos en el mediano plazo.
No es una tarea sencilla. La clase política
haitiana se hunde cada vez más en la corrupción y el prebendalismo
y hunde en la mayor de las miserias a la briosa nación que hace
dos siglos estremeció al mundo con su llamado a la libertad.
Del lado dominicano hay razones para ser menos pesimistas pero pocas
para ser realistamente optimista. También de nuestro lado hay
mucho que avanzar y aprender para poder repensar la frontera.
(imprimir
texto)