Desobediencia
civil electrónica
Critical Art Ensemble (CAE)
Una característica esencial
que diferencia el capitalismo tardío de otras formaciones políticas
y económicas es su modo de representar el poder: Lo que una vez
fue una masa sedentaria y concreta es ahora un flujo electrónico
nómada. Antes de la era de la gestión de información
computerizada, el corazón del orden y el control institucional
era fácilmente localizable. De hecho, la conspicua apariencia
de los espacios del poder era utilizada por los regímenes para
mantener su hegemonía. Castillos, palacios, burocracias gubernamentales,
oficinas corporativas y otras estructuras arquitectónicas se
mostraban amenazantes en los centros de las ciudades, desafiando a los
descontentos y a las fuerzas de abajo a que se atrevieran con sus fortificaciones.
Estas estructuras mostrando una solidez inexpugnable y atemporal, podían
detener o desmoralizar a los movimientos de contestación antes
siquiera de que empezaran.
Sin embargo, la prominencia de este espectáculo era un arma de
doble filo, toda vez que en el caso de que la oposición llegara
a un grado suficiente de desesperación (ya fuera por privaciones
materiales, ya fuera por el colapso simbólico de la legitimidad
del régimen) su fuerza revolucionaria no tendría problema
alguno en encontrar y enfrentarse con quienes detentaban el poder. En
este amplio contexto histórico fue que surgió la estrategia
general de la desobediencia civil.
Esta estrategia era inusual porque los grupos contestatarios decidían
que no necesitaban actuar violentamente hacia aquellos que ocupaban
los búnkers del poder, y elegían en cambio usar diversas
tácticas para interferir el funcionamiento de las instituciones
hasta el punto de que sus ocupantes eran efectivamente desposeídos
del poder. Aunque la cara amable de la fuerza moral era el pretexto
para usar este procedimiento, eran las disfunciones económicas
y simbólicas las que hacían efectiva la estrategia en
su conjunto.
Hoy día, los actos de desobediencia civil (DC) están generalmente
más dirigidas a presionar a las instituciones para que asuman
"reformas", que no a provocar un colapso general, en tanto
que este estilo de resistencia contempla la posibilidad de entablar
negociaciones. Por esta razón, los gobiernos modernos del primer
mundo tienden a ser tolerantes con este tipo de actuaciones, puesto
que no amenazan necesariamente la existencia continuada de una nación
o de su clase gobernante.
Aunque la desobediencia civil no deja de ser castigada, hay que notar
que tampoco es enfrentada con una violencia extrema por parte del estado,
ni son sus activistas etiquetados como revolucionarios ni tratados como
prisioneros políticos en caso de ser arrestados. (Ha habido,
desde luego, excepciones notables a esta política en el primer
mundo, así la persecución de los activistas norteamericanos
de los derechos civiles en el sur profundo). Pese a que la DC es aun
efectiva tal y como fue originariamente concebida (particularmente a
niveles locales) su eficacia disminuye con cada década que pasa.
Este declive se debe principalmente a la creciente habilidad del poder
para eludir las provocaciones de la desobediencia civil.
Aunque algunos de los monumentos del poder aun permanecen ostensiblemente
presentes en localizaciones estables, la agencia que mantiene el poder
no es visible ni estable. El poder ya no reside en esos monumentos,
el orden y el control ahora se desplazan libremente. Si los mecanismos
de control son desafiados en una localización espacial, entonces
proceden a trasladarse, simplemente, a otra ubicación. El resultado
es que a los grupos de desobediencia civil se les hace imposible establecer
un teatro de operaciones en el cual puedan bloquear el funcionamiento
de una institución determinada.
El bloquear los accesos a un edificio, o cualquier otra acción
de resistencia en el espacio físico, puede evitar la reocupación
(el flujo de personal) pero esto tendrá apenas unas consecuencias
muy leves en tanto el flujo de información-capital continúe
fluyendo. Estos caducos métodos de resistencia deben ser refinados,
al tiempo que inventamos otros nuevos que ataquen los no-centros del
poder al nivel electrónico. La estrategia y la táctica
de la desobediencia civil puede aun resultar útil más
allá de las acciones locales, pero sólo en el caso de
que se dirija a bloquear el flujo de información más que
el flujo de personal.
Desafortunadamente la izquierda la peor enemiga de si misma a la hora
de desarrollar posibilidades de revisión de los modelos de desobediencia
civil. Esta situación es particularmente irónica puesto
que la izquierda siempre se ha preciado de usar la historia para sus
análisis críticos. Así en vez de asumir el giro
de las fuerzas históricas, a la hora de construir estrategias
de activismo político, la izquierda continua actuando como si
aun viviera en los tiempos del capitalismo temprano. Esto es particularmente
extraño en tanto que la teoría contestataria siempre enfatiza
la importancia de los cambios dramáticos en la economía
política (del capitalismo temprano al capitalismo tardío,
de la economía industrial a la economía de servicios,
de la cultura de la producción a la cultura del consumo, etc).
Efectivamente, la falta de lucidez por parte de la izquierda sobre este
particular que la separación entre teoría y práctica
es tan mala, o peor, de lo que nunca ha sido.
Esta peculiar forma de bache cultural impide que los activistas diseñen
nuevas estrategias, y ello sucede por una serie de razones difíciles
de detallar. Al menos uno de los factores responsables es la presencia
continuada de restos de la Nueva Izquierda de los 60's entre las filas
de los grupos de activistas. Preocupados como están por los medios
utilizados para alcanzar viejas victorias pasadas (principalmente su
contribución a la retirada de las tropas norteamericanas de Vietnam),
muchos de los miembros de estos grupos no ven la necesidad de inventar
nuevos enfoques. La nostalgia por el activismo de los 60's vuelve a
traernos el pasado como si de nuestro presente se tratara, y desafortunadamente
esta misma nostalgia está afectando a una nueva generación
de activistas que no tienen siquiera recuerdos directos de los 60's.
Es a partir de esta sensibilidad que se ha defendido la tesis de que
la estrategia consistente en "tomar las calles" funcionó
bien entonces y podría funcionar ahora en relación a las
cuestiones de nuestro tiempo. Mientras tanto, mientras la riqueza y
la educación continúan circulando en provecho de los más
ricos, mientras el estado obsesionado con la seguridad invade las vidas
privadas, mientras la crisis del SIDA sigue encontrando la inactividad
gubernamental, y mientras el número de los sin-techo sigue incrementando,
CAE se plantea salir del atolladero planteando que quizás se
ha cometido un error de análisis. Este cuestionamiento no afecta
a los logros conseguidos a niveles locales, sino que se dirige únicamente
a señalar cuan poco efecto tiene el activismo contemporáneo
sobre la política militar y corporativa.
CAE lo ha dicho con anterioridad, y lo dirá de nuevo: En la medida
en que se trate del poder las calles son un capital muerto. En las calles
no se puede encontrar nada de valor para las elites del poder, ni necesitan
éstas controlar las calles para hacer funcionar eficientemente
las instituciones estatales. Para que la desobediencia civil tenga algún
efecto significativo, los opositores deben apropiarse de algo que tenga
valor para el estado. Una vez que lo tengan habrán conseguido
una plataforma desde la que negociar (quizás exigir) cambios.
En su tiempo el control de las calles era un objetivo apreciable. En
el París del XIX las calles eran las vías por las que
se movía el poder , ya fuera de naturaleza económica o
militar. Si las calles estaban bloqueadas y las fortalezas políticas
claves eran ocupadas, el estado quedaba inerte y en algunos casos colapsado
bajo su propio peso. Este método de resistencia fue útil
aun en los 60's, pero es bien cierto que desde finales del XIX ha reportado
cada vez menores ventajas y de hecho ha derivado de ser una práctica
radical a convertirse en una de tipo liberal. Esta estrategia estaba
basada en la necesidad de concentrar el capital en las ciudades; de
este modo, en la medida en que el capital se ha ido descentralizando
más y más ignorando las fronteras nacionales y abandonando
las ciudades, la acción en las calles ha ido siendo tanto menos
efectiva.
Puesto que las ciudades han sido abandonadas por el capital y dejadas
a su suerte en un estado de bancarrota, invadidas por el crimen y las
enfermedades, parece razonable pensar que ya no son útiles para
la expansión del poder. Si lo fueran, seguramente serían
renovadas y defendidas de modo continuado. Por supuesto que hay peligros
en esta línea tautológica de argumentación. ¿Carece
la ciudad de valor porque no es mantenida?, o bien, ¿no es mantenida
porque carece de valor? Este error lógico es difícilmente
evitable, puesto que la cuestión de qué o quien tiene
el control no puede ser respondida. El poder en sí no puede ser
visto, sólo podemos observar su representación. Lo que
queda detrás de dicha representación se nos pierde. La
localización y naturaleza de un poder cínico es puramente
materia de especulación.
El macro-poder es sólo conocido a través de una serie
de abstracciones como "varones blancos de orden", "clases
dominantes" o "los poderes reales". El macro-poder sólo
es experimentado en sus efectos, y nuca como una causa. Consecuentemente
debemos usar ciertos indicadores para así determinar que es lo
"valioso" para el poder, o en su caso para señalar
los no-lugares del poder. La hipótesis aquí es que los
indicadores claves de lo valioso-para-el-poder radican en la medida
con que un lugar o una mercancía son defendidos, la medida en
que los intrusos son castigados. A mayor intensidad de defensa y castigo,
mayor el valor que debemos suponer tiene para el poder aquello que haya
sido atacado.
Estos indicadores han sido derivados de la experiencia, pero no se les
puede dar una justificación teorética, en la medida en
que un segundo principio tendrá que ser usado para explicar un
primer principio. Si la localización tradicional del poder ha
sido abandonada. ¿adonde se ha ido el poder? . Si asumimos que
el flujo de capitales es aun crucial para este sistema, entonces ya
tenemos una pista que seguir. Es una cuestión de sentido común
que podemos seguir al dinero para encontrar al poder, sabiendo que en
la medida en que el dinero no tiene un punto de partida sino que es
parte de un flujo de circulación, lo mejor que podemos aspirar
a encontrar es el flujo mismo del poder. El capital rara vez toma una
forma "sólida", al igual que el poder, existe como
abstracción. Y a una forma abstracta probablemente se la pueda
encontrar en un espacio abstracto, o para ser más específicos,
en el ciberespacio. El ciberespacio puede ser definido como un campo
informacional virtual al que se accede por la red telefónica
(Para los propósitos de este ensayo, la asociación entre
ciberespacio y la realidad virtual propiamente dicha deberían
ser dejadas al margen). El grado de acceso a la información alojada
en el ciberespacio sugiere el modo en que las instituciones están
configuradas en el espacio real. En nuestra compleja sociedad la división
del trabajo ha llegado a estar tan marcada que la velocidad organizacional
necesaria para mantener los muchos segmentos sincronizados sólo
puede ser conseguida a través de uso de redes de comunicación
electrónicas. A su vez el despliegue controlado de información
y el acceso a ella es una pista central para resolver el puzzle de la
organización social. Cuando a una institución se le niega
el acceso a información, las propiedades organizacionales de
dicha institución afectada pierden estabilidad, siendo así
que si esta situación se mantuviera durante suficiente tiempo,
la institución acabaría colapsándose a causa de
la brecha en sus comunicaciones. Sus diferentes segmentos no podrían
tener noción de si estaban trabajando coordinadamente o si estaban
trabando el desarrollo de los trabajos de otros segmentos.
Bloquear el acceso a la información es el mejor medio para desbaratar
cualquier institución, ya sea militar, corporativa o gubernamental.
Cuando una acción de este tipo se lleva a cabo con éxito,
todos los segmentos de la institución atacada resultan dañados.
El problema con la desobediencia civil, tal y como es comprendida aun
hoy, es que no afecta al corazón de la organización, siendo
así que por el contrario, tiende a concentrarse en una estructura
sedentaria y localizada. En el caso de instituciones nacionales o multinacionales,
tales acciones no son más efectivas que el ataque de una mosca
a un elefante.
Volviendo a los tiempos en que el poder estaba centralizado en lugares
fijos, esta estrategia podía tener sentido, pero sin duda resulta
vana ahora que el poder esta descentralizado. Dominar enclaves estratégicos
en el espacio físico, fue alguna vez la clave del poder, pero
ahora la dominación depende de la habilidad de una institución
para moverse allí donde no hay resistencia, en unión con
la habilidad de apropiarse de un determinado espacio físico se
así se considera preciso. Por ello el que una fuerza de oposición
conquiste puntos clave del espacio físico no supone amenaza alguna
para una institución. Imaginemos que un grupo de disidentes lograra
ocupar la Casa Blanca. Podría plantear algún contratiempo
para la administración del poder y los servicios secretos, pero
de ningún modo dicha acción interrumpiría de modo
efectivo el funcionamiento del poder ejecutivo. La oficina presidencia
se trasladaría simplemente a otro lugar. El espacio físico
de la Casa Blanca no es más que una representación vacía
de la autoridad presidencia, no le resulta esencial en absoluto.
Si medimos lo valioso para el poder en el grado en que las acciones
son perseguidas y los lugares defendidos, se nos hace evidente que el
ciberespacio se encuentra en un lugar elevado de la escala. Los sistemas
de defensa del ciberespacio están máximamente desarrollados.
Los servicios secretos, (antaño implicados en la protección
de individuos conectados con la oficina del Presidente y en la investigación
de tumultos insurreccionales) se han ido viendo cada vez más
implicados en su rol de ciberpolicía. Al mismo tiempo las corporaciones
privadas han desarrollado sus propias fuerza de policía electrónica,
que funcionan en dos planos: en primer lugar actúan como fuerzas
de seguridad, instalando sistemas de defensa y vigilancia de la información,
en segundo lugar actúan como mesnada de caza-recompensas para
atrapar físicamente a quienquiera que atraviese sus sistemas
de seguridad.
Estas fuerza como el sistema legal no distinguen en las acciones en
el ciberespacio el grado de tentativa. Ya sea el caso que sólo
se accede al sistema de información privado para examinar el
sistema, ya sea que se accede con propósito de robar o dañar
la fuente, las fuerzas de seguridad siempre asumen que el acceso no
autorizado es una acto de extrema hostilidad y debería recibir
el mayor castigo posible.
A pesar de toda esa seguridad, el ciberespacio dista de ser seguro.
Se ha expandido y ha mutado a tal velocidad que los sistemas de seguridad
son incapaces de reconfigurarse y desplegarse con suficiente rapidez.
Hoy por hoy, la puerta está abierta a una resistencia informacional,
pero se está cerrando. ¿Quién está pugnando
por mantener esa puerta abierta? Este es quizás uno de los
más tristes capítulos de la historia de la resistencia
en los EEUU. Ahora mismo los más conspicuos activistas políticos
son niñ@s.
Los adolescentes hackers trabajan desde las casas de sus padres o los
dormitorios de las residencias para romper los sistemas de seguridad
gubernamentales y corporativos. Sus intenciones son vagas. Algunos parecen
saber que sus acciones tienen una naturaleza política. Como ha
dicho el Dr. Crash: "lo sepas o no, si eres un hacker, eres un
revolucionario". La cuestión es ¿un revolucionario
de qué causa? Tras empaparse de cuestiones de Phrack y navegar
por Internet, no se encuentra mención más que a una causa:
la del primer paso: acceso libre a la información. Cómo
sería aplicada esta información no es discutido nunca.
El problema de dejar que los niños actúen como vanguardia
del activismo es que no han tenido tiempo de desarrollar una sensibilidad
critica que los guíe más allá de sus primeros encontronazos
con lo político. De modo bastante irónico, ellos tienen
la inteligencia necesaria para advertir donde debe empezar la acción
política si quiere ser efectiva, siendo este un logro que parece
haber quedado fuera del alcance de los más sofisticados izquierdistas.
Otro problema es su muy juvenil sentido de la inmortalidad. De acuerdo
con Bruce Sterling, su temeridad juvenil les hace más susceptibles
de ser detenidos. Parte de estos jóvenes activistas - los Tres
de Atlanta, por ejemplo- han recibido condenas que debe hacernos reconocerles
calidad de presos políticos. Con tan sólo el cargo de
"intrusión" en su contra, hay que considerar que encarcelarles
parece un tanto extremo, sin embargo cuando consideramos el valor de
del orden y la propiedad privada en el ciberespacio, el más extremado
de los castigos para los más pequeños crímenes
resulta esperable.
El aplicar una pena fuerte a una ofensa mínima debe ser justificado
de alguna forma. O bien el sistema de represión debe ser ocultado
al público, o bien la falta cometida debe ser percibida por el
público como un ataque terrible al orden social. Actualmente,
la situación en relación al crimen y el ciberespacio parece
neutral, y no hay un compromiso sólido por parte del estado en
ninguno de los dos sentidos arriba apuntados. La detención y
condena de los hackers no sube a los titulares y sin embargo la alarma
de los guardianes del orden (y las buenas costumbres) ha empezado a
sonar. La Operación Sundevil, un conjunto de actuaciones llevadas
a cabo en 1990 contra hackers por parte del Servicio Secreto y departamentos
de seguridad privada, recibió una atención mínima
por parte de los media. De otro modo hubiera acaso estimulado la actividad
hacker, al revelar abiertamente el poder que se puede ganar a través
del acceso "criminal" al ciberespacio. Desde el punto de vista
del estado, tiene sentido, estratégicamente, limitar las diversas
amenazas de castigo a la tecnocracia, hasta que los disidentes electrónicos
puedan ser presentados al público como encarnaciones del mal,
dedicadas a la destrucción de la civilización. Sin embargo,
es difícil para el estado señalar a un tecno-chaval como
"villano de la semana" al estilo de Noriega, Saddam Hussein,
Gaddafi, Jomeini, o cualquier otro implicado en asuntos de drogas, desde
usuarios a jefes de cartel.
Para que se haga publico será preciso algo más que una
acusación de intromisión, tendrá que ser algo que
provoque verdadero pánico al público. Hollywood ha empezado
a hacer algunas sugerencias en películas como Die Hard II o Sneakers.
En Die Hard II, por ejemplo, un grupo de terroristas hackers se hacen
con el control de los ordenadores de un aeropuerto y así tener
como
rehenes a los pasajeros e incluso hacer que un avión se estrelle.
Afortunadamente este tipo de escenarios aun son percibidos por la gente
como ciencia ficción, pero seguramente serán este tipo
de imaginaciones las que se usen eventualmente para suspender los derechos
individuales, ya no sólo para detener a criminales informáticos
sino para arrestar también a disidentes políticos. Las
instituciones legales pueden permitirse perseguir y procesar a facciones
políticas si lo que estas hacen despierta temores en otros grupos
de población.
Aquí habría que hilar fino para distinguir entre criminalidad
por ordenador y desobediencia civil electrónica. Mientras que,
en el primer caso, el criminal busca provecho a partir de acciones que
perjudican a un individuo, en el segundo caso, la persona implicada
en resistencia electrónica sólo ataca a las instituciones.
Bajo la rubrica de resistencia electrónica, el sistema de valoraciones
del estado (para el cual la información es de mayor importancia
que el individuo) se invierte, de modo que la información se
coloca de nuevo al servicio de la gente, evitando usarla en beneficio
exclusivo de las instituciones.
El objetivo del autoritarismo es evitar que esta distinción sea
percibida y que toda resistencia electrónica caiga bajo el signo
totalizador de la criminalidad. La identificación de la desobediencia
civil electrónica con actuaciones criminales permite desalojar
del ciberespacio toda actividad de resistencia política. Los
ataques en el ciberespacio conllevaran condenas equivalentes a las destinadas
a los ataques violentos en el espacio físico.
Algunas agencias legales de izquierdas, como Electronic Frontier Foundation,
ya han advertido que las libertades básicas (de discurso, de
reunión y de prensa) son negadas en el ciberespacio y por ello
han empezado a actuar en consecuencia, aunque aun tienen pendiente el
empezar a trabajar sobre la legitimación de la distinción
entre la acción criminal y la política. Las mismas consideraciones
penales legales que afectan a la desobediencia civil, deberían
afectar a la desobediencia civil electrónica . Sin embargo es
de esperar que las agencias estatales y privadas ofrezcan la máxima
resistencia a las actividades legales dirigidas a legitimar la desobediencia
civil electrónica . Si estas estructuras autoritarias se muestran
reacias a garantizar los derechos básicos en el ciberespacio,
parece claro que una resistencia pseudo-legitimada tampoco va a ser
tolerada. La estrategia y la táctica de la desobediencia civil
electrónica no debería ser un misterio para ningún
activista. Son las mismas que las de la desobediencia civil tradicional.
La desobediencia civil electrónica es una actividad no-violenta
por su naturaleza misma, puesto que las fuerzas de oposición
nunca se enfrentan físicamente unas a otras. Como en la desobediencia
civil, las tácticas básicas son la infiltración
y el bloqueo. Salidas, entradas, conductos y otros espacios clave deben
ser ocupados por la fuerza contestataria para así presionar a
las instituciones implicadas en acciones criminales o no-éticas.
Bloquear los conductos de información es lo análogo a
bloquear espacios físicos, sin embargo el bloqueo electrónico
puede causar problemas financieros que seguramente no provoque un bloqueo
físico, además puede ser usado más allá
del nivel local. La desobediencia civil electrónica es una desobediencia
civil reforzada. Lo que una vez fue la desobediencia civil es ahora
la desobediencia civil electrónica.
Los activistas deben recordar que la desobediencia civil electrónica
puede derivar fácilmente en abusos. Los sitios a intervenir deben
ser cuidadosamente seleccionados. Al igual que un grupo de activistas
no bloquearía la entrada de urgencias de un hospital, los activistas
electrónicos deben evitar bloquear el acceso a un sitio electrónico
que pueda tener funciones humanitarias similares.
Por ejemplo, pongamos que nuestro objetivo es una compañía
farmacéutica abusiva. Habrá que tomar precauciones para
que no se bloqueen datos que afecten a la fabricación y distribución
de medicamentos de absoluta emergencia que salven vidas (sin importar
cuan funestos sean los provechos que la compañía obtiene
de su comercio). Más bien, una vez que la compañía
ha sido marcada como objetivo, los activistas deberían ser suficientemente
listos para seleccionar las bases de datos de investigación o
de patrones de consumo como sitios susceptibles de ser ocupados. Justamente
el tener ocupadas las divisiones de I+D o de marketing es uno de los
desafíos que más caros cuestan a las empresas. El bloqueo
de tales datos dará al grupo de activistas unas bases desde las
que negociar sin perjudicar en el proceso a aquella gente que pueda
precisar los medicamentos.
Por lo demás si no se llega a un acuerdo o si se producen intentos
de recapturar los datos por parte de la empresa, una conducta ética
exigiría que no se destruyeran ni dañaran tales datos.
Finalmente y aun cuando pueda resultar tan tentador, no se debe atacar
electrónicamente a individuos (asesinato electrónico)
de la compañía, ya sean CEO's, directivos o trabajadores.
No se
deben borrar u ocupar sus cuentas bancarias ni deshacer su crédito.
Hay que ceñirse a atacar instituciones.
Atacar individuos sólo satisface ansias de venganza sin conseguir
ningún efecto sobre la política corporativa o gubernamental.
Este modelo, aunque parece tan fácil de captar, es aun ciencia
ficción. No existe ninguna alianza entre hackers y organizaciones
políticas específicas. A pesar de que tales alianzas beneficiarían
a ambas partes a través de la interacción y la cooperación,
La alienante estructura de una compleja división del trabajo
mantiene a estos dos segmentos sociales tan separados como podría
hacerlo la mejor fuerza de policía. Para hacer hacking es imprescindible
una continua formación técnica que mantenga las habilidades
al día en toda su efectividad. Esta premisa educacional tiene
dos consecuencias. Primero, que resulta en un gran consumo de tiempo,
que apenas deja margen para recopilar información sobre causas
políticas específicas, construirse una perspectiva crítica
o diseñar espacios de oposición. Sin tal información
la política hacker seguirá siendo extraordinariamente
vaga.
En segundo lugar, la continua reeducación mantiene a los hackers
encerrados en su propia "aula" herméticamente sellada,
Con lo que se da muy poca interacción con otras gentes fuera
de esta subclase tecnocrática. Los activistas políticos
tradicionales tampoco lo llevan mucho mejor. Dejados al margen, en la
cuneta de la historia, este subgrupo sabe lo qué hay que hacer
y a quien tomar como objetivo, pera carece de medios efectivos para
llevar a cabo sus propuestas. Los activistas políticos, por muy
conscientes que puedan ser en lo que se refiere a sus causas, suelen
estar, demasiado a menudo, atascados en asambleas, debatiendo qué
monumento al capital deberían atacar en primer lugar.
Aquí tenemos dos grupos motivados para perseguir
objetivos anti-autoritarios similares, pero que no parecen encontrar
ningún punto de intersección. Mientras que unos viven
on-line, los otros viven en la calle, y ambos están siendo derrotados,
sin advertirlo, por una brecha de comunicaciones por la cual ninguno
de ellos es responsable. La división entre el saber y la preparación
técnica tiene que ser superada, para eliminar los prejuicios
sostenidos por cada una de las partes (la intolerancia hacker hacia
los que no están a su altura tecnológicamente, y la intolerancia
de los activistas hacia aquellos que no son correctos políticamente).
La división entre hackers y activistas no es la única
dificultad que mantiene la idea de la desobediencia civil electrónica
en el dominio de la ciencia ficción. El problema de cómo
organizar potenciales alianzas es también significante. El activismo
de izquierdas se ha basado siempre en principios de democracia, es decir,
en la creencia de la necesidad de inclusión. Ha sostenido que
con tan solo el poder de negociación que otorga su número,
la masa popular debería estar organizada de tal modo que su voluntad
colectiva pueda cumplirse. Las debilidades de esta estrategia son bastante
obvias. La primera proviene de la creencia misma en una especie de voluntad
colectiva única. Siendo así que las masas están
divididas por tantas variables, sociológicas, étnicas,
de genero, de preferencia sexual, de clase, de educación, de
ocupación, de lenguaje, etc... tomar en cuenta a "la gente"
como un monolito de consenso es absurdo.
Aquello que cumple las necesidades de un grupo puede ser represivo u
opresivo para otro. Así las organizaciones centralizadas que
intentan hacer trabajar sus músculos políticos a través
del poder del número se encuentran en una posición bien
peculiar: O bien el grupo es relativamente grande, pero no puede ser
movilizado en masa, o bien el grupo asume una posición ideológica
que sólo resulta útil a un sector muy determinado, perdiendo
así el apoyo de masas. Por lo demás para que la más
sencilla de las organizaciones pueda existir, debe haber burocracia;
y la burocracia requiere liderazgo y por tanto jerarquía. Las
estructuras de liderazgo son por lo general benignas en estas situaciones,
puesto que dicho liderazgo está basado a menudo en el talento
y la motivación más que es características ascriptivas,
y además fluye entre los miembros de la organización ;
de todos modos, la estructura burocrática , independientemente
de la medida en que apunte a la justicia , resulta dañina para
las posibilidades de construir "comunidad" (en el sentido
adecuado). Dentro de ese modelo organizacional, los individuos se ven
forzados a confiar en un proceso impersonal sobre el que carecen de
control. El uso de los principios de centralización democrática
, si los analizamos a escala global, ofrece un aspecto aun más
desanimador. En tanto que no hay ninguna organización que se
acerque ni de lejos a construir una resistencia multinacional.
En la medida en que el poder se ha vuelto global, ha resultado que para
ellos, evitar una ataque es apenas asunto de trasladar las operaciones
a una localización que no ofrezca resistencia alguna. Es más
en relación a la condición del pluralismo, el interés
nacional se ha convertido en una variable -una política que es
útil en una situación nacional es represiva u opresiva
en otra. La acción democrática colectiva puede ser escasamente
efectiva en un nivel local (micro) pero se convierte en totalmente inútil
en una macro escala; la complejidad de la división del trabajo
nos aleja del consenso, y no hay aparato a través del cual organizarse.
La opción de llevar a cabo las fantasías "hacker"
en las cuales una nueva vanguardia tecnocrática de resistentes
actúa "de parte de la gente" resulta demasiado sospechosa,
aunque no tan fantástica como pueda resultar pensar que "la
gente del mundo" se vaya a unir en una de estas. Una vanguardia
tecnocrática es, al menos, teóricamente posible, puesto
que contamos con un aparato que establece un lugar para tal desarrollo.
Sin embargo, en la medida en que tal tecnocracia se compone por una
mayoría abrumadora de varones blancos jóvenes del primer
mundo, inmediatamente cabe cuestionar cuales serían las cuestiones
que se plantearían. La terrible cuestión el "quien
habla por quien" aparece sombría cada vez que la idea de
una vanguardia cobra fuerza. La cuestión de la resistencia presenta
entonces tres caras: Primero ¿cómo puede la noción
de una vanguardia ser combinada con nociones de pluralismo? Segundo
¿cuáles son las estrategias y las tácticas necesarias
para combatir a un poder descentralizado y en circulación constante?
Y finalmente ¿cómo deben organizarse las unidades de resistencia?
Sin duda alguna, no hay respuestas evidentes, pero CAE querría
plantear algunas propuestas.
El uso del poder a través del número está agotado,
en tanto que tal estrategia requiere de consenso dentro del grupo resistente
, así como la existencia de un enemigo centralizado y presente.
Podríamos decir que pese a la falta de consenso sobre "qué
hacer", la mayoría de las organizaciones comparten un objetivo
común: la resistencia al poder autoritario; pero también
sucede que no hay consenso sobre las bases prácticas de ese poder
autoritario. La percepción de lo autoritario varía en
función de las coordinadas desde las cuales un determinado grupo
sociológico elige resistir al discurso y la practica autoritarias.
¿Cómo puede esta situación ser redefinida en términos
constructivos? Una predisposición anti-autoritaria sólo
es útil sólo cuando se ha abandonado la idea de un monolito
democrático. Para combatir a un poder descentralizado son precisos
medios descentralizados. Que cada grupo resista desde las coordinadas
que perciba como más fértiles. Esto implica que la acción
política de izquierdas debe reorganizarse en términos
de células anarquistas, una distribución que permita que
surja la resistencia desde muchos puntos distintos a la vez, en vez
de centrarnos en uno solo (que pudiera no ser el correcto), en tan pequeñas
estructuras los individuos pueden alcanzar un consenso útil basado
en la confianza hacia los otros individuos (comunidad real) de la célula,
mejor que el que se derivaría de la confianza en un proceso burocrático.
Cada célula puede construir su propia identidad y puede hacerlo
sin que haya lugar a perdidas en la identidad de los individuos que
la componen; cada miembro de la célula puede mantener un rol
multidimensional que no sea reductible a una práctica particular.
¿Cómo puede un grupo pequeño (de cuatro a diez
personas) tener cualquier tipo de efectividad política ? Esta
es la cuestión más difícil, pero la respuesta está
en la construcción de la célula. La célula debe
ser orgánica; es decir, debe consistir en partes interrelacionadas
trabajando juntas para formar un conjunto que sea más grande
que la suma de tales partes. Para ser efectiva, la separación
entre saber político y habilidad técnica debe haber sido
superada en la célula. Una perspectiva política compartida
debería ser el cemento que una las partes, sin tener que recurrir
a interdependencias basadas en la necesidad. Es preciso evitar que el
consenso se logre al precio de que no haya diversidad de formaciones,
puesto que para que la célula sea efectiva, debemos contar con
habilidades y saberes diferentes. Activistas, teóricos, artistas,
hackers e incluso algún abogado sería una buena combinación
de talentos - el saber y la practica deberían mezclarse- Con
la idea de célula clara, la desobediencia civil electrónica
es ahora una opción viable, y como hemos visto más arriba,
con la desobediencia civil electrónica , las demandas serán
, al menos, efectivamente reconocidas. Otra ventaja es que la célula
tiene posibilidades de gestionar recursos económicos que permitan
hacerse con el mínimo equipo necesario para la desobediencia
civil electrónica .
El problema de potenciales multas legales es un argumento a favor de
la centralización - las células podrían no tener
una vida muy larga. Está claro que la tóxica ilegalidad
de la acción política electrónica es una de las
variables clave que relega nuestra propuesta a la ciencia ficción.
Para células más radicales la desobediencia civil electrónica
es sólo un primer paso. La violencia electrónica, tal
como la que suponga el secuestro de datos o la destrucción de
sistemas, son también una opción. ¿Son tales estrategias
y tácticas un nihilismo fuera de lugar? El CAE piensa que no.
Puesto que la revolución no es una opción viable, la negación
de la negación es la sola posibilidad de acción realista.
Después de dos siglos de revolución y quasi-revolución,
una lección parece clara: la estructura autoritaria no puede
ser aplastada , tan sólo puede ser resistida. Cada vez que hemos
abierto los ojos tras maravillarnos del sendero luminoso de una revolución
gloriosa, nos hemos encontrado con que la burocracia seguía en
pie. Encontramos que la Coca-cola ha dejado su lugar a la Pepsi-cola
-parece diferente pero sabe a lo
mismo. Por eso no hay porqué temer que un buen día nos
levantemos y nos encontremos con que la civilización ha sido
destruida por un puñado de anarquistas locos. Esta ficción
mítica se origina en nuestro Estado policial para instilar en
el publico miedos respecto de la acción efectiva.
¿Tienen aun los programas centralizados algún rol en esta
resistencia? Las organizaciones centralizadas tiene tres funciones.
La primera es distribuir información. El trabajo de concienciación
y de producción de espectáculos debería ser llevado
a cabo por el contra-burocracias centralizadas. Se hacen preciso contar
con disponibilidad de fondos y gente dispuesta a trabajar para investigar,
construir, diseñar y distribuir información contraria
a los objetivos del estado. La segunda función es la relativa
al "reclutamiento" y formación. Nunca haremos suficiente
énfasis en la necesidad de contar con bases para formar tecnológicamente
a gente "ilustrada". Confiar en la posibilidad de que un número
suficiente de gente se sentirá con la inclinación y las
aptitudes de convertirse en resistentes técnicamente capacitados,
significa que nos acabaremos encontrando con una escasez de tecnócratas
resistentes que ocupen sus puestos en las células, y la base
sociológica de la resistencia tecnocrática no dará
abasto (Si la educación técnica sigue distribuyéndose
como hasta hoy, el ataque a la autoridad estará tremendamente
decantado hacia un muy determinado tipo de cuestiones).
Finalmente las organizaciones centralizadas pueden actuar como mediadores
ante la posibilidad de que una institución autoritaria decida
reformarse de alguna manera. Podemos plantearnos tal posibilidad , sin
dejar de ser realistas, no tanto por un giro ideológico en las
instituciones corporativas o militares, sino porque tales instituciones
perciban un menor coste en reformarse que en continuar la pelea. El
fetiche autoritario de la eficiencia es una aliado que no puede ser
infraestimado. Lo que deben asumir las organizaciones centralizadas
es que tienen que quedarse fuera de la acción directa. Deben
dejar la confrontación a las células. Infiltrarse en un
sistema de células es muy difícil, al contrario de lo
que sucede con estructuras centralizadas. (Esto no implica decir que
las actividades de las células sean difíciles de controlar,
aunque sí está claro que la dificultad de dicho control
aumenta con la proliferación de más y más células.)
Si las células están trabajando de modo efectivo, como
aquí hemos descrito, y lo hacen en un número suficientemente
grande, la autoridad puede ser desafiada. La estrategia fundamental
para la resistencia sigue siendo la misma: apropiarse de los medios
autoritarios y volverlos contra ellos mismos. Sin embargo, para que
esta estrategia funcione, es preciso que el poder de resistencia se
retire de las calles. El ciberespacio como espacio y aparato de una
resistencia aun tiene que ser construido. Y ahora es el tiempo para
poner en acción un nuevo modelo de práctica resistente.
Addendum: La Nueva Vanguardia
El CAE teme que algunos de nuestros lectores tengan susceptibilidades
respecto del uso del término "vanguardia" en este ensayo.
Después de todo, una avalancha de literatura procedente de los
más apreciados críticos postmodernos viene diciéndonos,
en las dos ultimas décadas, que la vanguardia esta muerta y enterrada
en el cementerio de la Modernidad junto con sus hermanitos: la originalidad
y el autor.
En lo que hace a la vanguardia, sin embargo, quizá haya un elixir
que pueda hacer resucitar a ese cadáver. La noción ha
decaído bastante, así que nadie esperaría que este
zombie tuviera el mismo aspecto que tuvo en sus buenos tiempos, pero
quizá aun tenga un lugar en el mundo de los vivos. La vanguardia
hoy no puede ser la entidad mítica que alguna vez fue. Ya no
podemos seguir creyendo que los artistas, revolucionarios y visionarios
son capaces de salirse de la cultura para echarle un vistazo desde fuera
a las necesidades de la historia y el futuro. Tampoco sería muy
realista sostener que un grupo de individuos con una consciencia social
especialmente iluminada (más allá de toda ideología)
están listos para guiar al resto de la gente a su mañana
glorioso.
Sin embargo, existe una forma menos exaltada (en el sentido utópico)
de la vanguardia. Para simplificar la cosa: asumamos que en nuestro
contexto social hay individuos que se oponen a diversas instituciones
autoritarias, y que cada cual se ha aliado con otros individuos basándose
quizá en identificaciones solidarias (étnicas, de orientación
sexual, de clase, de genero, de religión, de creencias políticas,
etc) para formar grupos y organizaciones que combatan las instituciones
consideradas opresivas, represivas, explotadoras y demás. Desde
una perspectiva teórica casa una de estas alianzas tiene un rol
oposicional que debería ser apreciado y respetado; sin embargo
en la práctica no hay base que nos permita considerarlos a todos
en el mismo nivel. Sin duda, algunos grupos tendrán mayor capacidad
de movilización de recursos; es decir, tendrán mayor acceso
a riqueza, prestigio, hardware, formación, etc...
Posiblemente a mayores recursos, mayores efectos podrá tener
el grupo. Sin dejar de considerar que a estos factores hay que añadir
la situación de los grupos en continuos políticos, numéricos
y espacio-geográficos, lo que puede alterar considerablemente
al efectividad de los grupos (un catalogo completo de las posibilidades
no puede hacerse en los parámetros de esta discusión).
Por ejemplo, un grupo grande y muy visible que desde la órbita
radical trabaje para cambiar al política nacional, y que tenga
relativamente buen acceso a recursos, se verá afectado por la
contra-resistencia que le oponga el estado, neutralizando acaso parte
de su poder potencial. La rápida destrucción del grupo
de los Panteras Negras por el FBI es un buen ejemplo de esta vulnerabilidad.
Un grupo relativamente grande, de carácter liberal, con fuertes
recursos y que actúe localmente, recibirá menos contra-resistencia.
(de ahí la creencia errónea en la suficiencia de una actuación
local generalizada para lograra reformas pacificas y globales. Desafortunadamente
la acción local no afecta a las políticas nacionales o
globales, en tanto que la suma de cuestiones locales no sustituye a
las cuestiones de nivel nacional).
Por ejemplo la alianza de varios grupos verdes del norte de Florida
ha conseguido un éxito al mantener a las compañías
petrolíferas fuera de la línea de la costa del Golfo,
así como protegiendo los bosques de los especuladores; sin embargo
tal éxito en absoluto es representativo de la situación
nacional o internacional en relación al movimiento verde. Entonces
¿qué tipo de grupo será el mejor calificado a la
hora de interferir el medio cultural y político?
Esta es la cuestión que el CAE intentaba contestar en este ensayo:
Lo repetiremos: construcciones celulares dirigidas a interferir el proceso
de información en el ciberespacio. El problema es el acceso.
La educación y la pericia técnica necesaria no están
demasiado ampliamente distribuidas, es más están monopolizadas
(aunque no intencionadamente) por un grupo muy específico de
individuos (jóvenes varones blancos). Los activistas en el campo
de la educación están trabajando duro para corregir este
problema de accesos, aunque parece casi insuperable. Al mismo tiempo
las fuerzas de oposición no pueden esperar para actuar, a que
este problema esté resuelto. Sólo en la teoría
podemos vivir en lo que "debería ser", ; en la practica
debemos trabajar en términos de lo que hay. Aquellos que tienen
la pericia ahora y que tienen que empezar a construir el modelo de la
resistencia electrónica en la nueva frontera del ciberespacio
son los que CAE considera como una nueva vanguardia.
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