Amor y Anarquía
Enrico Malatesta
Al principio puede parecer extraño que la
cuestión del amor y todas las que le son conexas preocupen mucho
a un gran numero de hombres y de mujeres mientras hay otros problemas
mas urgentes, si no más importantes, que debieran acaparar toda
la atención y toda la actividad de los que buscan el modo de
remediar los males que sufre la humanidad.
Encontramos diariamente gentes aplastadas bajo
el peso de las instituciones actuales; gentes obligadas a alimentarse
malamente y amenazadas a cada instante de caer en la miseria mas profunda
por falta de trabajo o a consecuencia de una enfermedad; gentes que
se hallan en la imposibilidad de criar convenientemente a sus hijos,
que mueren a menudo careciendo de los cuidados necesarios; gentes condenadas
a pasar su vida sin ser un solo día dueñas de si mismas,
siempre a merced de los patronos o de la policía; gentes para
las cuales el derecho de tener una familia y el derecho de amar es una
ironía sangrienta y que, sin embargo, no aceptan los medios que
les proponemos para sustraerse a la esclavitud política y económica
si antes no sabemos explicarles de que modo, en una sociedad libertaria,
la necesidad de amar hallara su satisfacción y de que modo comprendemos
la organización de la familia. Y, naturalmente, esta preocupación
se agranda y hace descuidar y hasta despreciar los demás problemas
en personas que tienen resuelto, particularmente, el problema del hambre
y que se hallan en situación normal de poder satisfacer las necesidades
mas imperiosas porque viven en un ambiente de bienestar relativo.
Este hecho se explica dado el lugar inmenso que
ocupa el amor en la vida moral y material del hombre, puesto que en
el hogar, en la familia, es donde el hombre gasta la mayor y mejor parte
de su vida. Y se explica también por una tendencia hacia el ideal
que arrebata al humano espíritu tan pronto como se abre a la
conciencia.
Mientras el hombre sufre sin darse cuenta los sufrimientos,
sin buscar el remedio y sin rebelarse, vive semejante a los brutos,
aceptando la vida tal como la encuentra.
Pero desde que comienza a pensar y a comprender
que sus males no se deben a insuperables fatalidades naturales, sino
a causas humanas que los hombres pueden destruir, experimenta en seguida
una necesidad de perfección y quiere, idealmente al menos, gozar
de una sociedad en que reine la armonía absoluta y en que el
dolor haya desaparecido por completo y para siempre.
Esta tendencia es muy útil, ya que impulsa
a marchar adelante, pero también se vuelve nociva si, con el
pretexto de que no se puede alcanzar la perfección y que es imposible
suprimir todos los peligros y defectos, nos aconseja descuidar las realizaciones
posibles para continuar en el estado actual. Ahora bien, y digámoslo
en seguida, no tenemos ninguna solución para remediar los males
que provienen del amor, pues no se pueden destruir con reformas sociales,
ni siquiera con un cambio de costumbres. Están determinados por
sentimientos profundos, podríamos decir fisiológicos,
del hombre y no son modificables, cuando lo son, sino por una lenta
evolución y de un modo que no podemos prever.
Queremos la libertad; queremos que los hombres
y las mujeres puedan amarse y unirse libremente sin otro motivo que
el amor, sin ninguna violencia legal, económica o física.
Pero la libertad, aun siendo la única solución
que podemos y debemos ofrecer, no resuelve radicalmente el problema,
dado que el amor, para ser satisfecho, tiene necesidad de dos libertades
que concuerden y que a menudo no concuerdan de modo alguno; y dado también
que la libertad de hacer lo que se quiere es una frase desprovista de
sentido cuando no se sabe querer alguna cosa.
Es muy fácil decir: "Cuando un hombre
y una mujer se aman, se unen, y cuando dejan de amarse, se separan".
Pero seria necesario, para que este principio se convirtiese en regla
general y segura de felicidad, que se amaren y cesaren de amarse ambos
al mismo tiempo. ¿Y si uno ama y no es amado? ¿Y si uno
aun ama y el otro ya no le ama y trata de satisfacer una nueva pasión?
¿Y si uno ama a un mismo tiempo varias personas que no pueden
adaptarse a esta promiscuidad?
"Yo soy feo - nos decía una vez un
amigo - ¿Que haré si nadie quiere amarme?" La pregunta
mueve a risa, pero también nos deja entrever verdaderas tragedias.
Y otro, preocupado por el mismo problema, decíanos: "Actualmente,
si no encuentro el amor, lo compro, aunque tenga que economizar mi pan.
¿Que haré cuando no haya mujeres que se vendan?"
La pregunta es horrible, pues muestra el deseo de que haya seres humanos
obligados por el hambre a prostituirse; pero es
también terrible... y terriblemente humano.
Algunos dicen que el remedio podría hallarse
en la abolición radical de la familia; la abolición de
la pareja sexual mas o menos estable, reduciendo el amor al solo acto
físico, o por mejor decir, transformándolo, con la unión
sexual por añadidura, en un sentimiento parecido a la amistad,
que reconozca la multiplicidad, la variedad, la contemporaneidad de
afectos.
¿Y los hijos?... Hijos de todos.
¿Puede ser abolida la familia? ¿Es
de desear que lo sea?
Hagamos observar antes que nada, que, a pesar del
régimen de opresión y de mentira que ha prevalecido y
prevalece aun en la familia, esta ha sido y continua siendo el mas grande
factor de desarrollo humano,pues en la familia es donde el hombre normal
se sacrifica por el hombre y cumple el bien por el bien, sin desear
otra compensación que el amor de la compañera y de los
hijos. Pero, se nos dice, una vez eliminadas las cuestiones de intereses,
todos los hombres serán hermanos y se amaran mutuamente.
Ciertamente, no se odiaran; cierto que el sentimiento
de simpatía y de solidaridad se desarrollaría mucho y
que el interés general de los hombres se convertiría en
un factor importante en la determinación de la conducta de cada
uno.
Pero esto no es aun el amor. Amar a todo el mundo
se parece mucho a no amar a nadie.
Podemos, tal vez socorrer, pero no podemos llorar
todas las desgracias, pues nuestra vida se deslizaría entera
entre lagrimas y, sin embargo, el llanto de la simpatía es el
consuelo mas dulce para un corazón que sufre. La estadística
de las defunciones y de los nacimientos puede ofrecernos datos interesantes
para conocer las necesidades de la sociedad; pero no dice nada a nuestros
corazones. Nos es materialmente imposible entristecernos a cada hombre
que muere y regocijarnos a cada nacimiento.
Y si no amamos a alguien mas vivamente que a los
demás; si no hay un solo ser por el cual no estemos particularmente
dispuestos a sacrificarnos; si no conocemos otro amor que este amor
moderado, vago, casi teórico, que podemos sentir por todos, ¿no
resultaría la vida menos rica, menos fecunda, menos bella? ¿No
se vería disminuida la naturaleza humana en sus mas bellos impulsos?
¿Acaso no nos veríamos privados de los goces mas profundos?
¿No seriamos mas desgraciados?
Por lo demás, el amor es lo que es. Cuando
se ama fuertemente se siente la necesidad del contacto, de la posesión
exclusiva del ser amado.
Los celos, comprendidos en el mejor sentido de
la palabra, parecen formar y forman generalmente una sola cosa con el
amor. El hecho podrá ser lamentable, pero no puede cambiarse
a voluntad, ni siquiera a voluntad del que personalmente los sufre.
Para nosotros el amor es una pasión que
engendra por si misma tragedias. Estas tragedias no se traducirían
mas, ciertamente, en actos violentos y brutales si el hombre tuviese
el sentimiento de respeto a la libertad ajena, si tuviese bastante imperio
sobre si mismo para comprender que no se remedia un mal con otro mayor,
y si la opinión publica no fuese, como hoy, tan indulgente con
los
crímenes pasionales; pero las tragedias no serian por esto menos
dolorosas. Mientras los hombres tengan los sentimientos que tienen -
y un cambio en el régimen económico y político
de la sociedad no nos parece suficiente para modificarlos por entero
- el amor producirá al mismo tiempo que grandes alegrías,
grandes dolores. Se podrá disminuirlos o atenuarlos, con la eliminación
de todas las causas que pueden ser eliminadas, pero su destrucción
completa es imposible.
¿Es esta una razón para no aceptar
nuestras ideas y querer permanecer en el estado actual? Así se
obraría como aquel que no pudiendo comprarse vestidos lujosos
prefiriese ir desnudo, o que no pudiendo comer perdices todos los idas
renunciase al pan, o como un medico que, dada la impotencia de la ciencia
actual ante ciertas enfermedades, se negase a curar las que son curables.
Eliminemos la explotación del hombre por
el hombre, combatamos la pretensión brutal del macho que se cree
dueño de la hembra, combatamos los prejuicios religiosos, sociales
y sexuales, aseguremos a todos, hombres, mujeres y niños, el
bienestar y la libertad, propaguemos la instrucción y entonces
podremos regocijarnos con razón si no quedan mas males que los
del amor.
En todo caso, los desgraciados en amor podrán
procurarse otros goces, pues no sucederá como hoy, en que el
amor y el alcohol constituyen los únicos consuelos de la mayor
parte de la humanidad.
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